EN TU RECUERDO, LEONARDO

 

Autor:  Antonio Capurro

E-Mail: toniuz@yahoo.com


         Esta noche de luna llena que estoy solo en la vieja casa mirando el infinito cielo desde la ventana de mi antigua habitación vuelvo a recordarte, Leonardo. Es una noche de verano con un aire fresco y apacible que da placer a mi sereno rostro y a mi desaprensivo cuerpo. Me pregunto si eres feliz con lo que elegiste para tu vida. Supongo que no te has arrepentido todavía de haberme cambiado por la mujer a la que el día de tu boda juraste fidelidad absoluta. Yo estaba en la iglesia aquel día gris y aciago. Vi tu correcta actuación de novio feliz y lloré por dentro sintiendo clavarse un puñal en mi corazón. Esa mañana supe que iba a pasar bastante tiempo para ver sanas las llagas hechas por culpa tuya. Luego que todo el mundo abandonó el sagrado recinto me quedé en una banca, solitario y meditabundo. No recibí respuesta, nadie se acercó a darme alivio ni mucho menos se percataron del único pariente de la familia que no acompañaba a los radiantes novios tirándoles arroz en señal de júbilo y buenos augurios. Era yo, el hermano menor de la recién casada que rogaba ser tragado por la tierra.

         Ahora que han pasado diez años y vuelvo a releer en mi diario los secretos de mi vida me pregunto si alguien sospechó de lo nuestro. Sé que nuestro clandestino romance fue tan verdadero como la primera vez que sentí tu penetrante mirada en el salón de la casa, cuando llegaste tomado de la delicada mano de mi hermana a cumplir con el formalismo de enamorado oficial. Todo esto vuelvo a traer a la memoria en el mismo lugar donde ocurrieron los hechos, donde tú y yo fuimos dos hombres en la plenitud del deseo. Acabo de llegar de un largo y cansado vuelo que me trajo desde Roma, a esta ciudad llena de máscaras y apariencias en la que ambos desde el inicio nos convertimos en dos piezas de una peligrosa relación.

         Era una noche como la de hoy, cálida y serena, que anunciaba la llegada de una perfumada estación primaveral. Justo el día anterior habían finalizado mis exámenes en la universidad y con ello el ciclo académico; así que ni corto ni perezoso decidí volver de inmediato a la casona para tomar mis vacaciones de mitad de año que bien merecidas me las tenía. Me pareció raro que Patricia se guardara el secreto de tu existencia, pues yo conocía sus pecados y buenas obras al detalle, así como Patricia los míos, excepto, claro está, mi preferencia sexual.

         Cuando no nos veíamos por motivo del estudio y del trabajo, era una fiel costumbre entre nosotros escribirnos cartas o llamar por teléfono. Esa vez creo que quiso darme una buena sorpresa y se aguantó hasta el día de mi llegada. Era evidente y palpable que rebosaba de felicidad, ya lo suponía por sus últimas cartas en las que parecía más inspirada que nunca.

         “Siéntate.” te dije muy amablemente aquella vez indicándote el mueble favorito de papá junto a la ventana que daba vista al jardín interior. “¿o quieres echar raíces? Patricia y mis padres no demorarán mucho.”

         Me sonreíste de forma por demás cálida aprobando con tus ojos y boca mi repentina comparación y de inmediato hiciste caso a la invitación.

         “Sí, tienes razón, aunque para estas ocasiones tan especiales algunos recomiendan armarse de valor con una copa de algún trago fuerte.” me sugeriste mirando al libro de Rimbaud que coloqué en la mesita de centro para complacer tu gusto.

         “¿Qué tomas, entonces?” respondí abriendo el minibar que papá siempre tenía muy bien surtido para los invitados “yo te acompañaré con un refresco de naranja.”

         “Un vodka con hielo me caería perfecto.” afirmaste cogiendo el libro y hojeándolo distraídamente.

         Te alcancé el vaso y me senté frente a ti. Volví a fijarme en tu impecable vestimenta tan formal en comparación a mis jeans, polo y zapatillas. Yo no había tenido muchos amantes, pero si los suficientes para considerarme con la experiencia necesaria. Sabía que tu mirada no me engañaba. Y así lo confirmé cuando después me revelaste que eras bisexual que también lo disfrutabas al meterte en la cama con una mujer; y ni siquiera eso me importó.

         Para el día en que te conocí, recién hacía dos meses atrás mi última pareja y yo habíamos terminado. Me encontraba solo, totalmente disponible para, según me lo planteé, dedicarme a mis estudios y olvidar enamorarme. Pero uno nunca puede ordenar a los sentimientos como en el teclado del computador, no se puede cerrar las puertas y convertirse en una ostra, enclaustrarse por siempre en uno mismo por temor a ser herido. Patricia a sus veinticinco años estaba más bella que nunca, radiante y dichosamente comprometida con el hombre de su vida. No se cansaba de repetírmelo cada noche cuando conversábamos echados en su cama luego que Leonardo y ella se despedían en el porsche con un beso y algunas intensas caricias. “Aún no hemos hecho el amor, pero yo quiero estar con él”, me reveló un día mientras cepillaba sus largos cabellos marrones. Lo que vino después sí que fue una sorpresa. “¿Y tú, ya lo hiciste, no? Vamos, cuéntame como fue el sexo con ellas”. Tragué saliva, recuperé mi color y no tardé en contestar lo correcto. “Hasta la fecha ninguna se quejó”, dije excusándome para bajar a la cocina a tomar agua.

         Para mi suerte o mi desgracia encontré algo tuyo, un objeto que ante los ojos del resto había pasado desapercibido: tu llavero. Me pareció raro que nadie se hubiera percatado del manojo tirado a un costado de la pata del sillón de la sala adonde ingresé para buscar mi libro de Rimbaud extraviado desde el día anterior. No llevaba encima más que unos boxes y un bividí, en vez de subir decidí quedarme en la semioscuridad acostado sobre el sofá grande escuchando una pieza clásica. Calculé por lo menos una hora y media transcurrida desde el casi bochorno por las preguntas indiscretas de Patty, cuando oí el toque de la puerta. Gracias a Dios todo el mundo en casa menos yo tenía el sueño profundo; y salvo un terremoto nada los despertaría a las dos de la madrugada.

         “Aquí lo tienes, viniste al sitio correcto”, te dije con algo de malicia.

         “No traje el carro esta noche, pero en mi llavero también están las llaves de mi habitación, de la oficina y cuando estaba a punto de llegar a casa me di cuenta que no las traía en mi bolsillo”, me explicaste jugueteando con un botón superior de tu camisa blanca mientras yo percibía el fuego de tus ojos posados en mi cuerpo.

         Las cosas a veces ocurren de forma por demás imprevisible como los deseos y los instintos que se alimentan de nuestro lado irracional. “Si quieres puedes pasar, Patty y mis padres estarán soñando a esta hora. Yo suelo dormir por lo general un poco tarde; aunque imagino que desearás descansar ¿no?”, argumenté sobando levemente mi cuello esperando una respuesta que no tardó en hacerse efectiva y vino acompañada de una alternativa muy interesante.

          Pude sentir su mirada clavada a mis espaldas deseando poseerme allí mismo de ser posible en el recibidor o en las escaleras. A los diez minutos, luego de caminar bajo los abedules, cedros y poncianas del trayecto, rodeábamos la laguna en la cual solía abstraerme por completo cuando quería encontrar ciertas respuestas a mi vida. Bajo el espectro lunar contemplaba aquel hermoso paisaje cuya imagen deseaba retener en mi mente y en mis ojos. Que serenidad me invadía al respirar el cálido aroma de la hierba y de las flores silvestres, al escuchar el intermitente sonido de las luciérnagas y el casi imperceptible ruido de los arbustos rozando entre sí. Nada podía compararse a ese ambiente de campo al cual regresaba siempre que deseaba sosegar mi espíritu.

Por un instante casi me olvidé que no estaba solo cuando de pronto sentí un cálido contacto en mi brazo, lo que me hizo despertar en el acto del ensimismamiento anterior. Cada vez más iba adentrándome en la boca del lobo. Entonces te propuse echarnos sobre la hierba para hablar de lo que quisieras en una posición más cómoda y relajante. En mi mente sólo tenía mil cuestionamientos y un tardío sentimiento de culpa. Sin embargo, no tuve tiempo de actuar según lo correcto y coherente, pues la boca de Leonardo, suave y apetitosa, atrapó mi aliento. En un momento lo tenía encima besándome impetuosamente. Ya no importaba Patricia ni para él ni para mí, ni tampoco nada en derredor.

Enseguida pasamos a una frotación que él sabía conducir muy bien dándole la intensidad exacta. Y yo mejor que nunca, mejor que con cualquier otro. Leonardo no se podía comparar al resto. Fue él quien  me desvistió poco a poco, prenda por prenda guiando mis manos para que yo recorriera una a una sus extremidades, su duro vientre, sus brazos y piernas firmes, su pecho bien marcado en el cual mi lengua se paseó profusamente.

Esa noche sobre la hierba y entre las cálidas aguas de la laguna fue insuficiente para sentirme amado por él. Había visto a otros hombres desnudos, pero ningún otro cuerpo como el suyo con esa mezcla de tierna y salvaje intensidad. A partir de aquel encuentro tuvimos que volvernos un par de buenos actores para enmascarar a la perfección nuestras ganas de tocarnos. A ninguno de los dos le bastaba un par de horas, queríamos pasar más tiempo juntos no sólo para meternos a la cama sino para hablar de cosas que ambos compartíamos.

A Patricia le encantó que Leonardo se convirtiera tan rápido en mi amigo, estrategia que funcionó muy bien ya que de esa forma tenía el pretexto ideal para vernos cuando él o yo quisiera. En sus pequeñas peleas yo fungía de experto conciliador e iba con los mensajes desde mi casa hasta su dormitorio o la cómoda habitación que Leonardo implementó en el segundo piso de la oficina con la finalidad de quedarse a dormir en los días que era necesario agilizar el proyecto de irrigación.

Cuando él dormía a mi lado yo me sentía tan pleno y dichoso que respiraba satisfecho de tener un amor correspondido. Esas fueron nuestras mejores noches en las que le arrancábamos al tiempo más horas para no dejar morir nuestra pasión o al menos prolongar al máximo esas efímeras entregas a la luz de la luna. Por las mañanas muy temprano antes que el alba abriera sus primeros rayos era una costumbre nuestra quedarnos muy quietos muy juntos escuchando cada uno la respiración del otro al unísono. Y antes de ducharnos, para ir cada uno a su debido puesto, yo sacaba el libro de Rimbaud de la mochila para leerle aquellos poemas que tan concentrado oía él con sus ojos envueltos en una tierna nostalgia. Esos ojos que intuían quizá un futuro gris, un futuro que no existía tras el horizonte.

Fueron nuestras mejores estaciones de las que, cuales cómplices trasgresores, disfrutamos durante tres años continuos; período en el que Leonardo prolongó su noviazgo poniendo siempre una que otra excusa ante Patty. Cuando yo no estaba de vacaciones, Leonardo aprovechaba las reuniones con los altos ejecutivos de la obra para darse un salto a la casa de mis tíos donde yo permanecía en tiempo de universidad. Y se quedaba en la habitación de huéspedes adonde sigilosamente me escabullía de madrugada riéndonos de mis tíos que pensaban en nosotros como dos futuros cuñados.

Pero tarde o temprano acabó todo y Leonardo eligió precisamente el día en que me gradué de arquitecto para hacer el anuncio oficial de la fecha de matrimonio. Luego de la ceremonia en la universidad nos trasladamos a la casa de campo fuera de Lima donde me esperaba un tremendo agasajo. Allí estaba el cónclave paterno y materno, la retahíla de amigos que al día siguiente celebrarían el preludio de algo mayor. Cuando pudimos escaparnos, él de Patricia y yo de mis juergueros amigos, ya hacía de madrugada. Era marzo y el calor del verano aún se dejaba sentir plenamente.

Habían transcurrido tres años desde aquella primera noche a la orilla de la laguna, estábamos nuevamente abrazados sobre la hierba: yo recostado en su pecho y él frotando mi brazo intentando encontrar palabras que no produjeran demasiada desazón. Leonardo continuó reposando sobre la hierba, pude percibir que le costaba decirme algo alentador respecto a nosotros. Aquel prolongado silencio interpretaba mejor que mil palabras el culmen de nuestra relación. Dándole la espalda me quité la ropa una por una. Enseguida caminé hacia la laguna para zambullirme pero no conseguí hacerlo, pues Leonardo abrazándose con fuerza a mi cintura me detuvo. Por una brevedad no moví ni una parte de mi cuerpo sólo respiraba, al igual que él, hondamente. Leonardo unos centímetros más alto que yo, descansaba su mentón en mi clavícula, su oreja tocaba la mía y su mejilla proporcionaba un tibio calor en mi rostro pegado al suyo.

Actuábamos como dos masoquistas flagelando sus emociones y sentimientos. Al rato besaba mi cuello frotando mis costados bajando muy despacio hasta mis muslos. No soporté más y me coloqué cara a cara contra él, necesitaba enjugar sus labios, hacer el amor hasta quedar satisfechos, ser una y otra vez uno en medio de la noche. Yo me hice el dormido cuando él se vistió muy despacio para no despertarme, estaba seguro que después de Leonardo de forma irremediable volvería al sexo sin amor y que el amor demoraría en anidar otra vez en mi existencia.

Por un momento, por unas horas, por unos días, por algunos años o talvez para siempre cerraré mi diario, la fuente absoluta de lo pasado, en donde escrito están los relevantes hechos de mi vida. Es bastante lo que he vuelto a leer y suficiente para una madrugada tan fresca y seductora. Ahora, finalmente, voy desnudo a la cama como sé que desnudo estoy siempre en los agitados sueños de Leonardo.


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