LA JERGA DE LA AUTENTICIDAD: RELECTURA DE JOSÉ INGENIEROS DESDE UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO

 

Pablo Ben - omar acha 

Este artículo salió publicado en Periferias No 6, año 1999.


Pablo Ben es activista gay y antropólogo, investiga acerca de las concepciones y prácticas de género en la corporación médica a finales del siglo XIX y principios del XX en Argentina. Se encuentra en prensa un artículo sobre la construcción médica de la feminidad en "Historia de las Mujeres" (Taurus), así como también un análisis del hermafroditismo en el libro "Cuerpos, Géneros e Identidades. Estudios de Historia de Género en Argentina". Sus intereses teóricos se centran en la teoría marxista, el psicoanálisis, el feminismo, la teoría queer, y el postestructuralismo. Cualquier persona que desee comunicarse con el autor, puede hacerlo enviando un mail a benpablo@zxmail.com y obtendrá una respuesta a la brevedad.

omar acha es historiador y ha publicado artículos sobre historia argentina y problemas epistemológicos de la historiografía.Se encuentra en prensa su libro "Intervenciones sobre Género e historia (El Cielo Por Asalto). En este momento se encuentra estudiando el tema "familia, amor y política en la década peronista (Buenos Aires 1945-1955)". Sus intereses teóricos conciernen al marxismo, el psicoanálisis, la teoría postestructuralista e intenta integrar la problemática de la etnicidad junto los ejes de clase y género. E-mail. girolamo@zxmail.com


I. Introducción

 

El presente estudio se propone indagar en un conjunto de problemas relativos a la obra de José Ingenieros, aplicando una clave de lectura donde el género, entendido como el sistema de referencias socioculturales relativos a los atributos sexuales, juega un rol decisivo. Naturalmente, la justificación de su pertinencia reside en que, a nuestro entender, tal clave permite reconocer nuevas vetas en la textualidad ingenieriana. La impronta justamente polémica de la historia de género en modo alguno niega que la acusación de una gender blindness sea inadecuada en el objeto de nuestro análisis.

La hipótesis general es que en Ingenieros funcionan, con quiebres y ambigüedades, con cambios y matizaciones a través del tiempo, cuatro ejes de conceptualización e interpretación, que se apoyan a su vez en una convicción más general que podríamos denominar un pensamiento binario. Por este mecanismo Ingenieros instituye ab initio de sus discursos una jerarquización polar1. Sobre ese supuesto fundante y organizador se articulan y cruzan cuatro ejes interpretativos que conciernen a las dicotomías siguientes: a) Normal y patológico; b) Originario y simulado; c) Masculino y femenino; d) élites y masas. Puesto que los recortes, objetos y teorías que se cruzan en estos ejes son disímiles y conviven no siempre cómodamente en un discurso desigual y con diferentes ritmos de cambio, sin mencionar que el tiempo tampoco para él pasa en vano, no debiera esperarse que ésta estrategia configurara una argumentación silogística, sino más bien fragmentaría y más cohesionada por parecidos de familia que por coherencia proposicional.

Se hace en esta explicitación patente que en esta enumeración de binomios polares existen atributos diferentes y pertenecientes a afanes clasificadores de objetos igualmente diversos. Aquello que podría vincularlos es que participan de ese pensamiento binario que encontramos en Ingenieros. Es decisivo que todo tercero sea excluido. La peculiaridad que desde la perspectiva de género intentamos fundamentar es que el par (c) masculino/femenino es tan importante como cualesquiera de los otros que han concitado el interés historiográfico. Esto significa, desde luego, que encontramos una marcada gender blindness en los estudios sobre Ingenieros que hemos heredado2.

La perspectiva de género, nos permite por otro lado un análisis que considera cómo la conceptualización de lo masculino y lo femenino aparece íntimamente interrelacionada con las otras dicotomías3.

Estos cuatro ejes, con su carácter binario, deben ser entendidos como categorías fundadas en una matriz de pensamiento donde la estratificación jerárquica es fundamental, y esta es explicada como producto de la evolución y la desigualdad biológica y de talento (que en general es un derivado de aquel) es entre los seres humanos. Veamos un poco esta cuestión.

Aquella etapa de la historia que Comte había descripto como positiva se caracterizaría, a su criterio, por el predominio de una perspectiva científica que reemplazaría el pensamiento religioso de la era medieval. El desarrollo del siglo diecinueve cumplió de algún modo esta apuesta de constituir un nuevo cemento ideológico para la sociedad. En este proceso, el evolucionismo jugó un papel central.

Más allá de los obstáculos que se le impusieron, el evolucionismo logró instaurarse como una teoría válida no sólo para el análisis de la "historia natural", sino que también penetró la mayor parte del pensamiento social de occidente, Argentina no fue una excepción. Las corrientes de pensamiento que circulaban en este país hacia finales del siglo pasado y principios de este tienen una impronta evolucionista significativa. Se ha mostrado como la interpretación haeckeliana de Darwin haría pie en Engels y en consecuencia, en el socialismo de la II Internacional incluida su versión vernácula4. El análisis de la autora destaca como para Justo, visión científica, se había convertido en sinónimo de explicación fundada en lo biológico5.

Pero este biologicismo no sería característico del socialismo solamente, sino que se introducía en otras corrientes de pensamiento a través de la influencia de Haeckel mismo, o de Spencer, Darwin, etc. El biologicismo resulto ser la plataforma común de las discusiones políticas de quienes adherían a tendencias bastante opuestas. Producto de la perspectiva evolucionista, ordenaba una mirada jerárquica de la realidad. La idea de superioridad e inferioridad y la desigualdad inherente a ella se planteaba como esencial para la comprensión de los procesos sociales, ya fuera que se pretendiera una sociedad de nuevo tipo, o que la postura se situara en el conservadurismo.

Ingenieros no fue ajeno a esta matriz de pensamiento, y es por eso que las dicotomías que presentamos, funcionan siempre en él de manera jerárquica, ya sea que hablemos de lo normal/patológico, de lo original/simulado, élites/masas, o masculino/femenino. La jerarquización ordena la interpretación en cualquiera de estas categorías son constantes formales en el pensamiento ingenieriano.

 

II. Juegos de dicotomías en un pensamiento binario

 

En el marco general de ese positivismo que es sabido contiene más variedades que las previstas por intereses simplemente clasificatorios, es posible encontrar en la obra de Ingenieros contextos diversos donde nuestro autor trabaja para horadarlo. Una convicción primaria de Ingenieros es la jerarquía que existe entre los individuos en la sociedad, y básicamente entre las élites y las masas. Ingenieros no cimenta esa deuda social-darwinista en la decisión de algún dios respecto a las formas del poder en la sociedad, sino en la natural desigualdad en la lucha por la vida. Cualesquiera fueran los términos puestos a comparación, Ingenieros dice posible un criterio (biologista, en general, moralista, más tardíamente) que establece la superioridad de uno respecto al otro. Quizás la señal más evidente de ese pensamiento jerárquico, que sin duda se ve en ciertos casos contestado por una voluntad de "justicia social", sea el racismo que encontramos al principio y al final de su obra6.

El concepto político de la locura

En los textos de La Montaña (1897), cuando el interés político está fuertemente presente, el eje de lo normal y lo patológico constituye un tema decisivo. Y esto es porque si la declaración inicial remitía a un discurso un tanto más radicalizado que el programa del socialismo argentino de entonces, en el resto de los números se observan estrategias argumentativas que evocan juegos de lenguaje e ideologías irreductibles a aquella declaración. En el primer número aparece una definición de la línea política del periódico bajo el título "Somos Socialistas". Se establecen cuatro puntos para explicar este encabezamiento. El punto (a): que "todos los medios de producción estén socializados";(b) que "el Estado, es un fenómeno resultante de la apropiación privada de los medios de producción", por eso es necesaria "la supresión del Estado y la negación de todo principio de autoridad". En el punto (c) se establece que "creemos que a la supresión de todo yugo económico y político seguirá necesariamente la de la opresión moral, caracterizada por la religión, la caridad, la prostitución, la ignorancia, la delincuencia, etc.". Y por último,(d) se apela a un "individuo libre de toda imposición o restricción económica, política y moral,". Este programa político se cierra con la afirmación de que sólo una "Revolución" podría lograr los objetivos propuestos7. Esta presentaba como problema y como instancia a transformar, al sistema social; sin embargo el grueso de la escritura de este periódico no focalizaba la atención aquí, no denunciaba un sistema social, sino a la moral de personajes concretos, al parasitismo, y fundamentalmente las formas patológicas de la sociedad.

Ingenieros y sus compañeros construyen un discurso patologizador de sus enemigos políticos. Es así que los burgueses sufren de "microcefalia hereditaria", son "muy tontos", están acuciados por la "estupidez", la "ineptitud", la "lela", y tantos otros epítetos que indican una manifiesta patologización8. La burguesía sería, pues, una clase en franca degeneración. En el artículo "El factor de la revolución", acusa a la burguesía de "parasitismo degenerativo", algo que también se aplica a las prácticas parlamentarias9. Ciertamente, esa degeneración está basada en la creencia productivista de Ingenieros de que la falta de hábitos de trabajo produce una degradación, que une a una carencia de moralidad10.

En este análisis de lo político en el cual la patología se constituye en clave interpretativa, las metáforas sexuales -en La Montaña- son una forma preferidas de su manifestación. La burguesía pederástica frente a las "viriles energías de la revolución"11, está presente a lo largo de todos los números como una marca fundamental del carácter anormal de la clase dominante12. Esta caracterización del enemigo político, por otro lado, continuaba en La mentira patriótica.13 No otro fue el argumento que tras las huellas de Ramos Mejía realiza para evaluar los actores políticos y sociales en su La evolución de las ideas argentinas. En efecto, allí recurre a esquema de la degeneración para comprender la actuación de los religiosos durante la colonia y el período post-independencia, así como para describir a los "terroristas" partidarios de Rosas, a los que asigna una insanía14.

La patología puede presentarse como sexual, genérica, o como una inadaptación de cualquier tipo del individuo frente al medio, en todos los casos se instaura como elemento a partir del cual se piensan aspectos centrales del proceso político.

En Histeria y Sugestión, si bien la patología constituye el objeto del libro, no falta la oportunidad de que Ingenieros identifique a esta con el pensamiento religioso y que desde aquí realice una denuncia política de la religión como una de las formas de la histeria. En La locura en la Argentina el gobierno de Rosas será pensado fundamentalmente en términos psiquiátricos como un régimen de "psicopatología colectiva"15. Teniendo en cuenta que la línea que establece la división entre normalidad y anormalidad coincide -en el análisis ingenieriano- con la de sus aliados y sus opositores políticos; resulta sorprendente que el autor afirmara en esta última obra que sólo en el gobierno de Rosas se vio que se "haya pretextado la locura de los opositores". Esta actitud del rosismo de la que Ingenieros dice distanciarse, es lo que el denominaba el "concepto político de la locura".

Lo moral

En su preocupación por la moralidad, que realmente cubre toda la vida intelectual de Ingenieros, se encuentra también presente la dicotomía normal/patológico. En los textos juveniles la tematización de la moral se asocia muy estrechamente a la crítica al parasitismo burgués, que encuentran en la acusación de feminidades su complemento decisivo. Pocos años más tarde, igualmente será la calificación de "moral" un adjetivo pertinente para los ejercicios clasificatorios en los terrenos criminológico y psicopatológico.

En muchos pasajes de sus textos explícitamente dedicados a tratar la cuestión de la moral, el director de los Archivos de Psiquiatría y Criminología acude a un versión naturalista de la misma. La afirmación de que "La vida en sociedad exige la aceptación individual del deber, como obligación social, y el cumplimiento colectivo de la justicia, como sanción social"16, es una premisa fundamental de Ingenieros, dado que su argumentación aboga por una ética funcional, es decir, que corresponda a lo que denomina experiencia social. Ello supone que es un mecanismo adaptativo a las exigencias de la vida en sociedad. Desea Ingenieros que la nueva ética que predica no sea dogmática. ¿Qué es un dogma? Son aquellos principios, teológicos o racionales, que "eran prácticamente inaccesibles al examen y la crítica individual, concibiéndolos como eternos, inmutables e imperfectibles"17. La superioridad de ciertos valores está dada por su validación por la experiencia, que es la existencia en sociedad. Los valores arcaicos son caducos, e indefectiblemente serán destruidos por inadaptación a las exigencias del presente. Pero ¿cómo determinar qué valores son los adecuados a la "experiencia"? ¿a la experiencia de quién? En un pasaje revelador Ingenieros citaba aprobatoriamente a un eticista quien planteaba que los valores a enseñar son los "generalmente aceptados en el mundo civilizado por los individuos que parecen normales y procuramos intensificarlos o expandirlos, contribuyendo así a su evolución..."18.

Se trata en Ingenieros de una postura que en principio no aboga por un abandono de las ortodoxias evolucionistas y cientificistas: la adaptación que la moral sustenta está dada por su adecuación al medio. La ética será por ende, en el futuro, una ciencia19. Es interesante prestar atención a los escritos en que Ingenieros actúa como moralista, para indagar hasta dónde llega su aproximación cientificista y hasta dónde se limita la imposición de valores necesariamente arbitrarios. La operación intelectual que permite situar a la moral en el centro del análisis y que define a esta como fundada en la normalidad, constituye una cobertura argumental que oculta como por aquí se deslizan categorías sobre las que se predica cientificidad, pero que permanecen no demostradas y parecieran pedir que se las acepte como acto de fe.

Para los trípticos de la Revista de Filosofía sobre la cuestión su director elaboró unas líneas imperdibles; luego de indicar que pensamiento y acción deben aunarse y complementarse ofrece una gama de realizaciones donde ese ideal se mostraría: "Ahonde más su arado el labriego para que la mies sea proficua; haga más hijos la madre para enjardinarse el hogar; ponga el poeta más ternura para invitar corazones; repique más fuerte en el yunque el herrero que quiera vencer al metal"20.

Esta moral que Ingenieros piensa como superior considera la tarea procreativa como la función decisiva de la mujer. Que esa confianza en la función maternal no es una mención forzada lo prueba que en otro lugar del mismo cuerpo textual dice que "toda mujer, mientras no sea madre, puede ser útil a la sociedad iniciando la educación de los niños de su ambiente inmediato"21. A este lugar de la mujer se le opone como complementaria la posición de sostén del hombre.

Si la mujer es madre, el hombre será el productor, el trabajador que sostenga la estructura familiar (para Ingenieros la mujer no es pensable en el ámbito público, salvo en la prostitución); vemos entonces como el sistema de género se entrelaza con el criterio productivista que habíamos analizado como decisivo en la denuncia que Ingenieros realiza al parasitismo, y por lo tanto se entiende aquí también, la ligazón que establece con la división entre lo normal y lo patológico. La moral científica está cruzada por convenciones de género consideradas como naturales. Toda otra función no es normal, sino extemporánea, si es que no patológica considerada en términos de la sociedad.

Quizás la tensión más urgente a la que se ve sometida esta consideración de lo moral resida en la pretensión, repetidas veces formulada, de una moral general basada en la solidaridad social y la postulación de moralidades particulares asociadas a tipos de sujetos específicos.

La constitución de los sujetos

La misma dicotomía que presenta el análisis político, resurge en el análisis que el autor desarrolla respecto de la constitución del sujeto. La categoría misma de individuo, en Ingenieros, es incomprensible si no se ve la ligazón intrínseca que tiene con la desigualdad. Los individuos se constituyen al diferenciarse entre superiores e inferiores. La escala que los define como tales es un eje normativo que se impone desde la institución psiquiátrica y desde el interés del "reformador liberal" por constituir una "nación" en base a un modelo previo22.

Esta mirada de intelectual orgánico a un proyecto de sociedad y estatalidad, se manifiesta en el modo en que Ingenieros piensa la jerarquía de los individuos a lo largo de sus diferentes obras. La inferioridad no es simplemente una cuestión de menor intelecto, sino que se mide respecto de la relación que el individuo establece con la sociedad. Si el individuo se adapta a ella, es normal, si no lo logra, su personalidad no desarrollada, lo hará vivir "por debajo de la moral o la cultura dominantes"23. De este modo la clasificación jerárquica se superpone con el eje normal/patológico.

El hombre inferior habrá adquirido la "personalidad específica", pero esta no le permite "copiar" mediante la "educación imitativa" que conduce a la adaptación del individuo a la sociedad. Sólo habrían alcanzado el objetivo de integrarse a la sociedad los "mediocres", que poseen una "personalidad social", caracterizada por una incapacidad de desarrollar ninguna idea original. Hasta aquí, la dicotomía funciona, pero se torna inestable cuando se introduce el concepto de "hombre superior", ya que este, al igual que el "inferior", es un "inadaptado". Ingenieros no logra definir en ningún caso cual sería la diferencia entre la inadaptación de uno y otro; su esquema, por lo tanto, se vuelve contradictorio y la intención normativa pierde el lugar de donde aferrarse, más allá de la insistencia acerca de la realidad de esta diferenciación. La presunta cientificidad del texto ingenieriano revela en esta contradicción su fundamento eminentemente retórico.

No será la primera vez que la aparición de un tercer elemento hace estallar la dicotomía. En realidad, esta misma imprecisión en cuanto a la diferencia en la adaptación del hombre superior y el inferior, se reproduce en la conceptualización de la simulación, que es al mismo tiempo, el modo más evolucionado de lucha por la vida y el más patológico.

En sus trabajos sobre la simulación, la patologización de las conductas no es menos evidente. Todo simulador, en La simulación en la lucha por la vida (1903), intenta adaptarse al ambiente social, utilizando un instrumento de supervivencia distinto que la pura violencia: esto es la simulación. La simulación es un fraude y al mismo tiempo un signo inequívoco de evolución. Y esta crisis que podemos observar en el pensamiento binario, si muy probablemente fuera un punto ciego para Ingenieros, no es menos significativo para comprender sus motivaciones "científicas".

Efectivamente, la especificación de tipos o modelos es fundamental para sostener la estrategia criminalizadora que guía a estos textos. El objetivo manifiesto de Ingenieros es construir la legitimidad de un grupo de científicos que operarían reconociendo entre el mar de simulación que es la sociedad aquellos individuos que buscan detrás de las máscaras simuladoras o disimuladoras eludir la responsabilidad penal o el encierro protector. Para el autor la simulación es un medio de lucha por la vida, siendo el otro la violencia. Con el avance de la civilización la simulación (i.e., el fraude) aumenta su importancia desplazando a la violencia. Ahora bien, si la simulación es vista como un fraude, ello no evita que Ingenieros plantee que todos los seres humanos son simuladores, con la diferencia establecida que en algunos es un medio habitual y preferente de lucha por la vida24. No se trata de un producto natural sin mediaciones: "Los dos factores que determinan la simulación [son]: el coeficiente fisiopsíquico de los sujetos y las condiciones del ambiente donde se lucha por la existencia"25. La extensión universal de la simulación hace tambalear la decisiva distinción inicial entre simulación y lo que llamaremos autenticidad. La contraposición es desde luego una creación del pensamiento binario: sus términos son tan excluyentes como solidarios, pues si y sólo si es posible conjeturar un ser auténtico (libre de cualquier lacra, descomposición o metáfora) es igualmente posible establecer un ser simulado (inscripto en un régimen de engaño, fraude y traición). En la exacta medida en que pueda mostrarse que los límites entre simulación y autenticidad son siquiera conmovidos, el par y la jerarquía (ética, ontológica y lógica) carecería de sentido riguroso. Y es lo que Ingenieros realiza: "todos los hombres simulan" significa que nadie es auténtico, o que los límites entre autenticidad y fraude son menos evidentes de lo deseable. Veremos pronto que no se trata de un mera inconsecuencia, sino que, muy por el contrario, es un "debilidad" teórica imprescindible para comprender el artefacto cultural y político del intento clasificatorio. No avanzaremos, aquí, sobre la propia simulación que el miembro de La Syringa ejercía26.

La autenticidad la busca en los hombres de "carácter", cuya cualidad es que son ellos mismos, sin mediaciones. Sin embargo, Ingenieros aclara que estos hombres característicos son aquellos que en mayor consonancia están con la evolución, que estimula la simulación. Estos se separan de la masa que es "indiferente" y común. Aunque los característicos posean las cualidades para diferenciarse de la masa, su simulación específica reside en que es una simulación individual, y no en que no simulen27. En cambio, los comunes, los indiferentes, aprovechan las formas sociales de la simulación, que en tanto que tal les vienen dadas. En ambos casos se trata de estrategias de adaptación. La diferencia consiste en que son variantes de un mismo género, que es el de la simulación en la lucha por la vida. No es que los característicos puedan evitar la simulación (o lo que es lo mismo, el fraude) por lograr una distancia con las prácticas enmascaradoras de las masas, sino que lo hacen de un modo personal y con mayor radicalidad. No sorprende en esta veta que Ingenieros mantenga que "los característicos simulan más que los indiferentes, pues que luchan por la vida con más energía y tienen más ocasiones útiles para simular". Paradójicamente, son aquellos que pueden presentarse como élites, como radicalmente superiores a las masas, aquellos que más simulan sus habilidades y disimulan sus carencias, con lo cual su autenticidad se pierde. La consistencia del argumento de Ingenieros podría salvarse con la cláusula ad hoc de que la diferencia de los característicos consiste en una habilidad intrínseca para simular de un modo más eficaz por una cualidad de representación dada por la existencia social de los individuos. Pero esa cláusula histórico-materialista significaría la destrucción de su arquitectura conceptual.

En su texto sobre la locura, Ingenieros muestra cuál es el interés primordial por la simulación, que no busca la consistencia lógica sino la funcionalidad para la constitución de una mirada médico-legal que asigne y reconozca responsabilidades. La locura se presenta en este sentido como un desafío a la sabiduría del especialista que debiera dirigir toda institución de reclusión. Puesto que la profilaxis de la simulación de la locura consiste en una transformación del sistema legal, eliminando el "prejuicio" del libre albedrío, queda a la vista que Ingenieros exige que, como en la soñada república de Platón, el sabio sea legislador28. La ambigüedad del diagnóstico reside en la inexistencia de rasgos patognómicos que faciliten, al modo lombrosiano, la utilización de unos saberes donde las marcas exteriores denunciarían las sombras ocultas29. Un cuadro conocido: una disputa entre enfermo y mirada médica, donde ésta ausculta cada detalle y los inscribe en una micrología clínica30.

Ahora bien, el análisis de la simulación no se agota aquí. El establecimiento de la dicotomía se apoya en la atribución de ciertos caracteres genéricos. Los hombres característicos son los más evolucionados, pero también los más peligrosos. En su crítica de Hacia la justicia de F. Sicardi, Germán no es sólo un degenerado, sino que posee la capacidad de sugestionar a las turbas anarquistas. Es un meneur31. Pero su ejemplo no es el mejor para mostrar la simulación como no lo son en general los hombres. Ingenieros es claro sobre las razones de ello.

En efecto, Ingenieros sostiene "la tendencia general de la mujer a la simulación...De su tendencia al fraude, sólo diremos que estando la mujer excluida por la naturaleza del uso violento de algunos medios de lucha, encuéntrase obligada a perfeccionarse en los medios fraudulentos"32. Tal asignación de astucia es pensada por el autor en términos de engaño del hombre para la formación de una pareja. Una "simulación" que Ingenieros sin embargo se niega a ver es la de los y las homosexuales, a los y las cuales remite a la ausencia o a la histeria. Por ejemplo, cuando debe referirse a un homosexual lo hace acusando una inautenticidad, pues "el maricón [finge] el afeminamiento"33. Aceptar una sexualidad inclasificable en sus categorías de género, como veremos pronto, es fundamental para mantener la coherencia práctica (si es que no lógica) de sus argumentos. Porque si Ingenieros no puede incluir conceptualmente una ruptura de las convenciones genéricas socialmente válidas en ese entonces, es decir, que suponen una constitución esencial de "hombre" y de "mujer", ello se debe a que allí se encuentra un espacio que no puede ni quiere ser discutido.

Elites y sociedad

Quisiéramos mostrar cómo otro importante eje organizador de la escritura ingenieriana, el de la polaridad masas/élites, también se encuentra surcada y constituida por incisiones genéricas. Por una parte, en Ingenieros están presentes las creencias elitistas tan típicas en la intelectualidad de principios de siglo. Son las élites los sujetos que hacen progresar a la historia. Son ellas las que imponen los nuevos valores y conducen a las revoluciones o pilotean el progreso. Por el contrario, las masas son mediocres, atrasadas, y peor aun, reaccionarias34.

Esta cuestión aparece de manera confusa en La Montaña. Las élites gubernativas y burguesas, como hemos visto en el apartado normal/patológico, son degeneradas. Sin embargo, cabe señalar que en el campo socialista se distinguen por un lado masas y por el otro dirigentes. Esto no significa, de todos modos, que las masas tengan un lugar pasivo, como en los escritos posteriores. Tanto las masas socialistas como sus dirigentes tienen un lugar activo. El abandono de toda confianza en la clase trabajadora quebrara el lugar por donde la irrupción de las masas prometían una redentora destrucción previa al advenimiento del paraíso.

Comprensible es que Ingenieros sea extremadamente sensible a su intervención social y/o política de ese principios de siglo en que se torna un intelectual orgánico del Estado, y se hace eco de "los presentimientos de esa dolorosa conflagración social que entre nosotros comienza a revelar su existencia"35.

En sus trabajos de interpretación histórica el papel dinámico de las élites es presentado en toda su importancia. Como supuesto básico está la proposición de que "la voluntad social, o capacidad de realizar ciertos progresos necesarios, suele ser, como aquella conciencia, un privilegio de pequeñas minorías que se anticipan a su tiempo...En este sentido...todo progreso histórico ha sido, es y será la obra de minorías revolucionarias"36. Su apreciación en nada cambia luego de la Revolución Rusa, que en su lectura fue realizada verdaderamente sólo por los bolcheviques. Es así que puede sostener que "las revoluciones son siempre la obra de minorías educadoras y actuantes; son minorías, también, los partidos reaccionarios. La gran masa es neutra y constituye siempre un obstáculo a cualquier género de progreso que la saca de sus hábitos y rutinas"37.

Sin embargo, no se explica todavía satisfactoriamente por qué las élites tendrían tal capacidad. Por una parte las élites están compuestas por jóvenes, que son los creadores de nuevos valores. Existiría una relación inversa entre pertenecer o ser masa y desarrollar valores superiores. "La moralidad", nos asegura Ingenieros, "está en razón inversa de la superstición...la masa ignorante posee menor moralidad que las minorías cultas"38. Una y otra vez nuestro autor se refiere al carácter supersticioso de la plebe39.

Karen Mead señala que en la perspectiva de Ramos Mejía, las masas están feminizadas, del mismo modo el estado de pasividad propio de la masa es comprendido por Ingenieros con la ayuda de imágenes de género40. Es en tal contexto que la masa es sugestionable y voluble, y en ciertos momentos hasta femenina. No vale sólo ello para las multitudes anárquicas, pues la "grey católica" también sufre el handicap de su "incapacidad viril". La idea ya había sido tematizada, además de Ramos Mejía, también Le Bon -en quien se inspiraba este- utilizaba esta metáfora de género; Ingenieros compartirá tales proposiciones, con una variación importante: además de la reivindicación de los aspectos económicos de las acciones de las multitudes, se resistirá a reducir la relación con estas a la sugestión para defender el lugar de la conducción intelectual por parte de una minoría lúcida, que más que sugestionar hace ciencia41. Pues el acontecimiento inesperado de una multitud es el temor que invade a estos intelectuales pues en legisladores de la normalidad. Para Ingenieros el nudo a cortar es la turba en movimiento, incontrolable, anormal42. En esos instantes sobreviene la canalla, digna de ser aludida con los atributos de la psicopatía sexual; la turba anonadada por la explotación deviene en mujer, hasta poder asimilarse a la desgracia de las prostitutas: pues "Goga [la anarquista compañera de Germán] sintetiza el alma de la multitud femenina, que en las horas de violencia sobrepuja la ferocidad del hombre...". Y se entiende también que esa faz patológica encuentre una justificación cuando se dice que la masa terrible está flagelada por la "lubricidad del delito"43.

Masculino/Femenino

En sus Bases del feminismo científico, de 1898, Ingenieros sostiene que la desigualdad entre el hombre y la mujer es un hecho fundado en la organización de la sociedad y la educación antes que en la biología44. La diferencia de género es trazada a partir de una hipótesis de Engels: la condición social de la mujer determina su condición jurídica45.

Los criterios morales son los que confirmaran las diferencias de género en tres esferas: la intelectual, la afectiva, y la sensible. Las mujeres serán más afectivas y los hombres más inteligentes46, pero "el ambiente y la moral no son cosas fijas ni universales"47. Esta interpretación moral del género, basada en Guyau48 -a quién más adelante, en Hacia una moral sin dogmas, casi plagiará- resulta sorprendente para quien haya leido otros textos de este período de juventud.

La crítica a un fundamento biológico contrasta con el esencialismo omnipresente de la división masculino/femenino. En La Montaña hemos visto una identificación entre socialismo y masculinidad, burguesía y afeminamiento, etc. Esta será una constante en toda su obra.

No se comprende como determinadas características como la valentía, el progreso, la acción, son siempre masculinas, si no hay nada que garantice la esencialidad. Si masculino y femenino son criterios morales variables ¿Por qué se metaforiza tanto desde ellos como si fueran un terreno seguro, natural? La lógica textual de Ingenieros no coincide con esta desnaturalización. De hecho Ingenieros mismo entra en problemas en Las Bases del feminismo científico: "Verdad es que la Naturaleza, con el fin único de la reproducción de la especie ha diferenciado a los individuos de la especie humana en machos y hembras, determinando en ellas condiciones fisiológicas que los hacen diferentemente aptos para realizar diversas formas del trabajo requeridas para satisfacer las condiciones de reparación que sustituyen el desgaste del individuo y de la especie"49.

Si leemos entonces la afirmación ingenieriana de la no esencialidad de lo genérico como forzada, como pronunciamiento radical que excede el marco interpretativo en el que se sitúa, afloran algunos elementos interesantes.

En primer lugar, los varones que se niegan a reconocer a la mujer el mismo "derecho de amar" que el hombre se encuentran eclipsados por las esfera afectiva que Ingenieros consideraba más propia de la mujer. De este modo, en el mismo artículo en que se niega la esencialidad de la dicotomía masculino/femenino, se afirma la femineidad de quienes niegan derechos a las mujeres, se denuncia el fundamento afectivo detrás de la pretensión científica. La interpretación científica, que apoya al feminismo, resulta ser racional, y por tanto, masculina50. Así es que Ingenieros diferenciará entre un feminismo idealista, con características femeninas, de uno científico y masculino51.

En La Montaña, también se masculinizará al feminismo, lo cual resulta coherente con su inclusión dentro del socialismo. En el segundo número de este periódico se extractan párrafos de una obra de teatro de Suderman que había escandalizado en aquel momento. En ella, Magda, el personaje central, es una mujer que defiende su derecho a establecer relaciones sexuales con el hombre que ama de manera libre, sin esperar la autorización del Estado. Magda reivindica este derecho argumentando que ha trabajado demasiado y se describe del siguiente modo: "¡Era libre como una gata salvaje, pertenecía a aquella categoría de mujeres que sin protección, como si fuesen hombres, deben ganarse el pan con su trabajo!"52.

También en el periódico abundan las descripciones de mujeres que deben afrontar la vida "sin protección" presentando casi siempre de este modo a las mujeres que pertenecen al proletariado o que por desgracias económicas se proletarizan. Estas mujeres son "como si fuesen hombres".

En Las bases del feminismo científico, Ingenieros habla de "los feministas", lo cual resulta extraño si pensamos que la mayor parte del movimiento estaba compuesto por mujeres. En Histeria y Sugestión consideraba la histeria como enfermedad que podía afectar tanto a las mujeres como a los hombres, pero frente a una mayoría femenina, utilizaba el artículo plural femenino y refería a "las histéricas" para generalizar, en Las bases del feminismo científico no tuvo la misma consideración.

Si entendemos estos textos tempranos desde una lectura que comprenda su producción posterior, podemos observar que la visión desnaturalizadora desaparecerá de su obra, lo que tendrá continuidad es la apelación a la reproducción como aspecto fundamental de la complementariedad entre lo masculino y lo femenino. La importancia de lo reproductivo estará dada, por otro lado, por el hecho de que la procreación constituye el sello que marca el éxito en la lucha por la vida, categoría tan central en el pensamiento evolucionista de Ingenieros. En este sentido Weeks ha destacado como esta importancia de lo reproductivo en la teoría evolutiva de Darwin marcó un primer paso hacia la conceptualización cientificista que excluía como anormalidad cualquier sexualidad no procreativa.

En el transcurso del presente texto indicamos cuán presente estaban las convenciones del sistema sexo/género en la escritura de Ingenieros. Con todo, en ningún lugar aquel es más claro que en el estudio del amor. El texto conocido como Tratado del amor constituye la summa de los escritos fundamentales del último Ingenieros sobre cuestiones de género. En él podemos observar las diversas estrategias destinadas a configurar una teoría de las relaciones humanas (en este caso de amor) que entroncan claramente con los antiguos tópicos del pensamiento evolucionista, y eugenista, que ya hemos visto.

En efecto, encontramos en el Tratado una consistente relación conceptual entre amor, selección natural, pensamiento tipológico, y evolución progresiva de la especie humana. Lo nuevo, y es aquello que más nos ocupará, está dado por el interés específico en la reproducción que cruza cada uno de las discusiones sobre el amor, el matrimonio y la elección.

En la definición ingenieriana de amor se halla contenido apretadamente los supuestos básicos que defiende a lo largo de los diversos ensayos que componen lo que conocemos como Tratado del amor. Escribe Ingenieros:

 

"el amor es un sentimiento de preferencia individual que en circunstancias especiales un ser humano siente por otro determinado, de sexo complementario, para satisfacer las tendencias instintivas relacionadas con la reproducción de la especie"53.

Como afirmaciones fundamentales retengamos tres: a) es un sentimiento individual, que se dirige a otro individuo; b) es heterosexual ("de sexo complementario"); c) está destinado a la reproducción54. Nuestra lectura vincula estos supuestos, más que al amor, a su base real que -para Ingenieros- es el instinto sexual. Pues esa transición es la que posibilita al autor de El hombre mediocre tematizar en el registro biológico la cuestión del deseo. Sería, pues, el instinto sexual, que poco tiene en común con el Trieb que limita entre lo somático y lo psíquico según la comprensión freudiana, el regimentador del amor, del deseo, de la elección de pareja (heterosexual) y del matrimonio eugenésico.

Si consideramos que esa vinculación entre deseo y reproducción es una cualidad básica de las ideologías y discursos sobre la sexualidad del siglo XIX y XX, podemos hallar una nueva perspectiva para analizar estas intervenciones teóricas de Ingenieros. Porque la imagen prevaleciente del autor, donde se lo muestra contrario a la religión como dogma, en todo caso -y a pesar de las vetas de sus textos- positivista, y crítico de las ideas impuestas sobre el matrimonio, deberían revisarse.

Desde luego, no intentamos plantear que estas últimas sean inocuas en la economía del texto. En efecto, Ingenieros escribe que el matrimonio de su tiempo, el usual y respetado, no era sino una tumba del amor. Por el contrario, puesto que el matrimonio se había convertido en una institución que sistemáticamente contradecía al sentimiento de amor, el matrimonio "de amor", asentado en un auténtico deseo libre de las coerciones sociales y las conveniencias deformantes de la educación, es un acto de indisciplina social55. Defender un verdadero amor, es como ser un delincuente que contraviene las leyes56.

Ciertamente, estas expresiones no podrían menos que escandalizar a quienes consideraban al matrimonio como la condición esencial para la vida familiar. Para aquellos, la familia se constituía como una prueba de amor y fidelidad, que por lo demás aseguraba responsablemente el crecimiento y educación de los hijos. Frente a tales convicciones Ingenieros no duda en sostener que en realidad, ese supuesto matrimonio natural y aprobado por dios y las buenas costumbres no es más que una construcción histórica, que pertenece a una organización patriarcal, donde se excluye al amor como vínculo. En realidad, para Ingenieros el matrimonio monogámico tuvo como origen el rapto exogámico en las antiguas agrupaciones humanas, que luego se modificó por la compra de esposas57. Lo que más remarca el autor es su desacuerdo ante las proposiciones que establecen una relación conceptualmente inescindible entre matrimonio y amor.

Una faceta igualmente desestructurante de los discursos conservadores sobre la familia y el matrimonio está dado por el lugar subordinado que, de acuerdo a Ingenieros, el matrimonio asignaría por entonces a las mujeres. El reinado patriarcal no sería, pues, sino reforzado por la institución que critica en su forma actual.

Dicho esto, consideramos que todavía existe un notable espacio discursivo donde Ingenieros apela a argumentos que si no son contradictorios con los mencionados respecto al matrimonio, sí constituyen una trama que lo acerca más a los supuestos de las ideologías que presume criticar que a una superación de ellas58. Pensamos que la clave reside en la conexión entre amor y reproducción. Ingenieros se representaría el amor y el deseo como positivos en la medida en que se relacionan funcionalmente con la reproducción biológicamente progresiva.

Una distinción que el autor se preocupa por mostrar es la existente entre el instinto sexual y la reproducción, pues según él existen formas de reproducción, como en ciertos organismos extremadamente simples, que no necesitan algún contacto sexual para reproducirse. Así con la reproducción monoica por autofecundación59. No por esa distinción tan clara se abstiene de elaborar una definición de instinto sexual que contiene como componente elemental y decisivo su funcionalidad para la reproducción:

 

"El instinto sexual es el conjunto de hábitos sistematizados hereditariamente en una especie para que sus individuos de sexos complementarios efectúen más eficazmente el acercamiento de los gérmenes incompletos, indispensables para engendrar un 'gérmen integral' mediante la fecundación"60.

 

Vemos aquí que la razón de ser del instinto sexual es, finalmente, la reproducción. No existe una repetición productora de placer o alguna mediación respecto a la fecundación. Rigurosamente pensado, el instinto sexual puede denominarse instinto de reproducción. Si ello es así, habría que encontrar huellas o afirmaciones de que ciertas relaciones sexuales desencontradas con la reproducción son prácticas aberrantes de una cópula entre términos complementarios naturales. Por otra parte, habría igualmente que mostrar cómo son estigmatizados como contranaturales los sentimientos de amor desprovistos de una intención de contacto sexual, pues si existiera amor "platónico", éste se distinguiría a priori de la reproducción. El "sentimiento" es presentado como diferente al instinto sexual, pero su alejamiento de ese sustrato biológico marca su carencia de autonomía fuera de las prácticas mórbidas. Consecuentemente, el amor es visto -años antes- como una "superestructura psicológica útil para la elección que precede a la conjunción"61.

Para tematizar la primera exigencia, debemos referirnos al tratamiento ingenieriano del deseo. Que el deseo sea solamente otro componente de la reproducción es evidente cuando se lo define como "la representación consciente de la necesidad trófica de eliminar del organismo los gérmenes maduros; no es la consciencia inmediata de la necesidad de fecundación, sino su consciencia mediata a través de las sensaciones y reacciones, de orden emotivo, que suelen acompañar al acto fecundante"62. Lejos de las discusiones psicoanalíticas para las cuales es pensable la existencia de un deseo sin objeto o que se refracta infinitamente, Ingenieros piensa que el fin del deseo es la fecundación, esto es, la reproducción. Pero una nueva diferencia con el cuerpo teórico de cierto psicoanálisis nos hace percibir la fuerza del carácter conciente que el autor atribuye al deseo.

El deseo es reducido a la representación de los placeres vinculados a una eliminación fisiológica de "gérmenes" destinados a la fecundación. No como tal. A los individuos no se les presenta como un acto de fertilización sino como sensaciones asociadas al coito. Ahora bien, al ser una representación conciente, el deseo está asociado al acto mismo de procrear o a la búsqueda del "complemento" de la fecundación. El deseo, pues, es posible cuando los individuos son capaces de procrear. Cualquier deseo que no pueda ser acompañado por la cópula es una locura, o una imposibilidad63.

¿Cómo es posible, sin embargo, que el amor encuentre tantas variedades si no se trata más que de reproducirse? Ingenieros intenta pensar en las representaciones que intervienen en las relaciones amorosas, y lo hace empleando su habitual efecto de tipologización. Construye tipos de "personalidad sentimental" para mostrar las posibilidades que produce el amor-deseo.

La expresión natural de ese amor instintivo es el matrimonio de caracteres eugenésicos. En la crítica que en los textos sobre el amor realiza Ingenieros, y que tan deudores son de Nordau64, la acusación fundamental reside en la ausencia de todo interés por la pareja biológicamente mejor que debería guiar la elección de consortes. Con pocos personajes literarios es Ingenieros inclemente como con Hedda Gabler a la que califica de idiota del corazón, y alude a cierta masculinidad.

No es difícil de entender la ansiedad del aspirante a legislador de la sociedad ante una ruptura de los roles genéricos por parte del enigma peligroso que son las mujeres. La lectura de Hedda Gabler no impresiona tanto por la supuesta lucidez que Ingenieros le asigna con una apenas disimulada inquietud65. Su inteligencia combinaría mal con sus limitaciones afectivas. La marca visible de su desvío es el ser una mujer "fuerte y masculina": disparar armas, montar a caballo, mostrar "una indomable voluntad viril", y carecer "del instinto que embellece toda la vida de la mujer", esto es, el maternal66. Para ella utiliza Ingenieros el epíteto de virago, aludiendo sin nombrarlo a una caracterología que, como hacía la sexología de otras latitudes a fines del siglo XIX, establecía una relación estrecha entre "personalidad" y deseo sexual67. Se concreta, así, una vinculación metonímica entre roles de género y sexualidad.

Se anudan, al mismo tiempo, las atribuciones de dicotomía masculino femenino en base a las potencias de reproducción, con la perspectiva de un mejoramiento de la "raza". Las relaciones hombres/mujeres son pensadas en Ingenieros como reducibles a la conquista amorosa. Habíamos visto que la simulación de la mujer no tenía otro objetivo68, mientras que la del hombre poseía una multitud de posibilidades. Es cierto que también hallamos rastros de que la actividad de maestra podía compensar, aunque no completamente, esa función maternal que el amor representaba. Ello quizás haga más evidente el comentario de Ingenieros de que "cualquiera conoce más de cien hombres y dos mujeres que han leído a Leopardi y Schopenhauer, sin haber pensado jamás en el suicidio"69.

 

III. Consideraciones finales

 

La lectura en clave de género no insiste tanto en un descubrimiento empírico como una una reinterpretación de las lecturas previamente realizadas, sobre una deconstrucción del diversificado corpus textual ingenieriano. Se trata de más que el rastreo de una metafórica de algún modo vinculado a la sexualidad o la jerarquía. El archivo retórico de género, creemos, construye tanto como las otras condiciones de existencia conceptuales (los llamados positivismos, modernismos, economicismos, etc., etc.), el discurso de Ingenieros a través de sus transformaciones.

Es evidente que nuestra lectura se limitó a la serie discursiva de la producción ingenieriana, y dejó de lado las series que inexactamente se denominan extradiscursivas. Las implicaciones referidas a los distintos contextos todavía está por hacerse. Pero esta salvedad no invalida la efectividad que los supuestos de género poseen para la economía discursiva de nuestro autor. Tan importante es, que es dado reconocer sus marcas a lo largo de la obra de Ingenieros que se creía poder separar en etapas de acuerdo a otros conceptos. La visión esencialista de "mujer" u "hombre", evocando cadenas de atributos tildados positiva, patológica, lúbrica, viril, normal y éticamente, entraman los saberes irreductibles a los principios científicos o políticos que han gozado de la atención de los estudiosos.

La convicción general de poseer la capacidad de dictaminar superioridades (científicas, éticas, fisiológicas, políticas) se ha visto cruzada por metáforas de género. Si es cierto que ellas podrían remitirse a ser una decoración, un suplemento, de sentidos últimos que se expresarían sin problemas sin ellos, ésta suposición metafísica puede dejarse de lado en historia intelectual, donde se trata de explicar es la especificidad de la producción textual, y no es aconsejable eludir las peculiaridades de los significantes.

 

IV. Notas

  1. Nada claro está como fue fructificando en la intelectualidad finisecular el pensamiento de tan poderosos rasgos binarios, que ya se encuentra típico-idealmente en Sarmiento. Parece necesario indagar en esta cantera. Ver Julio Ramos. Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX. Fondo de Cultura Económica, 1989, cap 1. En un artículo reciente se apunta al pasar este caracter binario que comienza con Sarmiento y luego se extiende al pensamiento positivista argentino en general: "Gender, moreover, as a system of representation that marked progress, difference and hierarchy, often merged with other systems of binary understanding." Karen Mead, "Gendering the Obstacles to Progress in Positivist Argentina, 1880-1920", en Hispanic American Historical Review, vol. 77, no.4, November 1997, p. 469.

  2. El más sólido de los cuales sigue siendo, Oscar Terán, "Estudio preliminar" a Ingenieros: pensar la nación. Madrid, Alianza, 1986.

  3. No se trata, pues, de apelar a un monismo interpretativo que halla (en el género), la clave para todas las cosas. Respecto a la conceptualización de género ver: Teresa de Lauretis, Technologies of Gender. Indiana University Press, 1987; Judith Butler, Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity. New York, Routledge, 1990; Joan W. Scott, Gender and the Politics of History. New York, Columbia University Press, 1988; Michelle Barret. Women Opression Today. The Marxist/Feminist Encounter. 2a. ed. Londres, Verso, 1988. Hemos intentado un balance de la historiografía de género en Argentina en: José Omar Acha, Victoria Basualdo y Paula Halperin, "Historia de género y teoría social en Argentina. Balance y perspectivas¨, ponencia presentada a las VI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, La Pampa, setiembre 1997.

  4. Dora Barrancos. La escena iluminada. Ciencias para trabajadores, 1890-1930. Buenos Aires, Plus Ultra, 1996.

  5. Ver también Jorge Dotti. Las vetas del texto. Una lectura filosófica de Alberdi, los positivistas, Juan B. Justo. Buenos Aires, Puntosur, 1990.

  6. Un racismo que encontraba variaciones, pero que mantiene una continuidad que más de uno de sus apologistas no quiso ver. Por ejemplo, es A. Ponce, quien califica a las terribles palabras del maestro al respecto como una "acabada disquisición sobre las razas". Ver su "Para una historia de Ingenieros", en Obras completas. Buenos Aires, Cartago, 1974, vol. 1, p. 189. Una perspectiva muy distinta en Ernesto Giúdice, "Un científico con ideales", y Arturo G. Armada, "Los blancos siempre ganan", ambos en Crisis, 1976, no. 34.

  7. La Montaña. Periódico Socialista Revolucionario (1897). Redactores J. Ingenieros y Leopoldo Lugones. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, p. 12. Véase un comentario sobre el periódico en Marcela Croce. La Montaña. Jacobinismo y orografía. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras (UBA), 1995 (Hipótesis y discusiones, 8).

  8. Ver La Montaña. Periódico..., op. cit., pp. 32-33, 49 52, 98-99, 149, 193, 219, 241, etc. No podemos detenernos aquí en la importante cuestión del trabajo productivo que expresa salud, que encuentra una y otra vez una lugar en la textualidad de Ingenieros. Con todo, además de La Montaña, se hallan rastros del topos en La simulación de la locura (1903). Buenos Aires, Elmer, 1956, p. 164 (citando a Sergi); en la crítica de los clérigos coloniales en La evolución de las ideas argentinas (1918). Buenos Aires, Elmer, 1957, vol. 1; en Las fuerzas morales (1925). Buenos Aires, Meridión, 1955, pp. 31-35; Los tiempos nuevos (1920). Buenos Aires, Elmer, 1956, passim; también la anotación aprobatoria de la moral del trabajo alberdiana en Sociología argentina (ed. de 1918). Buenos Aires, Hyspamérica, 1988.

  9. Ibidem, pp. 19, 24, 194, 240.

  10. En el segundo número de La Montaña los redactores, incluyen como primer artículo un escrito de Vandervelde y Massart que realiza una clasificación de formas parasitarias, concluyendo que "los más inactivos son también los más degenerados", p. 40. En el número 3 se incluye un artículo de Stuart Mill, en el que se habla de "esa gran enfermedad social, una clase que no trabaja"; en el mismo número y con el mismo tono Ingegnieros dice que el cura de Magdalena "vive como parásito sin producir nada util para la sociedad". Un opúsculo de un año más tarde llamado La mentira patriótica, está encabezado por un epígrafe extraido de "O libro da paz" de Malgalhaes Lima, en el que se equipara, por un lado trabajo y paz, y por otro lado se los opone al capitalismo y el militarismo como "flagellos". Aun en 1920 (en la conferencia "Las enseñanzas económicas de la Revolución Rusa"), Ingenieros tildaba con los epítetos de degenerados a los capitalistas de la "Agencia Havas", y dictaminaba la degeneración global del capitalismo. Ver Los tiempos nuevos. Buenos Aires, Elmer, 1926, pp. 129, 132-133.

  11. Ibidem, p. 119.

  12. La indecisión política de Pellegrini no es para Lugones sino dudar de su "virilidad en plena erección". Para Ingenieros la república es "esa tosca y fea mujer pública" y Juarez Celman "padece de vicios contra natura"; además a la burguesía la arruinan "muchas pederastías", las "pederastías de su conciencia". Del mismo modo, las posiciones políticas intermedias son "hermafroditismo" (Cfr. La Montaña, op,. cit., pp. 25, 33, 50, 55, 118, 162, 193).

  13. Allí, Ingenieros aseguraba que "la casi totalidad de las inversiones y perversiones sexuales se arraigan entre los militares", etc., etc., p. 45

  14. La evolución de las ideas argentinas, op. cit., vol. 3, p. 197.

  15. La locura en la Argentina (1919). Buenos Aires, Elmer, 1957, p. 72.

  16. Ingenieros. Hacia una moral sin dogmas (1917). Buenos Aires, Elmer, 1956, p. 11.

  17. Ibidem, p. 12.

  18. Ibidem, p. 132.

  19. Ibidem, p. 19.

  20. La fuerzas morales, op. cit., p. 21.

  21. Ibidem, p. 123, subrrayado nuestro.

  22. Véase: Eduardo Zimmermann. Los liberales reformistas. La cuestión social en Argentina 1890-1916. Buenos Aires. Sudamericana. Universidad de San Andrés, 1995; Terán, op. cit.; Hugo Vezzetti. La locura en la Argentina. Buenos Aires. Paidos, 1985; Enrique E. Mari. "Jose Ingenieros. El alienista, su loco y el delito", en Todo es Historia, 1981, no. 173.

  23. José Ingenieros. El hombre mediocre (1913). Buenos Aires, Universo, 1964, pág. 48.

  24. José Ingenieros. La simulación en la lucha por la vida (1903). Buenos Aires, Elmer, 1956, p. 56.

  25. Ibidem, p. 57.

  26. Pero véase, Jorge Salessi. Médico maleantes y maricas. Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación Argentina (Buenos Aires, 1871-1914). Rosario, Viterbo, 1994; Enrique Díaz Araujo, "Ingenieros fumista", en Todo es Historia, 1981, no. 169; Silvia Molloy, "La política de la pose", en Josefina Ludmer (comp.), Las culturas de fin de siglo en América Latina. Rosario, Viterbo, 1995. Un testimonio con tanta hostilidad como simpatía en Manuel Gálvez. Amigos y Maestros de mi juventud, 1900-1910. Buenos Aires, Guillermo Kraft, 1944, pp. 146 y ss.

  27. Ibidem, p. 75.

  28. La simulación de la locura, op. cit., pp. 199-227.

  29. Ingenieros niega la utilidad, como planteo general, de la patognómica lombrosiana en La simulación en la lucha por la vida, op. cit., p. pp. 117 y ss.; La simulación de la locura, op. cit., pp. 146 y ss.; Crónicas de Viaje (1905-1906). Buenos Aires, Ramon J. Roggero & Cía., pp. 163 y ss.

  30. Ver Michel Foucault. El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica. México, Siglo XXI, 1981. Una hipótesis sobre la emergencia de saberes del detalle puestos al servicio del control social, en Carlo Ginzburg, "Señales. Raíces de un paradigma indiciario", en Mitos, emblemas e indicios. Morfología e historia. Barcelona, Gedisa, 1989.

  31. ¨Hacia la justicia¨ (1902), en Psicopatología en el arte. Buenos Aires, Elmer, 1957, pp. 55 y ss.

  32. La simulación en la lucha por la vida, op. cit., p. 52. Ver también, La simulación de la locura, op. cit., p. 131. Nótese que J. M. Ramos Mejía y C. O. Bunge tienen posturas similares sobre una presunta natural inclinación de la mujer a la intriga (véanse La locura en la historia y La educación, respectivamente).

  33. La simulación en la lucha por la vida, op. cit., p. 63. Ver también la p. 101 donde menciona a un "jóven literato, sugestionado por los decadentes franceses, creyóse obligado a simular los refinamientos y vicios fingidos por éstos, conceptuándolos verdaderos. Simulaba ser maricón, haschista...", etc. Ingenieros se niega a considerar "verdaderos" esos hábitos de los poetas decadentistas, y también niega la homosexualidad.

  34. Sobre el elitismo ingenieriano, puede consultarse Ricardo Falcón, ¨Los intelectuales y la política en la visión de José Ingenieros¨, en Anuario. Escuela de Historia (Rosario), 1985, no. 11; Dardo Cúneo. Juan B. Justo y las luchas sociales en la Argentina. Buenos Aires, Alpe, 1956; Enrique Díaz Araujo, "José Ingenieros y la evolución de las ideas alberdianas", en Nuestra Historia, 1978, año 11, no. 21 y no. 22.

  35. "Hacia la justicia", op. cit., p. 57.

  36. La evolución de las ideas argentinas, op. cit., p. 139-140.

  37. Los tiempos nuevos, op. cit., p. 74. Ver también, Las fuerzas morales, op. cit., pp. 133-134, 138.

  38. Las fuerzas morales, op. cit., p. 96.

  39. Por ejemplo en La evolución de las ideas argentinas, op. cit., vol. 2, p. 153.

  40. "This equivocal ´law of mental unity in crowds´ posited that men in a multitude descend in the level of civilization to ´pure instinct, almost animality´, which has nothing to do with the ´calm and serene ratiocination that is privilege of the thoughtful man´. As opposed to thoughtful men, the crowd is rather explicitly feminized". Karen Mead, op. cit., p. 658. A pesar de que esta era la concepción de Ramos Mejía, que Ingenieros había criticado ("Las multitudes argentinas" en Sociología Argentina, op. cit.), en este punto parece haber una similitud considerable. Según Mead, en realidad, esta era una postura generalizada en el positivismo, como se expresa -por ejemplo- en la concepción que diferentes autores tenían del gobierno de Rosas. La innegable popularidad de este gobernante "was atributed by some to the impassioned disorder of feminized popular groups in response to his abuse of a sexualized power". (Ibidem, p. 648).

  41. Ver Hugo Vezzetti, "José Ingenieros en la recepción del freudismo", en Las aventuras de Freud en el país de los argentinos. Buenos Aires, Paidós, 1996, p. 40.

  42. Sobre la distinción entre los fenómenos psicológicos colectivos y las "reuniones accidentales que se llaman multitudes", véase "La psicopatología en el arte", en el citado libro homónimo, p. 21. "La reunión de individuos en el agregado psicológico 'multitud'", señala Ingenieros, "modifica intensamente la personalidad individual, inferiorizando, porlo general, la inteligencia y la moralidad de los componentes". La simulación de la locura, op. cit., p. 80.

  43. "Hacia la justicia", op. cit., pp. 62-63.

  44. "Luego los individuos machos de la especia humana no nacen diferentes de los individuos hembras, desde el triple punto de vista de su intelectualidad, de su afectividad y de su sensibilidad." p. 278 de "Bases del feminismo científico", en El Mercurio de América. Noviembre de 1898.

  45. La consideración que Ingenieros hace de la explicación engelsiana de la evolución social constituye un recorte; en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado las formas del parentesco tenían una importancia central que Ingenieros desconsidera no sólo en este artículo. Aún en "EL factor de la Revolución", escrito en el primer número de La Montaña, donde resume partes importantes del libro de Engels, no considera la parte de la historia de la familia. En este sentido, la perspectiva de Ingenieros, si bien tenía relación con la de Engels, se asemeja más al planteo de Alejandra Kollontai en La mujer en el desarrollo social

  46. "La intelectualidad media del hombre es mayor que la de la mujer; algunas sensibilidades presentan una inversión de esos coeficientes; la afectividad presenta diferencias cualitativas y cuantitativas en ambos sexos". P. 278, op. cit.

  47. Op. cit. pag. 279.

  48. J. M. Guyau. Esbozos de una Moral sin obligación ni sanción. Buenos Aires. AmericaLee. 1944.

  49. "Bases", op. cit., p. 276.

  50. Las Bases... op. cit., P. 277 .

  51. "Creo que ya es hora de acabar con esas manifestaciones de feminismo idealista y comenzar una serie de estudios y agitaciones en que entren menos todas esas palabrotas del lirismo social y se dé mayor cabida a los criterios más acertados, del criticismo científico y a los métodos y documentos rigurosamente positivos...". "Las bases..." op. cit., P. 269. Aquí podemos ver como la versión idealista aparece como ligada a un "lirismo", como más afectiva, frente a la intelectualidad del feminismo científico.

  52. La Montaña, op. cit., p. 48.

  53. Ingenieros. Tratado del amor (1919-1925). Buenos Aires, Meridión, 1955, p. 73.

  54. Ver también J. M. Ramos Mejía y José Ingegnieros. El amor y la incapacidad civil. Buenos Aires, La Semana Médica, 1909.

  55. Ibidem, p. 133.

  56. Ibidem, p. 147. Aquí, Ingenieros sostenía una continuidad con el pensamiento que había esbozado en "El amor múltiple en las futuras relaciones sexuales", publicado en El Mercurio de América. Junio de 1899.

  57. Ibidem, pp. 112, 114, 126,128, 133.

  58. Ver Pablo Ben y Daniela Lago, "José Ingenieros: Werther o Don Juan. Género y sexualidad en la obra de un intelectual", ponencia presentada a las VI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. La Pampa, setiembre 1997.

  59. Ibidem, pp.. 58-59.

  60. Ibidem, p. 65.

  61. Ingegnieros, "Patología de las funciones psicosexuales. Nueva clasificación genética", en Archivos de psiquiatría y criminología, año 9, 1919, p. 79.

  62. Ibidem, p. 66.

  63. "Es indudable que existen amantes platónicas", escribe Ingenieros, "pero son casi siempre fronterizas de la enfermedad". Tratado del amor, op. cit., p. 210. Se entiende que al amor sin objeto físico destruye la asignación genérica de funcionalidad reproductiva. Ver también las alusiones a la erotomanía de Don Quijote y Santa Teresa.

  64. Ver Max Nordau. Las mentiras convencionales de nuestra civilización. Madrid, Librería de Gutenberg, 1897.

  65. En verdad, la vida no fue demasiado grata con Hedda, quien se casó con un mal partido, que la condenaba a la insatisfacción y no le aseguraba los lujos a que aspiraba, para terminar suicidándose por resultados inesperados de sus actos. Ingenieros lee, sin embargo, una trama maquiavélica y conspirativa. Ver E. Ibsen. Hedda Gabler. Buenos Aires, La Nación, 1918 (publicado junto a Casa de muñeca).

  66. "La psicopatología en el arte", op. cit., pp. 17-19.

  67. Seguimos a George Chauncey, "De la inversión sexual a la homosexualidad: la medicina y la evolución de la conceptualización de la desviación de la mujer", en George Steiner y Robert Boyers (comps.), Homosexualidad: literatura y política. Madrid, Alianza, 1985. También Michel Foucault. Historia de la sexualidad. 1, la voluntad de saber. México, Siglo XXI, 1990, pp. 56 y ss.

  68. Ver también Sociología argentina, op. cit., p. 18.

  69. Crónicas de viaje, op. cit., p. 48, el subrrayado es nuestro.

     


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