Amor inmundo

 

Autor: Esteban Kochen

E-Mail: esanko@ciudad.com.ar

 


 

Ya no sé qué hacer ¿Nunca hay un fin? La vida es un camino trazado con sangre. Las caretas se ríen siempre, que les importa  el hambre.

 

                Nunca supo la razón del por qué, por qué estaba ahí; como siempre lo estuvo pero en donde alguna vez su inmadurez de niño no le permitía sufrir.

                Tan sólo diecinueve años y ya no quería soportar más el dolor de existir. Sus padres habían muerto en un accidente hacía ya un año y medio. Él heredó toda su fortuna y con su fortuna solo se quedó, completamente solo. Pero...¿Qué mejor amigo que el dinero? Hay quienes dicen.

                Sus estudios iban regularmente bien pero había llegado a odiar del todo su rutina y ni él sabía cómo podía seguir avanzando...quizás por no resignarse ante la vida...o quizás por una resignación absoluta.

                Despilfarraba su dinero sin meditar un segundo, ya nada le importaba, compraba todo lo que veía a su servicio pero nada llenaba ese vacío intenso. Pero siempre pasaba con su coche por una esquina de Pacífico donde un nene limpiaba vidrios, y siempre le dejaba un peso y algo, en su interior se sentía bien pero pronto se acordaba de su vida y volvía a sufrir su angustia.

                Ya no sentía indignación de tanto saberla, ya no sentía rechazo de tanto sufrirlo, ya no sentía amor de tanto obviarlo, sólo sentía el dolor de sentir tanto.

                Y en las noches de vela interminable se encerraba en su interior, se carcomía la cabeza con pensamientos que no salían de él, no emitía un ruido, no emitía queja alguna, siempre su mirada triste que decía su verdad y sus palabras pero que ya nadie se preocupaba en intentar de descifrarlas.

                Miraba el reloj como esperando algo, un nuevo amanecer quizás, pero se dormía sabiendo que ya no creía en la esperanza y despertaba al atardecer para ver de nuevo el crepúsculo, su ocaso.

                Un instinto de supervivencia lo llevaba a pensar en su muerte, es que quería sentirse vivo, quería sentir el alivio que nunca en su vida pudo encontrar. Pero cuando el revolver ya apuntaba a su sien veía a través de ese mundo de gris altitud una estrella asomarse en el cielo de la noche negra. Se asomaba entre el lúgubre pantano de edificios viejos y era la única, la única estrella para él, era la única que le hablaba, le susurraba al oído, le decía que el dolor hace al coraje y que por ella debía soportar su razón de ser...

 

¨Y la viste vendiendo su piel, a un precio ajeno a su ser, en una ochava de Lavalle, sin mezquinar un segundo el cartel¨

 

                Y de nuevo en esa esquina de Pacífico, vendiendo la integridad de su alma al por mayor. Ella se paraba siempre en la misma esquina, supuestamente esperando algún transeúnte con ganas de saciar su placer animal o quizás esperando su destino, la piedad de su destino, la verdad de su destino.

                Pero su mente la desplazaba, siempre se subía a algún auto para ganarse la vida y al otro día volvía a la misma esquina a buscar inconscientemente lo que necesitaba, la piedad de su destino, el rumbo que la guiara, porque era la única forma en que creía posible hacerlo.

                Y cada noche, cada muerte, cada resurgimiento, cada vez que se bajaba de algún coche para por fin dirigirse a su hogar sentía una profunda tristeza, un dolor y de nuevo la resignación y volver a la esquina al día siguiente.

                Y cuando dormía no lo hacía en realidad, siempre sus sueños eran los mismos. En ellos su vida era distinta a la real, era su verdadera vida. Soñaba con un amor y un vestido color café, largo hasta las pantorrillas. Y en sus sueños se aliviaba, encontraba su sentido pero despertaba devuelta en su angustia para ir a pagarle su parte al cafiolo.

                Su madre muerta, su padre avergonzado, sus hermanos su camino. Y a ella no le importaba porque como dicen: es preferible dejar a un lado los problemas y seguir adelante ¿Adelante?

                Pero ella aprendió a guiarse con la lógica a pesar de sus sentimientos, era una lección que el mundo cordialmente le había otorgado, y aunque seguía siempre ¨adelante¨ sabía que nunca iba a dejar de sufrir y de nuevo se paró esa noche en la misma esquina sabiendo que debía soportar su razón de ser...porque en el fondo algo le pedía que lo hiciera.

 

¨Quiero sentir la vida, que no sea sólo una ilusa fantasía. Quiero aferrar mi vida. Ya nada me importa este mundo de utopías.¨

 

                Y los hijos de Yahvé vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí mujeres entre todas las que les gustaban. Luego Dios mandó lluvias y tormentas y eliminó a todo ser viviente de la faz de la tierra, solo un arca sobrevivió al diluvio, porque fue deseo de Dios que así lo sea.

                Que principio de justicia divina la que le tocó a la humanidad ¿Es que acaso siempre somos así cuando algo no funciona? pensó él. El polvo vuelve al polvo. El rechazo hunde al rechazo. El dolor ajeno cura al dolor.

                Y esa noche él partió sin rumbo, desesperado. De nuevo se encontraba perdido en la noche, vagando sin encontrar una salida en su vida. Pasó por esa esquina sin darse cuenta, y el nene ya no estaba, en su lugar estaba una prostituta de tacos altos y cara pintada, mascando un chicle para ocultar su triste expresión.

                La miró, la miró una y otra vez. La miró detenidamente y dubitó un segundo en lo seguro que estaba. Pero terminó llamándola. Ella abordó el auto y partieron hacia la nada.

                -Vamos a Aguindado-dijo él.

                -¿Pero tenés plata no?- exclamó ella con su voz de todavía una niña porque apenas pasaba los veinte. Él no contestó la pregunta, sólo sacó un billete de cien pesos y se lo dio. Ella lo guardó en su cartera.

                -¿Qué querés hacer?-le preguntó ella. Y él nuevamente se quedó callado emitiendo un gesto de duda. Ella lo entendió rápidamente.

                -¿Por qué trabajás de ésto? le preguntó él. Y ella buscó un segundo en su memoria si alguna persona alguna vez le había preguntado eso. Creyó que nunca y por eso trató de esforzarse en contestar una mentira creible:-Yo que sé, me gano la vida fácil-.

                -¡Que vida fácil!- contestó él. Y ella no supo que decirle.

                Hubo un silencio, un silencio impaciente y después de unos segundo ella dijo:-No te interesaría saber por qué estoy acá, a nadie le interesa el por qué toqué fondo-.

                -¿Cómo sabés que no me interesa? ¿Te lo dijo alguien?-.

                -No. Pero si me levantaste con el auto es porque no te interesa, te interesa otra cosa-. Él en parte sintió cierta culpa pero luego la miró fijo a los ojos y pudo leerle el pensamiento:-¿Y con esa actitud pensás encontrar la esperanza que todavía conservás?-. Ella quedó callada otra vez.

                Estacionaron en un descampado. Él se puso incómodo, sentía cierto pudor. Ella le dijo: hagamos lo que tenemos que hacer y listo. Él reclinó su asiento y ella se montó encima de sus piernas y lo comenzó a acariciar. Él la quiso besar pero ella se negó. Sólo siguieron así un rato más hasta que ella para acelerar su tarea le desabrochó el pantalón. Y cuando agachó su cabeza para hacer lo que debía hacer escuchó como un sonido agudo. Era como un chillido muy suave, y miró a su amante, y le vio correr una lágrima en su mejilla.

                -No puedo seguir con esto, no puedo, te voy a llevar de vuelta a la esquina- le dijo él. Ella casi se quedó callada pero fue como un instinto lo que la llevó a decir lo que dijo, no podía quedarse callada:- 

¿Pero qué te pasa? ¿Por qué no podés hacerlo?-

-No te interesaría. A nadie le interesa el por qué toqué fondo-. Ahora ella lo miró, lo miró a los ojos y encontró su tristeza, en sus ojos estaba la paz del sufrimiento y le pidió por favor que no la lleve a la esquina, que no la devuelva a su vida.

                Él estalló en un llanto, y le reveló su angustia. Ella lo comprendió y quiso abrazarlo pero algo en ella no se lo permitía. Ella luego le contó al oído su verdad. Y así charlaron un largo rato que para ellos fue una eternidad.

                -Nunca la vida es como la soñamos. Yo también lo sé muy bien. Pero llevo como un esperanza en mí que me dice que por algo estoy viva-. Él miró al cielo y buscó a su estrella y le dijo a ella que esa era su esperanza. Y de nuevo vio a la mujer que tenía al lado y vio a una mujer distinta ahora y suave le susurró:-Entonces si todavía conservás una esperanza quiere decir que todavía creés en el futuro y en que algún día va a llegar tu amor-. Ella se quedó callada otra vez. Y miró la estrella que él le había enseñado.

                -Pero no se puede ser feliz con sólo una esperanza- le dijo ella con una lágrima en su ojo.

                -Ya sé. Pero la vida vale la pena por encontrar esa esperanza aunque sea un segundo-. Y de vuelta se cruzaron sus ojos. Y ahora ella lo besó y después de devolverle su dinero le pidió por favor que se quedara con ella esa noche. Ya no le importaba más su noche, ya no le importaba ninguna noche. Y otra vez se besaron bajo la luz de aquella estrella que ardía. Y el mundo desapareció a su alrededor y sus almas se sintieron aliviadas después de tanto dolor.

                Esa noche fue eterna para los dos. Y para ella, pese a todas las noches de amor alquilado que tuvo en su vida, esa fue su única noche pura. Y se entregaron sin dudarse un segundo y en un segundo encontraron su esperanza. Se enamoraron de sus dramas y ya nada más les importó.

                Luego de esa noche todo acabó, prometieron volverse a ver pero sus ojos sabían que era una mentira. Ya el mundo no les permitía seguir. Tenían miedo de sufrir aún más. Y la lógica de la sociedad los llevó al adios y nunca más volvieron a verse.

                Pasaron nueve meses y ella dio a luz un hijo. Fue lo único que había quedado de su amor. Pero el gobierno se lo quitó por ejercer prostitución y fue a prisión. Y casualmente la misma noche en que ella se colgó dentro de su celda, el cuerpo de él yacía sin vida dentro de un boliche debido a una sobredosis. En su mano tenía un billete de cien pesos y un amor olvidado.

                De nuevo la justica ¨divina¨ se encargó de eliminar a la escoria del mundo.

                Hoy ese niño que fue fruto de su amor limpia vidrios en esa misma esquina de Pacífico y sueña con un destino y un futuro feliz. Sólo falta que el mundo le enseñe que está equivocado.

                Viajemos juntos en el arca, lo que vale es sobrevivir.

 

  Ven a mí estrellita de ensueños y enséñame cómo se hace para ser feliz.

 Abárcame en tu fulgor de bondad y en tu silencio y une tu alma a la mía.

 Que vuelen eternamente, a través de los tiempos.

 O deja morirme en tus brazos, que lo haré con ese momento.


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