NOCTURNO

 

ÁLVARO FERNÁNDEZ PAGLIANO (*)


 * Älvaro Fernández Pagliano es autor del libro de cuentos "El Ojo En El Espejo", Ed. Trilce, Montevideo, 1997 y del  poemario "Fauno", Ed.Arcadia Libros, Montevideo 1998. También ha sido antologado por el poeta Alfredo Fressia en "Amores Impares", Ed. Aymara, Montevideo, 1998.


 

      Cuando llegaste a mi vida yo era un niño alegre de treinta y pocos años. Así me describió un amigo entre vinos por esos días y no se equivocaba al definirme de ese modo. Te lo puedo asegurar. Porque aunque te cueste creerlo o no lo recuerdes o insistas en decir que mi niñez sobrevino después, es verdad lo que te digo, yo era un niño alegre de treinta y pocos años.

      De eso no me cabe la menor duda.

      Y no se trata de un anacronismo, no, ni de un rasgo de inmadurez o de un capricho vano. Simplemente las cosas resultaban así en aquel tiempo. Y una cierta ingenuidad y una confianza desmedida abrillantaban mi mirada que se prendía a la vida con unas enormes agarraderas de quiero más.

      Todo tomaba y todo quería tomar. O saber, que es casi idéntico.

      Los miedos resultaban menores, ahora que lo pienso, y más grandes la inconciencia o el coraje. No tengo claro si lo uno o lo otro. Tampoco me priva del sueño la carencia de respuestas al respecto. Para qué.

      Los ojos de observar y de aprender escrutaban incontaminados y por principio me negaba a los lentes, los guantes y las bufandas. En realidad, oponía resistencia a cualquier cosa que pudiera actuar a modo de velo sobre mis rutas comunicantes. Los parachoques se me ocurrían una cosa de lo peor y por tanto innecesarios. Reía más minutos por día, de eso estoy convencido, me definía optimista y creía lisa y llanamente en las palabras. Es decir en las personas.      

      Todavía no entendía, por ejemplo, el lenguaje de los cuerpos. No es del lenguaje del amor o del sexo que te estoy hablando. Me refiero a los acentos corporales y esos subtextos cruzando las conversaciones, subrayando, flagrando, contradiciendo, hendiendo la verdad con toda su potencia y sin metáforas. 

      Ahora lo ves, los días son otros y ando haciéndole trampa a los almanaques y a los relojes, poniéndoles celadas aquí y allá para no sentirme envejecer o vencer, que es lo mismo o casi. Sin embargo, entre aquel día y este otro han transcurrido apenas siete años. Siete. Esa es la medida de tiempo real. Tan solo siete años. ¿Te das cuenta? Y por más que busco, atento, no encuentro el modo de explicar semejante contrariedad.

      Por momentos comienzo a percibir que este ir por la vida me ha malogrado un tanto últimamente. De pronto me descubro cansado, como poseído por una honda fatiga de los días y las horas. Una fatiga absoluta, total, invasora de la respiración y hasta el aliento.

      Demoledora.

      Los pasos se han tornando más pesados y el cuerpo, marcado por nudos que se han ido fijando a él inamovibles como ventosas, gasta menos palabras, o sea gestos.

      Y además está el silencio.

      Pero del silencio no reniego, no. Qué voy a renegar. El silencio ha sido una elección largamente procesada y gracias a él he aprendido a mirar desde mis ventanas hacia afuera y hacia adentro con ojos descortinados.

      Hay veces que concibo al silencio como un puente. Una compleja obra de ingeniería cognitiva que he desarrollado probablemente de maneras intuitivas. Y es desde ese puente que me relaciono conmigo y con los otros, diría que bastante bien a pesar de todo.

      Me gusta esta nueva modalidad, debo confesarlo. Es menos agotadora y su margen de falibilidad aparece bajo, bajísimo, por lo que empiezo a considerar seriamente su incorporación definitiva a mi mapa de vida.

      Necesito un poco de paz y otro poco.

      Como un jorguín he invocado absurdos conjuros esta noche y las pasadas. Con precarios rituales he intentado colocar cada cosa en su supuesto lugar. Y cuando digo cada cosa, tendrías que entenderme, estoy haciendo referencia también a los afectos. Entonces he vuelto al punto de partida huérfano de verdades o de certezas o de razones o de lo que sea, sin lograr detenerme mientras pienso y las cosas -los afectos-, han acabado por marearse en el juego de la circunferencia más transitada por mis pasos desde el día en que nací.

      Cuando dí el primer grito, debí haber dicho.

      Hoy voy por los rincones del apartamento buscando alguna luz, un pedazo de luz, lo que sea, casi con el paso de un peregrino. Siento que atravesar el tiempo que me resta dentro de estas paredes debería acercarme a una suerte de salida. O por lo menos a cierto tipo de claridad. A algún farol extraviado en busca de su dueño, qué sé yo. Lo cierto es que este tránsito nocturno debe ser, posiblemente, la última oportunidad que tenga de lograrlo y para colmo la maldita noche no me gusta. La detesto.

      Tanto que amaba las noches -sobre todo si fluían en nuestra cama- y ahora les escapo. Fugo de ellas con cierta sobrecarga de estupor y también de miedo.

      Afuera el mundo parece estar bien, en su lugar.            

      Resulta como si el afuera nada supiera acerca de lo que ocurre acá adentro o está por ocurrir.

Siempre sucede así.

Siempre.

      La temperatura resulta agradable aunque no hay luna ni estrellas. Desaparecieron. El cielo se ha cubierto con una plúmbica manta gris y descansa. O se esconde. La brisa, que entre otras cosas se cuela por la ventana entreabierta poniendo a mecer las cortinas, aparece suave, delicada, en exacta disonancia con mi estado de ánimo y el temblor de estas manos que no dejan de cimbrear como juncos huérfanos.

      De vez en cuando se alcanza a escuchar alguna voz a la distancia o pasos que llegan y puertas que se abren para luego volver a cerrarse, recordándome que aún es temprano, que el sueño no ha tomado posesión, todavía, del dormir de este edificio que se queda acá, perfectamente encaramado sobre sus todopoderosos cimientos. Y a pesar de la hora te has encerrado en el dormitorio, supongo que huyendo un tanto de esta agotadora tarea de último momento, intuyo que para no verme amontonar cajas, paquetes, maletas y álbumes de fotos, pero sobre todo estos grises sempiternos.

      Necesito una taza de café, un poco de alegría y un calendario que se abstenga.

     

 

 

                                           * * *

 

 

 

      Sin el menor asomo de duda creo en la sinceridad de tus palabras. Cómo no iba a creerte.

      Te he manifestado mi incondicional confianza hasta el día de hoy y seguiré manifestándotela durante otros tantos, aunque no entienda por completo algunas lógicas. Si hasta es probable que en alguna medida tengas razón aunque no me guste nada la idea. Nada.

      No voy a desdecirte.

      Cruzado de negaciones asumo que has sido completamente íntegro al manifestar que hubieras preferido que las cosas resultaran de otro modo. Aunque no tengas ni la más remota idea de cómo debiera haber sido ese otro modo o de qué color. Porque eso sí que no me lo has dicho.

      Te confieso que todo este tiempo he estado pensando en dónde empezamos a fallar, a equivocarnos, a perder la sintonía, el rumbo... Sin embargo no he podido precisarlo, por lo que he llegado a tomar en cuenta el sentido que encierran tus palabras. Y si bien es posible que se trate, como decís, de un cambio natural en el curso de nuestra relación, no es esa la respuesta que estoy persiguiendo esta noche. No es por ese lado que llegaré a una salida si es que la encuentro. No por ahí, ya que los pasos que debo seguir son propios esta vez. De eso sí que tengo convencimiento.

      Quizás estemos atravesando el cierre de un ciclo que nos tocó vivir juntos, explicaste manteniendo la mirada firme aunque nublada, compartirlo, quiero decir, no tiene por qué ser visualizado como un fracaso, no necesariamente.

      Y recalcaste ese no necesariamente casi como si se tratase de una súplica, un ruego.

      Inmediatamente después hubo un silencio inquebrantable, pesado.

      Enseguida, al igual que en las películas de dudosa calidad cinematográfica, estalló un trueno y los cristales de las ventanas adhirieron al espasmo con obediencia instantánea.

      Es probable que a estas alturas hayamos dado todo lo que teníamos para dar, agregaste casi en voz baja pero inamovible, con una firmeza de rostro y de manos que juro no sospechaba fueras capaz de poseer. Mucho menos a la hora de abordar las dificultades mayores.  

Claro que no somos los que fuimos al principio.

Claro que no nos hemos estancado.

Claro que nos fuimos modificando.

Claro que aprendimos mucho el uno del otro.

     Claro que nos dimos toneladas y toneladas recibimos.      

     Claro que supimos ir creciendo incluso a pesar nuestro.

      Tanto, que arribamos a un hangar que no teníamos previsto.

      Tanto, que no entendimos cómo echar amarras en él y al instante fue tarde para levar anclas y volver intactos al punto de partida.

      Tanto, como nos fuimos haciendo impermeables a lo largo de estos años.

      Tanto, como permitimos que pasara lo que tenía que pasar.

      Tanto, que cuando pediste que dejara tu apartamento por el bien de los dos, no supimos qué hacer con tu decisión ni cómo mirarnos.

      Al cabo de un par de segundos nos abrazamos y se nos vino encima esa tristeza impostergable que hizo romper los anemómetros, desorganizando el viento de tal manera, que sopló furioso siete noches seguidas, ininterrumpidamente, en todas direcciones. Y con tal fiereza lo hizo, que la evocación de su silbido hiere la memoria de mis tímpanos hasta ahora.

      De ahí en más empezaron los adioses.

      Todos los adioses.

      Más de tres semanas de adioses fue lo que hubo mientras contrariado buscaba otro apartamento que alquilar, sin el menor entusiasmo o interés, como era de esperar, y me metía en la cama noche a noche pedaleando la secreta ilusión de hacerte volar y desandar así aquellas frases. Volar volabas, sí, y cómo. Pero las frases continuaban suspendidas en el mismo lugar del dormitorio y la garganta. 

      Como una sucesiva repetición de muertes he vivido los interminables adioses de estos últimos días. Cada uno de esos adioses. Incluso los que no nos hemos atrevido a ejercer juntos. Sin embargo, creo que comienzo a habituarme a los decesos. A amoldarme a ellos. Debe ser por las resurrecciones a que arriban apenas pasadas algunas horas. No obstante, por más que piense e intente conformarme con la noción de las resurrecciones, por más que me aferre a la idea de que el sol vuelve a salir imparable cada mañana y para todos sin exepción, según dicen, me sé rodeado de muerte.

      Una vez preguntabas, Martín, puedo recordarlo ahora, no sé por qué, si el amor no tendría algo de muerte encerrado en su substancia, porque a medida que nos internábamos más y más en nuestra relación, íbamos sepultando viejas corazas y antiguos estados de ser.  O sea, matábamos algo para construir otro algo. Una pareja en esta oportunidad y quién sabe, el esperanzado juego de rehacernos a nosotros mismos.

      Yo no tengo claro qué te respondí o si respondí alguna cosa. Hay una misteriosa laguna allí y la verdad es que no logro desempolvar el recuerdo lo suficiente como para abordarlo en su plena dimensión. Apenas llega a mi memoria el rincón del living donde nos encontrábamos y la sensación de que era de noche. También el abrazo que te dí y el momento en que nos desnudamos para hacer el amor rodando sillón abajo, asfixiando la alfombra, mientras que en el televisor encendido explotaban bombas no sé dónde, creo que en Oriente Medio.

      Por alguna extraña razón no detectada conservo esa parte indeleble en la memoria y no la anterior. Trato de esforzarme pero es imposible. No distingo entre la bruma del paréntesis el giro que pudo o debió haber tomado nuestra conversación.

      Es factible que de algo me defienda, pienso.

      A menudo decías que yo andaba por la vida construyendo defensas hasta por las dudas. Puede ser que estuvieras en lo cierto, pero ya ves, hoy, esta noche, cuando las necesito más que nunca, cuando hacen falta para levantarme y continuar caminando, se me ha olvidado cómo diseñarlas y estoy desnudo o al menos así me siento. Y, sabés una cosa: nada hay más indefenso en la vida que un hombre desnudo. Porque aún con este pantalón y esta camisa y estos zapatos y este maldito sweter de mierda estoy desnudo, me percibo desnudo y punto. 

      Creo que estoy comportándome como un desquiciado dando vueltas por el living, hablándole a las paredes como si estuvieras...

      No sé para qué.

      Y las cajas y los paquetes y los bolsos amontonados en perfecto desorden a mi alrededor parecen mirarme con cara de poca resignación. Si tropiezo con ellos chillan de dolor y creo oírles reclamar por su próximo destino. Las mordazas de cinta engomada que les he colocado no han sido suficientes. Pobres, si supieran que mañana es tan solo una palabra de seis letras y que eso es todo lo que sé de mañana, como de tantas otras cosas que se nos vendrán encima, empezarían a desatarse para regresar así a sus antiguos lugares de estar, aunque tengan claro que debemos partir a primera hora, apenas llegue la podrida camioneta de alquiler.

      Pienso en esto y un escalofrío me conmociona por entero.          

      La taza de café que me he serivido hace rato se ha enfriado.

      Creo que deberé ir por otra.

      Entonces, antes que nada, antes de la próxima taza, antes del terrón de azúcar. Antes del juego circulador de la cuchara. Antes. Digo tu nombre con pertinacia. Me engarzo a él. Lo repito concentrándome en la intención de despertarte, para desde este espacio y con la fuerza de ese mantra empujarte a atravesar la puerta de brazos abiertos en directo vuelo a mis deseos. Pero, como era de esperar, no lo consigo.

      Es casi medianoche.

      Ya es casi medianoche.

      Sigo yermo, increíblemente yermo, rodeado de estos bultos a punto de viajar, unos muebles que se quedarán acá y nada más, por el momento.

 

 

     

                                          * * *

 

 

 

 

      Mejor cierro la puerta. Mejor dejo de espiar tu sueño que para colmo de males parece sereno, despreocupado, indiferente a lo que devendrá en unas pocas horas.

      Siempre me ha gustado mirarte dormir. Sobre todo si estás desnudo y se deslizan las sábanas cama abajo como en un acto de complicidad para con mis ojos.

      Es un exquisito placer seguir el ritmo de la respiración inflamando y desinflamándote los perímetros.

      Tu cuerpo parece la ampliación a escala del cuerpo de un bebé. Lampiño y claro, con algunas redondeces concentradas en la cintura y en la cola, pero no demasiadas.            

      Cómo voy a extrañar el cuerpo de ese bebé grande, pienso. Y cierro la puerta y te permito descansar aunque de buena gana perturbaría tu sueño, lo sacudiría, obligándote de ese modo a enfentar el living. Quiero decir: la realidad.

      Tu cuerpo de bebé grande, qué contradicción.

      Maldita paradoja tu cuerpo de bebé grande.

      Decís que no sabés cómo ni cuándo te transformaste en mi padre y protector. Que la indefensión que me arrebató de pronto de las cosas de la vida te llevó a hacerlo. Que tu temor a mi desintegración o cierta propensión a los derrumbes fueron determinantes en tal sentido. Que las fuerzas se te extenuaron de rescate en rescate. Que algo dejó de brillar y de brillarnos en un momento imprecisable. Que resbalaba de tus manos en mi caída y que esa era con frecuencia tu pesadilla mayor y reincidente. Que a medida que me perdía de mi mismo aumentaba tu impotencia. Que tus brazos de rodearme se fueron metamorfoseando en desesperadas grúas auxiliares. Que no tenías más salvavidas para ofrecer. No al menos de aquellos que pudieran serme útiles. Que el rol de padre protector al que te viste empujado fue cambiando tus sentimientos. Que éstos se transformaron paulatinamente en un confuso enramado que derivó en amor filial y entonces hacías el amor con tu hijo. No con otro hombre sino con un hijo al que tenías que salvaguardar a como diera lugar, y que ese incesto involuntario vino a darnos vuelta la página de la historia. Una historia  que había que seguir escribiendo, sí, aunque con otras tintas. 

      Yo te escuchaba explicar, desplegar esos argumentos anchos como mapamundis desde tu voz, desde tus ojos, desde tus manos petrificadas, bien sujeta una sobre la otra como para que no se volara ninguna, y te juro que no veía a un padre. No era un padre hablándole a su hijo lo que tenía frente a mi. Eras un bebé al que el cuerpo le quedaba enorme. Y si no te lo hice notar en ese momento, debió haber sido porque no tenía la más remota intención de interrumpirte. Ni a vos ni al imprevisto curso de ese par de lágrimas que empezaba a descolgarse, incontrolable, desde tus párpados y hacia afuera.

      Sin embargo, si espío los rescoldos del pasado, llego a aproximarme al hombre que fuiste antes de ahora con cierta precisión. 

      A veces me gusta mirar los almanaques vencidos y a veces no.

      Si logro dar cuerda siete años en exacta marcha atrás lo consigo, pero algo me paraliza donde las venas burbujean cuando llego a la hora señalada.       Creo que entonces eras alguien que sabía llegar, que venía llegando lleno de señales y de signos para trepar en ellos y construir el porvenir o algo semejante. No teníamos claro qué. Pero fuera lo que fuera o como fuera, se nos ocurría fabuloso. Eras además una ilusión. Un hombre que sabía esperar, también. Y esperabas. Por supuesto que esperabas pacientemente desde tus urgencias más íntimas, sonriendo todo el tiempo, incluso a la hora de hacer el amor.

      Yo no sé dónde o cuándo o cómo la sonrisa se fue desdibujando de tu cara. Espaciándose, quiero decir. Son muchas las cosas que no sé. Y las que no pretendo saber, por el momento, otras tantas.

      Apenas reconozco que empezaste a ser de nuevas maneras. Unas maneras que desde mi lugar en el mundo no quería asumir o no podía. Recuerdo que durante meses huí despavorido en cualquier dirección o en todas, tapando uno a uno los vacíos que esas nuevas maneras de ser iban dejando fijados a cada espacio. Entonces, cuando se fueron agotando los escombros con que iba llenándolos esforzadamente, algo se desprendió debajo de mi cuerpo y tuve miedo de sangrar y contuve un grito.        

      A veces pienso que de haber tenido el coraje de gritar a tiempo y con fuerza no estaríamos donde estamos ni de este modo.

      A veces.

      Es probable que las señales pasaran a nuestro lado y no las recibiéramos, enfrascados como estábamos en el cotidiano y necesitados de no ver por el momento más allá de un metro o dos.

      Es probable que retrasáramos el instante de aprender aún sin quererlo lo más que pudimos.

      Es probable que nos equivocáramos sin pretender empantanarnos en un error ni darnos cuenta de ello, y que el cuaderno de anotaciones se haya extraviado en algún lugar indeterminado, lo mismo que el lápiz de dibujar lo que se siente.

      Es probable que tu muerte y mi muerte se cruzaran sin más ni más por una transversal a contramano.

      Es probable que a partir de entonces algo se cayera y se cansara de aguardar a ras del suelo que reparáramos en su ausencia, pegáramos la vuelta y lo recogiéramos.

      Fue por esos días de andar perdidos que llegaste tiritando debajo de un paraguas negro, me acuerdo.

      Yo la llamo la noche del trueno.

      Afuera llovía con una intensidad inusitada y era como si las ventanas sollozasen, puteasen o algo así.

      Alejandro, tengo que hablar contigo, dijiste.

      Silencio.

      Al rato fuiste a la cocina y preparaste dos cafés bien cargados.

      Silencio nuevamente.

      Y otra vez silencio.        

      Sabés, fueron esos dos cafés bien cargados los que me advirtieron que algo fuerte estaba a punto de venírsenos encima y no el tengo que hablar contigo, que sonó precipitado, sí, pero más cotidiano y natural que un par de tazas acechando sentenciosas desde el centro de la mesa.      

      Dicen que el tiempo todo lo puede.

      La gente adora emplear frases hechas y para cada suceso inexplicable encuentra una que le viene como de medida en el pret-a porter de las ideas. Por eso afirma que el tiempo todo lo puede como si se tratase de una verdad absoluta, incuestionable, indivisible. Pero ocurre que yo no quiero esperar la medicina del tiempo, la voluntad del tiempo, la benevolencia del tiempo, ni aquello que éste pueda prestarme o hacer por mí.

      El tiempo y yo, en realidad, no somos buenos amigos. Tenemos una pésima relación y nos miramos con desconfianza la mayor parte de los días.

      Me acuerdo en este momento de una tarde los dos en el Mirador Municipal. La ciudad allá abajo, el sol pegándonos en la cara y el tiempo deteniéndose aliado, se me ocurre que en un pequeño acto fallido, un descuido no previsto y peligroso para sus propios intereses.

      Yo te hablaba, no recuerdo a santo de qué, sobre el terror al dolor físico y vos escuchabas mis palabras con tal atención que nadie hubiera dudado, de sólo mirarnos, que me encontraba dándote a conocer una serie de profecías trascendentales acerca del destino de la humanidad y del planeta. Quién sabe del Universo.

      Estábamos sentados en un rincón de la terraza desde el cual podía verse la bahía serena, cruzada de embarcaciones abrazándola por dentro. Al otro lado custodiaban unos guardias y un matrimonio paseaba con sus hijos correteando de aquí para allá, juagando al ladrón y el policía en versión intergaláctica, sucios de helado y euforia.

      No había nadie más.

      De pronto, en un gesto urgido besaste mis labios toscamente.

      Yo no sé si los guardias o los padres o los niños lograron descubrir nuestro juego. A mi no me importó. Ni a vos tampoco. Después de todo estábamos alegres, teníamos derecho a la alegría y ejercimos ese derecho a pulmón pleno.     

      Hace unos días pasé frente a la puerta que lleva al mirador y me detuve un instante frente a ella, tentado de montarme en el ascensor panorámico y subir a la terraza, pero no lo hice. Y no lo hice, creo yo, no sólo a causa del recuerdo que debería enfrentar en soledad y sus significados, sino fundamentalmente, porque supe que allí arriba contaría con carta blanca para identificar uno a uno aquellos puntos de la ciudad que marcaron nuestra historia y no lo hubiera resistido.       No por ahora.

      Por eso me encogí de hombros y caminé vereda arriba, inventando una prisa súbita, siguiendo los remolinos de hojarasca rumbo a la calle Ejido y ese ventarrón que no hacía más que enmarañar los estados de ánimo con sorprendente celeridad.

      No sé si esté preparado aún para encarar aquel rincón, ni la vista de la bahía, ni esta ciudad que, desde aquel sub cielo municipal, se me figura distante y amenazadora como una muerte.

 

 

 

 

                                    * * *

 

                                   

 

      Muerte dicen, y seguirán diciendo en el a b c de sus presunciones.

      Que cómo pudo pasarnos, preguntan. Que éramos la pareja más estable del grupo, comentan. Pero yo no respondo. No digo nada. De ojos eunucos me quedo mirándoles con cara de pasó y punto. Calladísimamente callado. Estático y vertical como si entendiera.

      Qué otra cosa podría hacer además de cerrar oídos para que no se cuele absolutamente ninguna pregunta que venga a alterar mi orden de prioridades, mi sagrada relación con la pirámide de interrogantes y respuestas a encarar.      

      A estas alturas nuestra separación se asemeja a un pesado expediente de divorcio en el que se privilegia el testimonio de testigos y más testigos, acumulados y legañosos, legajo tras legajo, sin que la voz de las partes afectadas encuentre un renglón donde inscribir lo que siente. Lo que sentimos.

      Ruptura de dominio público, debiera rezar la carátula.              Sí, es probable que fuéramos la pareja más estable del grupo de amigos, como sentencian. No lo voy a negar. La mayor parte del tiempo pensé que era así. Que seguiría siendo así. Pero a quién le importa ahora y qué podría aportar semejante teoría, cuando el nosotros se ha disgregado en espirales a perpetuidad, mientras las parejas amigas continúnan juntas -con o sin razones valederas, eso no es de mi incumbencia-, probablemente remecidas por el quassi espejo que inconcientemente hemos ido enmarcando a cada cual en su propio dormitorio.

      Empañado lo imagino, pero no viene al caso.

      Ellos exigen menos para sí mismos, explicaste en cierta oportunidad y no me sorprendió en absoluto tu apreciación. Generalmente tenés una respuesta a mano para cada cosa y reconozco que me irrita que así sea. Desestabiliza.

      Que si no hay otro, aventuran.

      Claro que hay otro. El mundo está lleno de otros, pienso, pero no lo se los  digo tampoco. Como si ellos no supieran que todo el tiempo somos el otro del otro. Eso es lo que estamos siendo de hora en hora. El otro del otro. Lo que está afuera. Lo que sucede afuera. Lo que es del lado contrario. Lo que no nos pertenece. Lo que no existe en uno. Lo ajeno. La vida en off.

      Creo que estoy a punto de perderme.

      He extraviado las riendas de la noche y me pierdo. Me pierdo invidente. No invidente, sino ciego. Desaparezco rodeado de algo no determinado. Llamándote me espando.

      Cierta conmoción se toma las palabras mientras me permito sentir. Algo no previsto se afinca. De improviso caen las palabras de mi boca. Se derrumban. Las veo estrellarse contra el suelo de la sala en despedida. Atónitas. Simétricas. Caligráficas. Al costado de la mesa van reventando una a una, separándose en sílabas, desintegrándose. Los otros vienen y zapatean. Pisan. Andan por los rincones como si estuvieran aquí. Saltitantes, caminan por sobre los restos de palabras y yo me quedo mudo. Soy mudo.           

      Amordazado, me silencio.  Y me amosco.

      Enmudezco fuera, no por dentro.

      Pienso estás durmiendo. Pienso con qué derecho o cómo o porqué mierda estás durmiendo. Pero me guardo el pensamiento, lo meto en el bolsillo de ocultar aquello que nos indigna. No lo comunico. Lo abotono. Lo protejo. No sé de qué, pero lo protejo.

      Las cortinas continúan meciendo la brisa. Me aproximo a la ventana. Asomo la cabeza próximo al álamo plateado y respiro. Soy capaz de verte y sentirte pero no estás. No estás en ninguna parte. En ninguna. Si hasta parece que hubieras dejado de existir fuera de mi. Por eso sobrevuela este miedo que entra vereda y ventana arriba, supongo.

      Me suspendo a la vez y me abstengo.

      Sobrevivo.

      Digo nuncamás. Repito nuncamás. Nuncamás como un anuncio, un enredo, un obituario. Y soy solo. La cara arrecia hacia atrás. Un giro impreciso dice qué, o no sé qué, o cómo. Es la mejilla herida quien me habla. Escupe. Escupe y responde. Sabe hacerlo.

No se puede ser así a medias y casi nadie. No se puede.

Pero se es, acota la mejilla.

Y algo encallece en mí. Y envejece. Y.

 

 

 

 

                                          * * *

 

     

 

      Me resisto con todas las fuerzas a la última fila de los cines porno y sus rincones oscuros donde cada uno somos los demás y los demás, los demás de cada uno.

      Me resito a cuadricular los ojos frente al televisor escapando en ese acto al amor y al desamor reales como si no me importaran en absoluto.

      Me resisto a volver a gastar las veredas hasta la hora del alba en procura de un polvo y un abrazo como si se tratase del necesario pan de cada día.

      Me resisto a tocar o ser tocado como tantas otras veces por pura desidia, automatismo o adicción.

      Me resisto a hacer de mi desnudez una alabanza y de sus utilidades erógenas un catecismo al que se recurre a diario para santificar la pena.

      Me resisto a la simbología de las almohadas con su infinito poder de oreja atendiendo desveladas confidencias, sollozos o fantasías de última hora.

      Me resisto a penetrar a la deriva la densidad de los parques públicos driblando barro, malezas, policías coimeros y posibles asaltantes.

      Me resisto a aferrarme a cualquier voz al otro lado del teléfono como si se tratase de un milagro redentor habitado por buenas nuevas.

      Me resisto a regresar disfrazado de optimista a los hotelitos de cuarta con un desconocido o un recién conocido, que es la misma cosa o casi, atravesando mal iluminados pasillos repletos de puchos pisoteados, olor a cloro  y detergentes perfumados.

      Me resisto a aferrarme a la frase necesito a alguien que trampea la razón y la coarta.

      Me resisto a recorrer, pedestre solitario, la geografía de aquella playa donde todo el mundo, o casi todo el mundo, arma senderos en la arena yendo tras un poco de carne fútil y nada más.

      Me resisto a suplicar la siguiente eyaculación a quién sea, haciéndome acariciar por mera inercia, resignación o desamparo.

      Me resisto a la desolación maloliente de los terrenos baldíos y a la dinámica de arenas movedizas a que se ven condenados ciertos encuentros sin nombre que en ellos se extravían a diario.

      Me resisto a pronunciar tu nombre y a adjudicarte culpa alguna o a hacer comparaciones y a extrañarte más de la cuenta.

      Me resisto a la insoportable estridencia de las discotecas, sus coreografías del desabrazo, los espejos espectaculares y otras fugas.

      Me resisto al humo rancio de los pubs y a esa copa que me dará confianza y poder de decisión para encarar al próximo humano por conquistar con absoluta naturalidad, verborragia y soberbia.

      Me resisto a los rincones de los baños turcos y a los saunas recorridos al sesgo con el rabillo del ojo por si acaso alguien se sabe igualmente huérfano o aplazado y toca.

      Y, sin embargo, sé que es hacia esos paisajes hacia donde me empuja la soledad que está a la vuelta de esta noche, adiestrando a los bufones para su inagotable espectáculo, como de costumbre. Me resisito a la soledad que exige ser tocada. Esa es la orden. Y luego se suicida bajo su propio mandato apenas por un rato al contacto de otro cuerpo, para resucitar inmediatamente después, como si pudiera volverse someramente de las muertes.

      La soledad también poseé sus estatutos. Claro que los poseé. Y sus estratagemas. Muchas veces he buscado patearle la cara hundiéndome en otro hombre sin el menor resultado. Es a esas repeticiones del pasado a las que temo. A la vieja película.  A la remake. Al nuevamente. Pero no debo apresurarme a temer. No todavía.

      Esta noche la soledad puede esperar, debe esperar, va a esperar y se merece la espera del otro lado de esa puerta como una sentencia. Obvio que la merece. La espera que le doy va por cada una de las que me tocó vivir bajo sus alas y las que viviré, qué diablos.

      Entonces que espere, porque aún me queda un resto de horas por transitar y no voy a tirar la esponja.

No por ahora.

Mañana tampoco.

Mañana seré más solo que hoy. Apenas un poco, no demasiado.

    Por eso esta prisa al hurgar y al mismo tiempo el detenerme. No quiero que las agujas insistan en ejecutar su rutina y que mi búsqueda resulte infructuosa. Vana.

      Necesito aprovechar al máximo lo que tengan para ofrecer tanto el silencio exterior como las voces internas. Quiero poder decir al final del tunel que al menos estoy firme, por lo que cada entresegundo resulta vital, infinitamente valioso e impostergable.             

      Una huelga de relojes no vendría nada mal en este instante.

 

 

 

     

                                    * * *

 

                                   

 

      Creo que he regresado al punto de partida. Esto es un círculo de nunca acabar. Ahora sé casi nada o acaso sepa menos que antes. A veces, cuanto más creo avanzar, más me pierdo.

      Estaba pensando en las frases de tu cuerpo. En cuándo o a partir de qué hecho comenzaron a hacerse más escuetas, herméticas, y se me ha volcado el café.

      Algo pasó de pronto con la sintáxis de tus brazos. ¿Cuánto tiempo antes de la noche del trueno comenzó a suceder? No lo recuerdo. Tampoco recuerdo a partir de qué momento empecé a matar al niño que era o si lo mataste o si murió de muerte natural, muerte súbita o tristeza.

      Del niño alegre estoy hablando, no del indefenso.

      El sexo se fue tornando más acotado también. Y más infrecuente y más urgido desahogo y menos vuelo. Como si se nos hubieran desplumado las alas y entonces nuestras espaldas comenzaron a juntarse por las noches en la cama, separándonos entre paréntesis vertebral.

      Había diarios por todas partes en el apartamento esos días y el televisor permanecía encendido hasta altas horas de la madrugada. Escapabas. Escapabas detrás de las noticias, los avisos, los reportajes, los crucigramas, las seriales, los programas de interés general, las películas, lo que fuera.

      Mientras tanto, yo continuaba rellenando los vacíos que esas nuevas maneras de ser iban dejando fijados a cada espacio con una celeridad impensable, agotando los depósitos de escombros en mi desesperación, acarreando nuevas cargas con que llenarlos prolijamente.

      Uno de esos días algo se desprendió debajo de mi cuerpo y fue muy duro,  tuve miedo de sangrar y contuve un grito. Ya te he dicho ésto anteriormente o lo he pensado, sólo estoy tratando de contextualizarlo, de darle ubicación, por eso vuelvo a ello. Intento inscribirlo dentro del marco lógico de lo que fuimos para así reconstruir los hechos lo más fielmente posible.

      Me es urgente saber. No sé si resulte. No creo que pueda.

      Tiene que haber existido un segundo marcado, ahora que lo pienso. Un punto de quiebre, de transmutación o lo que fuera. Un hito significando el porqué.

      ¿Antes o después del hito significando el porqué me transformé en hijo?

      ¿Antes o después del hito significando el porqué te transformaste en padre?

      ¿Quién empujó a quién hacia el nuevo orden existencial y cómo?       ¿Quién necesitó consumar el incesto, planificarlo, para así liberarse de responsabilidades frente a lo que posiblemente había dejado de ser o ya era diferente?

      Me niego a pensar que fue imperioso, para justificar mi continuidad en la vida, construir el lugar del hijo a los efectos de aniquilarte. De ser así -no quiero ni pensarlo-, he acabado con tu vida al tiempo que mataba al niño alegre y creaba el indefenso, ese que supo oficiar de hijo y cambiarnos el libreto.

      No puedo haberme acreditado el derecho a hacerlo y quedar libre de culpas, impune. Ni pude haber alimentado un amor parricida, o inventarlo o extraerlo de la nada. Esa capacidad destructiva concentrada en mi persona resulta impensable. Algo no está encajando aquí. Debe ser que falta tu parte de la historia, tus recortes del proceso, tu propia versión. Estás faltando vos en todo ésto. Están faltando demasiados sentidos. También el tiempo del regazo, como erróneamente lo llamaste, que eso sí lo tengo claro, fue posterior a la noche del trueno, los cafés bien cargados y el paraguas negro.

      No es que haya querido alejarme de vos, sino abrigarme.

      El supuesto tiempo del regazo se vio acompañado de una interminable sucesión de despedidas, las que fueron coincidentes con la búsqueda de un apartamento que alquilar. Ese que a partir de mañana será mi nueva casa, o si no mi nueva casa, por lo menos el espacio físico donde podré resguardarme del calor, el frio, la lluvia y las personas.

      Se me ocurre que no lograste entender eso que llamaste el tiempo del regazo y que en más de una oportunidad, entre los adioses que nos fuimos dando de modos imperfectos pero razonables, has hecho todo lo posible por violar sus resistencias. Pero fallaste. Y fallaste, creo yo, justamente porque nunca lograste atravesarme en tus intentos.

      Atrabesarme: menos.

      De lo contrario hubieras entendido que supe construir -te fue imposible detectarlo y esa quizás sea mi única victoria en todo ésto- un útero infranqueable dentro del cual resguardarme del dolor. Un útero concebido a partir del dolor para protegerme del dolor. Un útero, sí. De qué extrañas maneras es capaz de actuar el ser humano a la hora de levantar fortalezas.

      Dentro del útero podía llorar sin temor al ridículo o la burla, por ejemplo, pero eso no es lo único que he hecho allí dentro. No sólo he llorado. He escrito cartas, he intentado sobreponerme, te he observado, me he pensado, he firmado un contrato de alquiler con el que no sé si pueda cumplir, he reflexionado sobre el sentido de lo que nos está ocurriendo, he buscado y alcanzado un par de orgasmos no sé con quiénes -nunca dijeron sus nombres ni les conté el mio-, pero lo hicimos salvajemente bien de todos modos, tal cual le compete a los animales que han sido entrenados para la guerra de los cuerpos, desde el momento en que nacieron, es decir: los hombres. También he maldecido en voz alta, sabiendo que la impermeabilidad acústica de sus paredes me mantendría a salvo de cualquier exposición innecesaria. De todas las exposiciones.

      A veces salía de dentro del útero para intentar seducirte por las noches y luego regresar al encierro. En ciertas ocasiones satisfecho y en otras frustrado, como era de suponer.

      Esta tarde, al tiempo que cerraba los últimos paquetes y hacía mentalmente el inventario de los objetos capturados, intentando no olvidar nada ni dejar el menor pretexto franqueado con que regresar y mirarte existir, ensayar el último ruego o lo que fuera, supe algo. Supe que construir el útero no fue apropiado. O por lo menos que la ubicación desde la cual lo concreté no resultó ser la correcta. Quise hallarme a salvo del dolor y deposité el dolor en manos de la gente como si se tratase de un cuchillo amenazante direccionado hacia a mí, listo para atacarme. Te coloqué a vos un cuchillo en el puño equiparando tu actitud a la del resto. También le asigné a la vida idéntico rol. Quise defenderme de vos, de la gente y de la vida, pero el peligro era yo, el cuchillo era yo. Eso es lo que descubrí mientras amontonaba cajas, paquetes y maletas, entretanto recomponía las historias contenidas en cada objeto que iba embalando, preparándolo para la mudanza.

      Quizás este hallazgo guarde alguna relación con aquello que estoy intentando saber desde hace horas, o encontrar.      

Me estoy agotando, qué absurdo.

Es todo un absurdo, un obeso y redondo absurdo.

Algo lleno de asperezas además, destartalado.

    La noche continúa avanzando sin pedir permiso. No el reloj y su sucesión de horas, minutos, segundos. Digo la noche. Esta maroma oscura con luces enracimándose a lo lejos -pero oscura, infinitamente oscura- avanza y yo, a horcajadas, le permito hacer, sigo su ritmo o dejo que me empuje, no estoy seguro qué. Su compás desafina, puedo sentirlo perder el tono aunque no creo que sirva de algo intentar devolverle la armonía. Carecería de razón. Después de todo las noches como ésta no existen. Las noches son las noches y punto. Algo así como el revés del día, salvo por las almohadas.

      Una palabra que pienso y no pronuncio reseca mi garganta.

       Necesito un poco más de café. No sé cuántas tazas he tomado ya ni cuántas  veces he abierto la puerta de tu dormitorio. Perdí la cuenta.

      El abrir y cerrar esa maldita puerta y volverlo a hacer y volverlo a hacer y volverlo a hacer, se asemeja a lo que imagino el rictus de un adiós indeciso, ese que no se atreve a ser pronunciado.

      Se te ve plácido sobre la cama, sereno como una planicie, pero esa placidez no me seda, no, al contrario, resulta inoportuna, desfasada, incluso indolente. Creo que tu placidez no ha elaborado otro gesto en toda la noche que el de mortificarme aún sin proponérselo y ello me rebela. También me revela. 

        Necesito aclarar algunas cosas antes de continuar. Para ello coloco la vista en posición de firmes, atentas las pupilas en el escondite, escrutando, registrando hacia atrás, archivando información.

      Te veo mirarme. Te veo viéndote mirarme.

      (El espacio se transforma en un segundo y resulta abrasador. No tenía registrado un acto así en los estantes de la memoria. Algo inédito va suceder en cualquier momento).

      Te veo amarme. Te veo viéndote amarme.

      (Esto también es nuevo para mí y pone en guardia cada una de las voces interiores. Algo me aterra, no sé qué. Antes me había ubicado del otro lado. Unicamente del otro lado. Es probable que sea un poco más sabio ahora, y menos entero).

      Te veo gozarme. Te veo viéndote gozarme.

      (Todos los ángulos confluyen en un centro, adhieren la mirada a un punto, el punto del goce, un núcleo único, primero, un origen fascinante, prohibido, tal vez perverso. La adrenalina da vueltas, aumentan sus niveles, zigzaguea).

      Me veo mirarte. Me veo viéndome mirarte.

      (A partir de lo presenciado el universo se trastoca y abro bien los ojos para verificar. También me siento empujado a abrir la cabeza y los poros de la piel. Se hace necesario observar con todo el cuerpo, con todos los sentidos. Observo).

      Me veo amarte. Me veo viéndome amarte.

      (El momento preciso, razono veloz como un pez, y me conecto a él, fijándolo para que no quede lugar libre a los olvidos. No debo permitirme la repetición del error. No en este instante).

      Me veo gozarte. Me veo viéndome gozarte.

      (Se disparan los latidos, gatillan. Ni antes ni después existió nada. Es el principio. Todo aquello que posea estatus existencial nació con posterioridad a la génesis de ese goce. Debo contribuir a tu goce, dejarte ser. Voy a hacerlo inmediatamente. Quiero).

      Ahora sí me he transformado en el mirón perfecto. El más indiscreto. El más sofisticado de todos. El más profesional. El que traspasó el último límite conocido. El único capaz de ingresar donde nadie ha ingresado. Te tengo y me tengo. Sé tenerte y tenerme, lo he aprendido. Resulta esclarecedor fisgonear así. Reconocer así. Encenderse así. Aunque hiera.

      Algo se ha modificado diametralmente. No sólo la temperatura exterior. Sé que algo se ha modificado. Siento que hacen falta voces externas aquí reduciendo el peso de lo aprehendido y enciendo la radio. Están pasando cualquier música. Siempre en las radios pasan cualquier música. Por eso habitualmente mareo el dial hasta el hartazgo y apago el aparato impulsado por una frustración que en lo más íntimo reconforta. Qué contradicción.

      Desconecto.

      Me gusta el silencio aunque a veces fugue de él. Pero no es silencio lo que hay, lo que ahora puebla esta habitación. Hay, por ejemplo, el sonido de mis pasos dando vueltas por ella, andando. Están también los murmullos de mi respiración y del roce de la piel contra los muebles en despedida, y esa brisa suave que entra por la ventana silbando alguna cosa. Parce que bossa novas.

      Vuelvo a encender la radio mecánicamente y reinicio la búsqueda. Cuando nadie me ve, confiesa Alejandro Sanz y lo entiendo, pero cambio de estación. Después de seis o siete emisoras me detengo en Queen. Love of my life, canta Freddy Mercury.

      No puede ser. Es todo un absurdo, me digo. Love of my life, un absurdo. Y me desnudo lentamente con una tardanza circular. No sé qué me empuja a hacerlo pero lo hago. Ondulante voy dejando caer las prendas, dispersándolas por el suelo de la sala a medida que las suelto -sweter, camisa, zapatos, calcetines, pantalón, boxer-, sin importarme otra cosa que la desnudez. Que la obtención de la desnudez, esa es la meta.

      Creo que me siento crecer en ese acto. Un metro ochenta y siete, un metro noventa y cuatro, dos metros, no sé, todo es posible, estoy creciendo.

      El cuerpo se expande de algún modo y me tiendo sobre la alfombra esterillada, los ojos clavados en el techo, llorando bajo, muy bajo, como para que nada, ni siquiera este llanto que también te pertenece, quiebre tu descanso. El orden de tu descanso.

      A la décimo quinta lágrima me detengo y empiezo a hacerte el amor con estas manos andándome cuerpo arriba en solitario. Cuerpo abajo también, sobándome el sexo nostalgioso, acariciándolo.

      Amasándome el escroto entro en un nido confortable sujeto a la rama de algún árbol.

      Aprieto.

      Todo es tibio aquí y ahora, casi como un abrazo.               

      Aprieto un poco más y suelto.

      Aconchado dentro del nido empiezo a lamerme los dedos uno a uno como si se tratase de pequeños falos articulables. Deliciosos. Lo hago partiendo de la falangeta hasta llegar a la base primero, arrancando desde la base hasta alcanzar la falangeta después, abrillantándolos con mi saliva, lubricando.

      El tránsito oral no pretende amainar por el momento.      

      Libo.

      Cierro los puños y admito un racimo de pequeños falos móviles empujándome los labios, ejerciendo presión, elastizándolos.

      Disfruto y libo.

      Desuno el conjunto de falos con la lengua y los invito a retirarse para volver a libarlos separadamente, uno a la vez. Saben bien. También las palmas de las manos. La derecha es más dulzona. La izquierda tiene sabor a tierra mojada y esperma.

      Libo feliz. A veces muerdo. Muerdo y retengo. Aprisiono. Lengua y paladar no dejan de asombrarse y diminutas descargas eléctricas estremecen la garganta. También la boca del esófago.        

      Libar es casi un acto de fe, pero eso resulta infinitamente más primario todavía, y más humano.

      Por el momento soy como un recién nacido. Los recién nacidos solo viven para la satisfacción del placer, para su obtención inmediata. No tienen mayor prioridad. Son orales y gozan. Lo único que les importa es el placer y no demandan otra cosa que el suministro de ese placer. A su edad es posible. A su edad está permitido. Está bien a esa edad. Soy un recién nacido, entonces. Abro la boca y disfruto.

      Huelo también.

      Los olores resultan goces intangibles pero nombrables. Éste que huelo ahora, por ejemplo, lleva tu nombre y me excita. Almizcle de los dioses abre las narinas, hincha los pulmones, oxigena y pone a trabajar las hormonas. Ligeramente acre sabe desorientar mis puntos cardinales en fracción de segundos, y entonces bajo al norte o subo al sur y nada hay más perfecto en la antesala del espasmo.               

      La cabeza ha empezado a transpirarme y zumba. Los oídos también.

      Una cuerda de tambores va despertando el deseo desde las sienes a los tímpanos y regresa al punto de partida para recomenzar el ciclo. Es una llamada visceral que desfila ritual y desafiante. La percusión conmociona el abdomen, lo descontrola. No estaba previsto. La zona media va reventar en cualquier momento, lo presiento. Hace calor aquí.

La sangre bulle a consecuencia de ello, erecta una parte en mi cuerpo y descontrae otra, con la que juego diciéndote que sí, que tenés permiso, que podés entrar, que por favor lo hagas, que empujes, que venzas la resistencia del círculo y atravieses. Me atravieses.                

      Con mi mano izquierda me penetrás porque te doy permiso. Con mi mano derecha te penetro yo también al obtener tu aprobación. Un aura de poder nos envuelve cómplice. Realidad virtual sin casco, pantalla ni teclado. Me he convertido en un sátiro. Un sátiro desgonzado. Un sátiro bifocal, dual, dicotómico, esquizifrénico, bi.

      Soy yo mismo y soy vos mismo por separado y no. Disoluble, indisoluble, mutante.

      Perforarte y perforarme: es ese el sentido.         

      Todopoderoso uno y dos, continúo perforándote y perforándome en el ascenso. Topo furioso dándote y dándome. Clavándote y clavándome.

      Estaca primigenia te amo y me amo con una demencia plena, reconciliadora. Y soy uno y soy dos. Y uno otra vez y disfruto. Disfruto. Adelante y atrás, fuera de mí y dentro, fuera de vos y dentro, todo cunde en disparada. Las manos alucinan. Una luz de alarma se enciende indicando zona de riesgo. Falta oxígeno y algo parece desgarrarse en mi recto pero prosigo, proseguís. Imposible frenar o reducir la velocidad a estas alturas. Mana apenas una lágrima roja del interior, pero no me preocupo, no. Las lágrimas de colores deben ser portadoras de buen augurio, o es de suponer que así será.

      Dentro tuyo no ha cambiado nada, sin embargo. Tu recto es todo melodías envolviendo mi trozo de carne polifónico, estrujándolo y soltándolo, masajeando con cada cilio, chupando con la precisión de una ventosa, provocando vacío, secuestrando.

      Sé que el desgarro es en mí pero no duele, sino que calma. Reconozco esto último y continúo, buscándote esta vez con la lengua que asoma inquieta, sagaz y hambrienta como una serpiente vertical por las ventanas de la boca, pero no te localizo. No logro localizarte. Del otro lado de los labios no estás e igual te beso y me beso, una dos tres, cien, no sé cuantas veces te beso y me beso hasta que la humedad se vuelve chorreante, esplendorosa.

      Necesito que te muevas más rápido, te digo. Es casi una orden.

      Mis manos se precipitan por delante y por detrás, falos turbulentos arrancándote gemidos, arrancándomelos, hasta que de mutuo acuerdo volvemos a levitar mansamente dando un paseo por las nubes, y segundos después coqueteamos con la muerte por fracción de segundos,  proyectándonos hacia arriba. No puedo aterrizar. No quiero. De ahí en más todo sucede despacio, extremadamente despacio. Hay una dilación del tiempo, de la percepción del tiempo, supongo, hasta que te veo abrir la puerta del dormitorio y aparecer en la sala preguntando porqué lloro. El desconcierto es en tu cara. Nos interrumpo el palcer y tiemblo. No sé, es algo involuntario que no consigo explicar, respondo poniéndome de pie, intentando ocultar el lado erecto y el lado descontraido de mi cuerpo, como si se tratase de un par de antiguas vergüenzas. Las dos caras de la luna que estoy siendo.

      El lado descontraído llora una segunda lágrima roja que va a estrellarse sobre la alfombra, aunque sólo yo lo advierto. Estás sin ropa. Me encanta que vistas apenas tu propia piel para dormir. Siempre me ha fascinado. Reconozco ésto sin hacértelo saber, desnudo yo también, como es obvio, ambos indefensos, vencibles, vulnerables.

      No, no, mejor no. Mejor volvé al cuarto. No compliquemos las cosas, estoy bien. Ya se me va a pasar. 

      Un inevitable silencio nos rodea presagiando los alientos que no llegan a cruzarse.

      Está bien... dejá tu mano ahí un segundo, sólo un segundo, nada más... Me gusta tu boca. Bajá.

      Bajá, pido, y apenas decirlo, casi en cámara lenta alcanzo el orgasmo que es violento sin embargo. No programado. No contenido. Caudaloso. Agónico. Incontrolable. Fugitivo. Como si hubiese albergado un océano dentro de la represa del perineo por siglos y se  hubieran abierto sin previo aviso las compuertas. El tuyo tampoco se queda atrás. Es una eternidad y un segundo. Un pájaro herido y un jet. La sala gira. Y la alfombra y los muebles y las ropas desparramadas por el suelo y los cuadros y las tazas y el cenicero y los paquetes y las maletas giran. Giro yo también. La vida gira.

      Me he precipitado.

      Hubiera querido demorar un poco la llegada, pero se trata de la eyaculación más desesperada y rotunda que vez alguna haya logrado. Un chorro del aluvión alcanza mis labios en la disparada y chicotea la punta de la lengua. No detecto si es tu sabor o el mío. Más agrio que dulce, con un dejo de pimienta negra en retrogusto. Desconcertado, acerco las manos a la boca para no conmocionar la paz que te rodea ni gastar sonidos o palabras que resultarían un estorbo. También para jugar un poco sobre los labios, secarlos y confortarlos. La lengua se arquea hacia atrás, deposita unas gotas de zumo blanco en el paladar, comparte una porción con el experto, pero el experto tampoco reconoce. Trago las gotas restantes. Se trata de un sabor nuevo entonces. Un registro no codificado. Ni vos ni yo. Una advertencia. Porqué no. Quién sabe un presagio. Entonces los dedos se comportan curiosamente y amordazan la boca con gesto censor. No quieren sobresaltarte ni violentar tu goce, tampoco permitir que el experto exprese lo que siento, lo que acabo de sentir. Es mejor así, razono obediente, no violentar, y reparo en la radio. En la música de la radio.

      Freddy Mercury ha dejado de cantar hace quién sabe cuánto rato. No reconozco la voz que emite ahora el aparato ni entiendo lo que dice. Es pastosa y canta en francés una balada. Me gusta. Sin embargo, por alguna extraña razón, abre grietas.

      Tengo sueño. Estoy cansado. No puedo más. Incluso pesa el aire cuando inspiro y el esfuerzo que debo realizar al exhalar resulta exhaustivo. Además, la luz que comienza a amenazar desde la ventana me ennegrece. La detesto.

   El sol no debería comportarse de modo invasivo en días como éstos.

      Probablemente la camioneta de alquiler llegue de un momento a otro y no sé si tenga fuerzas suficientes para enfrentarla, subir mis cosas a cuestas y partir. Resulta como como si estuviera viviendo dentro de un hueco. Un hueco profundo, desfondado, gris, ajeno. Y me estremezco. De los pies a la cabeza me estremezco.

      Continúo sin respuestas. He transitado la noche haciendo de las preguntas el instrumento de un ritual sagrado sin llegar a encontrar una maldita llave. Tampoco esa punta de ovillo que tanto necesitaba. O tal vez sí hubo hallazgos y laceren. Quizás por ello no quiera hacerlos propios ni adoptarlos. Quién sabe. Pero lo seguro es que algo ha estallado dentro de mi con tal violencia que nada resulta igual a mi costado. Eso sí lo tengo claro. Tampoco soy el mismo. No sé quién soy ni quiero saberlo. Apenas consigo asumir que me he desbordado estrepitosamente a lo largo de las últimas horas y tengo miedo. Mucho miedo. Espero no haberte despertado.


Puede dejar su opinión en el foro de discusión


Ir al principio | índice

página principal