Jackie Dutton
Este
Se trata de números. Matemáticas, estadísticas, gente y el lugar al que pertenecen, y la muerte. Tal vez no sea tan extraño que una activista que trabaja en SIDA tenga formación en Matemáticas.
Hace trece años, yo estudiaba vectores. Un profesor me dijo que eran calles de una sola mano - se podía en una dirección siguiendo a un vector, pero no se podía regresar por el mismo camino. Cuando pienso en los vectores hoy en día, descubro que ya no creo más en las calles de una sola mano.
Las mujeres y las personas bisexuales han sido descriptas muchas veces como "vectores de transmisión" en la crisis del SIDA. Según esa idea, los hombres bisexuales llevan la infección por el VIH, en una sola dirección, hacia la población heterosexual; y las mujeres bisexuales la llevan, también en una sola dirección, hacia las lesbianas. Esos preconceptos son ingenuos, tendenciosos y peligrosos. Porque las personas no son vectores y nadie es una calle de una sola mano.
La idea de las mujeres como vectores de enfermedad y corrupción se repite a lo largo de la historia, desde fuentes tan dispares como la Torah y los "expertos raciales" de la Alemania nazi. A las prostitutas se las ha hecho responsables de la difusión de las enfermedades de transmisión sexual entre los soldados desde siempre que la pobreza y la opresión han hecho marchar a la gente a la guerra.
En Gran Bretaña, los cuerpos de las mujeres son vigilados por el estado y por muchas de las estructuras que lo sirven, como el sistema legal, la profesión médica y las religiones "organizadas". Y en inglés, el lenguaje mismo del poder tiene especificidades de género. En el contexto del control de nuestros cuerpos por parte de nosotras mismas, y en el contexto del SIDA, el lenguaje que usamos dicta que las mujeres no cogemos (to fuck) sino que nos cogen (get fucked). Demasiadas personas, incluyendo algunas que se consideran docentes, consideran que el sexo es algo que nos sucede a las mujeres como resultado de una elección masculina, bajo control ídem. Esta idea de las mujeres como jugadoras pasivas de un juego donde los hombres dictan las reglas ha llevado a una profunda estereotipación y con frecuencia a una suprema negación de las sexualidades de las mujeres. Si las mujeres estamos condicionadas a encontrar y expresar la sexualidad a través de los hombres y no de nosotras mismas, ¿qué importa si la educación sexual en las escuelas nunca menciona el clítoris? Después de todo, las mujeres no nos masturbamos y el sexo lésbico son preliminares a la espera de un hombre.
Teniendo en cuenta este cuadro, es instructivo pensar cómo les ha ido a algunas mujeres que obviamente han roto con los estereotipos populares en la crisis del SIDA. Hay muchas mujeres que entran en esa categoría, incluyendo a las trabajadoras sexuales, las "solteras", las bisexuales y las célibes. Pero me gustaría estudiar, en particular, algunos aspectos de cómo el HIV ha afectado a las lesbianas y a sus interacciones con otras mujeres.
El VIH y las lesbianas
El VIH ha afectado a todas las lesbianas en mayor o menor grado. Como personas que se apartan de la norma respecto de la sexualidad y que padecen la homofobia, como mujeres y como personas. A las lesbianas les han mentido, diciéndoles que no corren riesgo de infectarse con el VIH en sus relaciones sexuales. Esto resulta, en parte, de la negación acerca del sexo lésbico. Si las mujeres no cogen, no pueden cogerse mutuamente y por lo tanto no pueden transmitirse el VIH. La verdad es que las lesbianas cogen - se cogen entre sí y cogen a otras personas. Por otro lado, el mito de que las lesbianas no se infectan con VIH no ha impedido que se utilice el SIDA como herramienta para reprimir aún más a un grupo de mujeres que ya estaban luchando por sus derechos como parejas y por la custodia de sus hijas o hijos, y contra la discriminación que sufren todas las personas no heterosexuales.
Desgraciadamente, la idea tan simple y atrayente de que "las lesbianas están a salvo" no ha impedido que las lesbianas se infecten con VIH. Pero sí ha servido para aislar a las lesbianas infectadas del apoyo de sus pares, que les es de vital importancia. La "respuesta lésbica" frente al VIH ha surgido de aquellos grupos de lesbianas con buen manejo del discurso, poco numerosos, en su mayoría urbanos, altamente politizados y orientados hacia "su comunidad". Esa respuesta contribuyó a la percepción general que se tiene de las lesbianas en la crisis del SIDA.
En respuesta a las mentiras del estado y de los medios - y tragándose algunas de ellas- muchas "comunidades de lesbianas" descubrieron que el SIDA les servía para separarse de otras mujeres y para enterrar aún más profundamente hechos verdaderos como que algunas tortas cogen con hombres y algunas tortas se inyectan drogas. Y esto sucedió aun antes de que el debate acerca de la transmisión entre mujeres se planteara en los círculos lésbicos. Parte de la información producida por esos grupos menciona en forma vaga que "las prácticas sado-masoquistas" son la única ruta de transmisión relevante para las lesbianas. Eso echó todavía más fuego en el ya sangriento debate sobre si el sadomasoquismo era aceptable o no, que ya llevaba más de una década.
Como cualquier otro segmento de la población, las "comunidades" de lesbianas se han dividido en bandos enfrentados frente a las cuestiones que plantea la transmisión del VIH. Algunas de esas cuestiones son generales y ya se ocuparon de ellas otros sectores de la población. Por ejemplo:¿estamos a salvo? si lo estamos, ¿por qué lo estamos y cómo hacemos para seguir estándolo? si no lo estamos, ¿qué hacemos? si estamos a salvo, ¿sentimos alivio, nos alegramos, nos quedamos indiferentes, sentimos envidia, ira, confusión?
¿cuál de esas emociones está mal que la sintamos?
En 1989 la gente se burló de las y los activistas de ACT UP Londres por haber repartido campos de látex en un evento de mujeres. Algunos años más tarde, vemos que las farmacias, negocios de material odontológico, los sex shops y algunos stands en la Marcha del Orgullo Lésbico-Gay venden campos de látex como elementos para el sexo seguro. Las lesbianas, entre otras mujeres, los compran porque la necesidad de usarlo se ha discutido en sus comunidades. Es por cierto un logro de las y los activistas que trabajan el SIDA el hecho de que se haya empezado a hablar de la transmisión entre mujeres fuera de los cubículos de quienes investigan en las universidades. Pero lo que resulta molesto es que han pasado seis años y la información sobre las posibilidades de contagio durante el sexo oral sigue siendo mínima.
Dado que los varones heterosexuales se la siguen chupando a las mujeres, esta falta de investigaciones publicadas no se puede considerar simplemente consecuencia de la invisibilidad lésbica o del sexismo.
Pero sí es cierto que se suma a la apatía y a la difundida negación del riesgo que también ignora la
prevalencia del uso de drogas y de relaciones sexuales con hombres entre mujeres que se definen como lesbianas.
¿Y qué pasa con las relaciones entre lesbianas y bisexuales en este contexto? ¿Y con las heterosexuales?
La afirmación culpógena de que "las bisexuales le contagian el VIH a las lesbianas" -que no siempre es pronunciada sólo por estas últimas- ha producido cambios en la interacción entre ambos grupos a nivel tanto emocional como político. Las bisexuales, como "vectores de transmisión" son consideradas una amenaza mortal para las lesbianas, el mismo rol que juegan los varones bisexuales frente a la población heterosexual como un todo. A las heterosexuales también se las ve como vectores en este contexto.
Hace mucho tiempo, la pregunta "¿por qué no te puedes quedar sólo con las mujeres?" era una demanda de corrección política. Hoy, tiene que ver con mantener la ilusión de estar a salvo.
Desigualdad y SIDA
No hay nada nuevo en la crisis del SIDA. Como escribió un activista de Nueva York, el SIDA "echa luz" sobre desigualdades que ya existían. El sexo nunca fue algo seguro para las mujeres, para cualquier mujer.
Violaciones, embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual que dañan la fertilidad han afectado desde siempre las elecciones sexuales de las mujeres. Pese al lobby de salud feminista de los '70 y los '80, el acceso a métodos anticonceptivos y al aborto legal y seguro no está a disposición de muchas mujeres. A las infectadas, se les reducen aún más sus opciones reproductivas. Si una mujer es VIH positiva y está embarazada, la situación se ve complicada por varios factores. Uno de ellos es la probabilidad de transmitir el VIH a su feto durante el embarazo, nacimiento y lactancia, sobre la que pesan muchas malas interpretraciones, y las dudas que ello le plantea a la mujer. En esas circunstancias, muchas médicas y muchos médicos recomiendan interrumpir el embarazo. Aun si ésa es la elección de la mujer, le puede resultar muy difícil encontrar una clínica, sobre todo si vive fuera de las grandes ciudades, que esté dispuesta a interrumpir el embarazo de una mujer VIH positiva.
El potencial reproductivo de la mujer puede ser utilizado para negarle acceso a protocolos experimentales para el tratamiento de diversas enfermedades. En el caso de las drogas que trabajan sobre el VIH, las anti-virales, el hecho de que aún haya pocas aprobadas significa que la mayoría de los tratamientos de este tipo se hacen en el marco de protocolos de prueba. Aunque existen drogas aprobadas que se usan en profilaxis y tratamiento de infecciones relacionadas con el VIH y oportunistas, hay muchas más aún bajo estudio y continuamente aparecen nuevas. Las consecuencias en términos de opciones de tratamiento para las mujeres, y para otros grupos de personas que tienen menor acceso a los tratamientos experimentales, se acentúan cuando la mayoría de los tratamientos disponibles son de ese tipo. Aun las drogas aprobadas pueden resultar menos efectivas y sus consecuencias impredecibles en el caso de mujeres, personas negras, niñas, niños, y personas que usan drogas, ya que la composición de la muestra en la fase de experimentación de la droga impide saber qué sucede con ella en cuerpos que no sean los de hombres blancos.
Las investigaciones sobre enfermedades que afectan sólo a las mujeres recibe poco financiamiento y
poca publicidad. No es exclusivamente en el caso del VIH y del SIDA que a las mujeres se las trata sólo por sus síntomas en lugar de buscar las causas de las enfermedades que presentan. En el caso de la infección por el VIH, es común que a las mujeres se las diagnostique cuando la enfermedad ya está muy avanzada, cuando a las médicas y médicos les quedan muy pocas opciones por explorar. Esto tiene implicaciones obvias para las opciones de tratamiento. La definición clínica en vigencia del SIDA no incluye cuadros que se producen exclusivamente en las mujeres. El cáncer de útero fulminante y la inflamación pelviana no figuran en la lista de enfermedades en base a las cuales se define que una mujer infectada con el VIH tiene SIDA. No se trata de semántica, ya que un diagnóstico de SIDA conlleva un aumento en los beneficios del seguro social.
La restricción en los derechos y opciones reproductivas, el acceso restringido a las drogas experimentales, y el acceso de menor calidad a la atención médica en general se aplican a todas las
mujeres, ya sean heterosexuales, bisexuales, lesbianas o célibes. Pero resulta vital para cualquier análisis de la crisis del SIDA el comprender que ocupar una posición marginal no es algo que les ocurre sólo a las mujeres, o sólo a las y los bisexuales. Cuando se esterilizó a las puertorriqueñas en el marco de la Operación Bootstrap en USA, en la década del '50, no fue sólo porque eran mujeres. Fue, sobre todo, porque eran puertorriqueñas.
Las cuestiones raciales y de poder siempre han ejercido influencia sobre el cuidado de la salud. Los colonizadores de América del Norte distribuían mantas infectadas con viruelas a la población nativa. Y el racismo ha demostrado ser algo intrínseco al camino que siguió la crisis del SIDA. Hace más de dos décadas que las personas negras del Africa se mueren de SIDA. Pero cuando la mayoría de la población occidental comenzó a tomar conciencia del SIDA, no lo vio como un síndrome que estaba matando a la gente negra del Africa, ni como la "gripe de los drogones" que causaba la muerte de quienes se inyectaban drogas en las grandes ciudades de América del Norte. El SIDA llegó a las primeras páginas de los diarios cuando se documentó su efecto sobre un pequeño grupo de hombres blancos. El SIDA llegó a los titulares porque esos hombres eran parte de un grupo con cierta voluntad política, con cierto sentido de comunidad organizada y, lo más importante, con cierto poder como hombres blancos. Pese a las diferencias políticas y a la incomodidad inicial, los líderes de la comunidad se organizaron de la misma manera que se habían organizado para luchar por la liberación sexual en los '60 y en los '70, y lucharon porque estaban aterrados. Pero el SIDA siguió teniendo prensa porque otros grupos con poder también estaban aterrados. Tal vez descubrieron que les era más fácil identificarse con los hombres blancos gays de los bares de Nueva York que con las personas negras de Uganda o con los drogones de los ghettos de la misma Nueva York.
Es una hiper-simplificación decir que un virus no puede elegir; él no puede, pero la gente sí. Y las elecciones que hacemos se basan en gran medida en la información a la que tenemos acceso. Nuestra capacidad para combatir al VIH en nuestros cuerpos y en nuestras comunidades depende de la información que tengamos, de nuestro acceso a los recursos, de nuestro acceso a la atención pública a través de los medios, y de nuestro poder.
En aquellas sociedades donde a grandes grupos de personas se les quita el poder que tienen, el impacto de la crisis del SIDA, así como de la tuberculosis, difiere en forma drástica de una comunidad a otra. La infección con el VIH muestra una realidad por completo diferente según factores como la capacidad de pagar por bienes y servicios. El SIDA empeora todas aquellas desigualdades existentes y profundas basadas en la edad, el género, la raza y el grupo étnico, la clase, la sexualidad, la discapacidad y la pobreza.
La necesidad de actuar en conjunto
Mientras los efectos del SIDA se distribuyan en forma desigual entre la población, eso tendrá consecuencias, en términos de cómo los grupos "muy afectados" se ven a sí mismos así como en la imagen que los otros tienen de ellos. El miedo y la culpa nunca están muy lejos el uno de la otra. Algunos sectores de la población han sido siempre responsabilizados por males como el delito y la enfermedad: quienes usan drogas, las prostitutas y las/os inmigrantes. En Gran Bretaña y en el norte de Europa, el SIDA ayudó a incluir a otro grupo de personas en esa categoría. El miedo a los gays que produjo la crisis del SIDA lanzó a una nueva ola de violentos anti-homosexuales a vociferar su odio en los medios y en las calles.
El mito y la ignorancia populares dicen que las personas negras trajeron el SIDA del Africa; los gays se vieron afectados por ser "cosmopolitas", por viajar mucho y ser promiscuos, y los heterosexuales blancos no pueden estar a salvo porque los hombres bisexuales, las personas que se inyectan drogas y las prostitutas los ponen en peligro. Esto trasluce una jerarquía de poder, y una jerarquía de la importancia que se asigna a las vidas de diferentes personas. Salimos de nuestros grupos de pertenencia para interactuar en ámbitos sociales, políticos y sexuales con personas diferentes. Nos convertimos en "vectores de transmisión" cuando interactuamos con aquellas o aquellos cuyas vidas son más valiosas que las nuestras, y por lo tanto más dignas de ser resguardadas.
Un grupo de personas que está aislada de otras, o que comienza a estarlo, tiene la tendencia a hacerlo cada vez más. La expresión "ghetificación voluntaria" suele ser inapropiada y está cargada de significado histórico, pero es cierto que hay una ilusión de seguridad en la "homogeneidad" y en los números, en la masa. Esto ha sucedido dentro de la crisis del SIDA, pero sucede que las divisiones internas en las comunidades afectadas debilitan nuestra fuerza. Es peligroso cuando, por ejemplo, quienes usan drogas no inyectables rechazan a quienes se inyectan, o cuando los gays más jóvenes rechazan la experiencia de la generación anterior. Estas divisiones, tanto dentro como entre los grupos afectados, no se deben solamente al SIDA. Este es un rasgo típico de los grupos acosados que luchan por la auto-determinación, el respeto, los recursos y el cuidado de la salud. Pero no le sirve a la lucha contra el SIDA. Que los gays luchen contra quienes usan drogas que a su vez luchan contra las mujeres que luchan contra las personas de color por la misma porción ínfima del mismo presupuesto patético destinado a la salud no va a salvar ninguna vida, ni ningún "estilo de vida". Si la forma en que se ha mostrado esta pandemia ha logrado aislarnos de la "sociedad normal de las mayorías", no podemos darnos el lujo de dividirnos entre nosotras y nosotros.
Es muy raro ver coaliciones de grupos estigmatizados y afectados luchando tanto por nuestras necesidades comunes como por aquellas en las que diferimos. Pero cuando se ha dado, los progresos han sido notables. Activistas que trabajan en SIDA y personas que usan drogas, con orígenes y sexualidades diferentes, han luchado juntas para obtener y conservar programas de intercambio de agujas y jeringas, libres de hostigamiento policial. Activistas que trabajan en tratamientos, con diferentes niveles de acceso, han compartido información para ponerla a disposición de personas que viven con VIH/SIDA. La presión continua y la formación de los Grupos de Pruebas Clínicas en SIDA (ACTGs), que incluyen a personas que están participando en protocolos de experimentación, han llevado a ampliar el acceso a las nuevas drogas. Hay una base sobre la que podemos construir, y un camino por delante.
La división y sus efectos, es uno de los muchos aspectos trágicos de la pandemia del SIDA. Pero la principal tragedia es que algunas personas contraen el VIH mientras el conocimiento, los recursos y el poder para evitar la transmisión siguen estando en las manos y en la mente de otras personas; y que la gente se muere de infecciones oportunistas que suelen ser tratables y curables. Son esos factores, y las desigualdades fundamentales de las que son efecto, los que han permitido que el SIDA se convierta en una crisis que afecta a todos los continentes.
La crisis del SIDA tiene que ver con las contradicciones, y aquí la percepción del riesgo no es necesariamente correlativa con los fondos destinados a la educación. Tiene que ver con la codicia, cuando se desarrollan y se patentan nuevos tratamientos con un secreto digno de las bolsas de valores, y cuando se prueban drogas y se recogen datos sobre grupos de personas que tal vez no sean las más afectadas pero sí son las más poderosas. Tiene que ver con la política y las prioridades, el poder y la información. Tiene que ver con el silencio de los gobiernos, las organizaciones y las personas.
Pero la crisis del SIDA tiene que ver, fundamental y eventualmente, con luchar por nuestras vidas, y las vidas de la gente que amamos, nuestras familias, nuestras amigas y amigos, nuestras hijas e hijos.