Segunda Parte
Lo que pasó en Año Nuevo me dejó recontra
palteado. Las circunstancias, más que
traumáticas, fueron decepcionantes, especialmente por tratarse de un adulto
maduro. Yo pensé que los de la Católica
se comportaban así porque todavía eran relativamente chiquillos, veinticinco
años, pero ese pata nada que ver, era adulto adulto, y se comportaba así. Mi cabeza era un enredo, no sabía qué
hacer. Por ahí surgió la idea de
viajar. Para ese tiempo ya quería
viajar al Cusco, quería volver y no había tenido oportunidad desde el 95. Entonces hablé con mis papás, y a pesar de
mis malas notas me dejaron ir. Estuve
por el Cusco en enero, a partir del diez de enero, más o menos, hasta el catorce,
hace casi un año.
En mi casa está un primo que estudia en la Escuela
de Policía, y que es de mi familia del Cusco.
Yo no conocía a sus papás, los vi una vez nada más. Entonces ellos, algo así como en
agradecimiento, me dijeron que fuera a su casa, porque mi primo se quitaba por
vacaciones. Ya para mí era un alivio
porque, de verdad, en ese momento ya estaba tenso, estaba fastidiado, estaba
asqueado, y no quería saber nada de acá.
¡Un minuto más y me moría!
También tenía otros planes: yo
quería ir al Cusco más que nada porque sabía que había mucha gente de otros
lugares, y quería intercambiar ideas de una forma más directa que por el
chat. Entonces, qué mejor que
personalmente. Me animé a ir, me dieron
permiso y fui.
Mis familiares del Cusco, para qué, se comportaron
bien, a pesar de que no los conocía.
Empecé a tantear como era la vida allá.
A diferencia del 95, que estuve con mi familia, ahora estaba solo con mi
primo, así que tenía libertad de movimiento y podía salir a donde quería. Los primeros días nos quitamos a un pueblito
pueblito, para que conociera la hacienda de mi tío. Me relajé, era tal la tranquilidad que me olvidé de todo, la
clásica que cuando te duermes sólo escuchas el río de lejos, algo muy
bonito. En el tiempo que pasé en el
pueblito compartí habitación con mi primo.
Una noche empezamos a hablar de nuestras vidas. Le dije que me gustaba el Cusco y que no
quería volver a Lima, pues sólo me esperaban problemas, pero no me atreví a
contarle de lo que me sucedía. Volví al
Cusco más animado, con más ganas de salir, y más que todo tratando de olvidarme
de todo lo que había pasado hasta ese momento.
No olvidarme sino un poco como descansar, tal vez, porque de verdad era
mucho lo que me había pasado.
En las tardes, como mi primo se quitaba a otro
lado, yo bajaba a la Plaza de Armas, y empecé a ver cómo era el ambiente, cómo
era la movida. Al principio no vi ni
una discoteca. Después me enteré de que
todas estaban arriba, en los segundos pisos.
Veía gente, veía manchitas de chicos, pero parecían relativamente
normales, creo que eran normales. No
sabía en verdad a dónde ir. Entonces
tanteando, llegué a donde podía ir, o sea al pinbol. Por la Plaza de Armas había uno, entré y empecé a ver todo desde adentro. Yo iba, jugaba bastante, y de paso observaba a la gente,
observaba chicos. Pero el local era de
los más normal, así como el Bam Bam, más o menos. Era un «aquí no pasa nada».
Tampoco notaba miradas. Me di
cuenta de que la gente de ese lugar era muy reprimida. Es muy generosa, muy amable, muy cariñosa,
pero son machistas, y las más machistas son las mujeres, para colmo. Se notaba un ambiente represivo, así que
tampoco esperaba ver algo tan obvio como Miraflores.
De todos modos traté de ver si podía encontrar a
alguien. Hablaba con chicos, pero
chicos normales, nada que ver. No había
forma de preguntar. Se notaba también
la represión en las chicas. Había dos
tipos de chicas en el Cusco: unas, las
típicas chicas de casa, las que un poco más y se ponían a coser, tejer y
todo; y las jugadoras, que se les
notaba a leguas, y que cuando estaban en la calle eran la muerte. Los chicos estaban acostumbrados a salir,
toda la noche paraban en la calle.
Ellos no tenían problema con eso, pero otra cosa era hablar del tema gay. Para ellos ese tema no existía, no existe en
realidad. Entonces otra vez estaba
deprimido. No encontraba gente, me
estaba llegando. Entonces yo
decía: «Ya, no los encuentro ahí. ¿Adónde voy? A la discoteca». Empecé a
tantear las discotecas, y para nada, todas eran normales, straight. Yo preguntaba a la gente por ahí: «¿Dónde hay discotecas?», porque yo no
veía. Me decían: «Por ahí, ahí». Estaban en los segundos pisos, terceros pisos también, en la
misma Plaza de Armas. Yo iba a tantear
solo, entraba a una, me aburría, salía a otra, y nada que ver. Parece que era porque eran discotecas
céntricas.
Más bien una vez que me quité de noche subí a un
taxi. Al taxista se le notaba, era un
maricón. Me dijo: «Hola».
«Hola, qué tal, cómo estás.
Bonito el Cusco, ¿no?». «¿Ah,
sí, te gusta el Cusco?» ¡Ya, ya sabía
yo! Me dijo: «¿Ah, no eres de acá? ¿De
dónde eres?». Le dije: «De Lima».
«¿Ah, sí? De Lima, qué
cosa. ¿Has visitado Mapi?» «¿Qué?»
«Machupicchu, pues». «Ah, sí,
bonito». Le empecé a preguntar: «Oye, ¿acá hay muchas discotecas, no es
cierto?» «¡Sí, muchas!» Le mandé indirectas: «Entonces debe haber mucho “ambiente”
acá». El pata me entendió claro. Le dije:
«¿Y tú conoces discotecas de ambiente?»
«Sí». Pero el tarado me lo dice
ya cuando estábamos por llegar a la casa.
Me dio una dirección, y todavía me dijo: «Allí hay buenas “chicas”».
No sé qué demonios me habrá querido decir, no le entendí bien. Me dio la dirección, pero al vuelo, así que
no la anoté.
Lo que me chocó bastante fue que al día siguiente
de mi cumpleaños número 19, que lo pasé en esa ciudad, mi tío se murió. Toda la familia estaba triste, y esa
tristeza como que me la contagiaron, porque no podía ser tampoco tan
indiferente. Tuve que ir a su velorio. Pensé:
«Yo vine para olvidarme de estas cosas tristes, y mira lo que me pasa, o
sea, me sigue». Bueno, volví a Lima, y
dije: «¿Qué hago?» En el viaje, como tuve libertad —me decían: «Tú sal, y me dices nada más a qué hora
vuelves»—, me dio la costumbre de salir, salir, salir. En la tarde estaba en la computadora, miraba
al cielo y era gris. ¡El cielo de Lima
es horrible! Me aburría, hacía mucho
calor, entonces quería salir, obviamente.
Como que desde el Cusco me dan esas ganas de salir. Antes no salía mucho, al menos salidas de
noche, pero ahora sí. Me contagió el
ambiente, la movida. Era bonito porque
veías a toda la gente salir. Bueno yo
salía, y obviamente iba al lugar que conocía, o sea Miraflores. Aparte, estaba cerca de mi casa, era seguro,
y también había ambiente.
Lo del viaje había quedado atrás, lo del pata de
Año Nuevo había quedado atrás, todo había quedado atrás hasta donde se
podía. Se me ocurrió buscar otro lugar
para conocer gente. Una vez que compré
un Confidencial, habían puesto en un avisito que pasaban películas de
ambiente. Decía: «Ven a conocer gente de ambiente en el mejor
lugar de Miraflores». Estaba a la
altura de Benavides, más o menos. Yo
había escuchado antes de una película, que recién creo que la pasan ahora, que
se llama Beautiful Thing. Había
leído acerca de ella por Internet el 97, y me imaginé que el pata que atendía
la podía tener. Entonces lo llamé: «¿Tiene la película?» «No sé, tenemos una lista larga, ven a ver».
Entonces fui una tarde. Estaba en la calle que da a la biblioteca Ricardo Palma, ya casi
llegando a la Vía Expresa, en una quinta, al fondo, en una casita. Me abrió el que era el dueño de esto, un
muchacho que tendría unos veintidós, más o menos. Pagué diez soles.
Entramos. ¡Su famoso hueco era
una sala de video porno, nada más! Ahí
me cagó todo. Yo había ido pensando que
había películas, pero películas de ambiente, no películas porno, pues. Me dijo:
«Ven, entra y fíjate en lo que están viendo». Era un cuarto chico, oscuro, con las paredes pintadas de morado y
el techo de azul oscuro, su ventilador arriba, un televisorzazo de pantalla
gigante en el medio, y las sillas atrás.
Llegué y había dos chicos también, uno tendría
dieciocho, el otro tendría dieciséis o quince.
Pensé: «Ah, ya, bacán, entonces
al menos puedo hablar con ellos». Eran
películas pornográficas, cien por ciento gays, y me aburrían. Era la clásica: a pesar de que cambiaban las personas, eran tres cosas las que
hacían: de pronto por ahí se miraban,
se encontraban, se conocían; después de
besaban y se quitaban la ropa; después
uno penetraba al otro, el otro hacía lo mismo, se masturbaban, y ahí acababa
todo. ¡Media hora para cada una de esas
cositas! Y se repetía, y se repetía, y
se repetía. Yo estaba aburrido, más me
interesaba en ese caso la gente que andaba por ahí, porque de hecho que no iba
a encontrar el video que quería.
Intenté hablar con los chicos, pero ellos no
querían tanto hablar, sino ver la película.
Después empezó a llegar más gente, pero ahí un poco que me decepcioné,
porque esos dos chicos eran los únicos, por decirlo así, menores. De ahí, venía gente de veinticinco para
arriba, por lo menos el 90 por ciento.
Ellos veían el video como cuando una mujer ve una novela, así, sentados,
atentos, no quitaban la mirada. Yo me
aburría. La gente a veces volteaba y me
miraba. Incluso había gente que se
ponía a mi costado y ponía su mano detrás de mí, a la altura de la
espalda. Yo les hacía el pare. Se notaba que el ambiente era de puros
chicos fáciles. No era lo que yo
buscaba, y estaba peor que en la Católica, porque la gente no quería ni
siquiera hablar. Hice uno que otro
amigo entre conversación y conversación, pero me di cuenta de que ahí había un
aire de promiscuidad tremendo.
Volví a la semana siguiente a ese lugar, pensando
que si ese día fueron dos chicos, otro día podían ir tres o cuatro. Había gente de veinte, veintidós, más obvios
y más aventados, una especie de loquitas.
Se acercaban a los patas, especialmente a los mayores, y querían que los
agarraran. Los patas mayores, que
aparentemente estaban serios —la mayoría iban vestidos en traje de oficina,
parecía que venían de la oficina incluso— de pronto, cuando se les acercaban,
volteaban y les hacían caso. Por ahí
que les bajaban el cierre a los patas y les empezaban a hacer sexo oral, y ni
qué pensar en condón ni nada. Algunos
les decían que no, pero había un buen grupo que sí les hacía caso. Ellos les hacían sexo oral, y los chicos
también se lo hacían. ¡Así, en mi
cara! ¡Yo me quedaba zonzo! Bueno, tal vez era un ambiente propicio para
eso, pero al menos podían pensar en cuidarse.
Lo hacían sin protección, y se notaba que de hecho no se conocían. Cuando uno de los patas se iba, otro que
estaba atrás venía, y lo hacía con el que se quedaba. ¡Era el colmo! Se notaba
que a ellos les había pasado lo mismo que a los patas de la Católica: eran reprimidos, y sólo buscaban esos
lugares.
Dije: «Ya
no vuelvo», pero me hice amigo del dueño.
Él no veía esas cosas porque estaba afuera. Me dijo: «Ven la otra
semana porque va a haber una sorpresa».
Fui la siguiente semana, y vi lo mismo:
los videos y los patas que seguían en el mismo plan de
promiscuidad. Pero a cierta hora
quitaron la película, ¡y prendieron las luces!
¡Los patas se paltearon porque todos se empezaron a ver! ¡Un poco más y se tapaban la cara! Era la primera vez que estaba con más de
diez gays juntos, entonces yo también me palteé. ¡Lo que iba a haber era un show de strippers! Pusieron el equipo de sonido y después de un
rato tocaron la música. Vino un pata
disfrazado no me acuerdo ahorita de qué, de murciélago, no sé qué huevada, y
empezó a bailar. ¡Yo me mataba de risa,
para mí era un chiste, nunca había visto algo así, ver que un chico bailaba
frente a otros chicos! ¡Los patas
estaban locos! A mí no me llamaba la
atención un stripper, pero se notaba que a los otros patas sí. El stripper los cubría a veces con su ropa,
y se notaba que los otros se desahogaban, lo agarraban, le hacían de todo. Yo pensaba:
«¡Espero que no me toque!» Con
la mirada le decía que no me tocara, que no me agarrara. ¡A los chiquillos los cargaba y los tiraba
al suelo, y ellos felices! Todo el
mundo le quería bajar la tanga, hasta los mayores. A la gente con su ropa de oficina, igualito los agarraba, y ellos
también lo agarraban. Después vino otro
peor. Los empezaba a agarrar más
fuerte, todavía. Yo me vacilaba, era un
chiste para mí que estuviera pasando eso entre hombres. Había visto de todo menos eso.
Me quité.
Dije: «¿Para qué voy a volver a
este lugar?» Me estaba yendo, pero me
di cuenta de que un pata me seguía. Me
empezó a hacer el habla, y me dijo si quería que pasara algo, de frente. Yo le dije:
«No sé». «Mira, podemos ir al
centro, a un hostal privado». Ya no,
pues, me acordé de lo que había pasado en Año Nuevo. No, ni loco. El pata no
era mayor, tendría veintidós o algo así.
Para asustarlo le dije. «No,
mira, tengo diecisiete». Como la
libreta la saqué recién a los diecinueve, yo andaba con mi boleta militar, y
estaba recién fechada porque la saqué tarde.
Entonces el pata se fue. Esa vez
yo me acuerdo que le dije a mi mamá que había ido a ver Titanic. Cada vez que salía —porque no podía decir
nada de esto en mi casa— decía que iba con un amigo a ver una película, y
llegaba tarde, tardísimo. Esa vez
llegué a las doce a mi casa. Nunca más
vi a ese chico, nunca más volví a ese sitio.
No era lo que yo quería, y ahí quedó la cosa.
Comenzó mi cuarto ciclo, en el 98-I. Yo me daba cuenta de que algo estaba pasando
desde hacía tiempo. Cada principio de
ciclo me parecía que había más gente en el proceso de matrícula, en los
primeros días de clase. Yo me asustaba
de ver a tanta gente. En las vacaciones
no camina nadie por la universidad. En
cambio en esos días, cuando veía gente después de tiempo, como que me chocaba. Sentía que todos me miraban, sentía que
sabían que era de ambiente, y yo me asustaba bastante, y ahora mucho más,
porque se me iban los ojos. En las
primeras clases yo miraba lo que pasaba fuera del salón, y creo que hasta el
profesor se daba cuenta.
Otra vez volví a ir allá, a los baños. Ya sabía que era la misma gente, pero iba
porque decía: «Por ahí encuentro a
alguien nuevo, alguien interesante con quien hablar». Me acuerdo que una vez estaba ahí, y había un chico a mi
costado. Otro chico vino y se puso a su
costado, y parece que estuvieron intercambiando papelitos. El chico que estaba a mi costado se fue, y
el que entró después se puso a mi costado.
Como vio que yo hacía nada, entonces salió de su caseta, y era raro,
porque de pronto se agachó a mirar por debajo, para ver quién estaba. ¡Cualquiera era solapa, pero ese pata
literalmente se agachó para ver por debajo!
¡Y después tocó la puerta! Habrá
pensado que yo lo estaba mirando, pero yo no había hecho nada. El pata se acercó y me tocó, y quería que yo
le abriera, encima, pero no le hice caso.
Se fue del baño, volvió a entrar, volvió a
agacharse —cualquiera lo podía haber visto— y se puso a mi costado. Entonces me pasó un papel —todavía tengo ese
papelito— y escribió: «Hola». La clásica, lo que siempre todos esos me
preguntaban: «¿Qué eres? ¿Activo o pasivo?» «Moderno, ¿y tú?».
«Moderno también». «¿Qué edad
tienes?» «Veinte». Dije qué bacán, era el primer pata que
conocía de veinte. Me dijo la clásica
frasecita: «¿Qué quieres hacer?» Al principio, cuando había comunicación con
esos patas, nunca me aventaba de frente, «¡Yo quiero esto!», así como ellos. Primero tenía que saber si era de verdad,
porque se notaba que había algunos que eran mirones. Le metí barajo, porque no sabía ni siquiera quién era. Me hice como el que no sabía que él era
gay. Me dijo: «¿Qué, no sabes qué estoy haciendo acá?». «¿Qué, eres gay?» «¡Sí, pues, qué crees, para qué crees que estoy acá!» Todo esto con los papelitos. Le pregunté: «¿Cómo eres?» «Sal y
mírame». Yo salí, el pata salió, y de
verdad, el pata tenía veinte, pero su cara aparentaba menos. Tenía cara de alguien de dieciocho. Entonces le dije: «¿Quieres salir a conversar?»
Me siguió la corriente: «Ya,
vamos».
Salimos de ese lugar y nos quitamos a la Cafetería
Central. Ahí empezamos a hablar. «¿Cómo te llamas?» «Jorge».
De verdad tenía veinte, estaba
en la de Lima, alucina. Le
pregunté: «¿Tú qué haces acá?» «Es que vivo por acá, y de cuando en cuando
entro». Parece que ellos entran más
fácil por lo del Consorcio. Empezamos a
hablar de verdad, lo que nunca podía hacer.
Yo sabía que el pata éste quería, porque estaba tan arrecho como
yo. Yo hubiera dicho que sí, pero sentí
que a él lo consideraba más valioso como amigo. Cerró la cafetería, porque ya era tarde. Estuvimos dando vueltas por toda la
universidad. Ahí nos quedamos por lo
menos hasta las doce. No había
nadie. Me empezó a contar de su vida,
me dijo que no conocía a muchas personas.
Su universidad lo mandaba a hacer trabajos de investigación, y le tocó
el tema de la homosexualidad, y así fue como comenzó a frecuentar lugares de
ambiente. Pero en realidad, amigos en
sí, no tenía muchos, sólo un amigo suyo de colegio, muy amigo, que al final de
cuentas también era.
Le empecé a contar algo de mí. No todo, obviamente, porque era poco tiempo. Yo feliz, a pesar de que al día siguiente
tenía una práctica y no había hecho nada de mi tarea. De cuando en cuando nos quedábamos callados y nos mirábamos. Las miradas entre los dos decían: «Ya, ¿quieres hacerlo?». Pero ninguno de los dos quería aventarse. Me dio su email, le di el mío, y ahí la
dejamos. Pero me agradó bastante. Era el primer chico con quien podía hablar
así, de buena manera, como debía ser, ¿no es cierto? Yo me acuerdo que ese día, como no había hecho la tarea, me
amanecí haciendo las planas de dibujo.
Estaba todo cansado, pero me llegó, estaba contento.
Yo pensé que me iba a escribir y no, para
nada. Entonces un día me animé a
escribirle, y él me respondió al día siguiente: «¡Hombre, que por fin me escribes!» Él esperaba que yo tomara la iniciativa. Me dio su teléfono, y empezamos a hacernos
amigos, a hablar, y a salir también.
Todos los sábados, después de mis prácticas, salía con él. Nos quitábamos a diferentes lugares. Él vivía por la universidad y tenía
carro. Íbamos a dar vueltas, y una vez
llegamos a su casa. Vivía en un
departamento con su mamá, parece que su papá se murió, y su mamá
trabajaba. Estábamos solos, podíamos
hablar. Me acuerdo que me dijo: «Voy a ponerme algo más cómodo, espérame
acá». Vino con un short, y para mí
normal, eso no me excita, al menos no tanto.
Él pensó que yo iba a estar así, inquieto, tú sabes, pero yo nada, yo lo
miraba nomás. No sé si se me insinuaba,
ahora entiendo que sí, pero yo nada que ver.
La situación estaba como que él quería que pasara
algo—y yo también quería— pero no pasaba nada, porque así no funcionaba la cosa
para mí. Además, llegó su mamá. Eso es lo que yo empecé a notar en los patas
que iba conociendo: tenían la clásica,
la mamá posesiva. No estaba el papá o
no tenía una presencia influyente y la
mamá se notaba que tenía bastante carácter.
El miércoles nos volvimos a encontrar en su casa. Esa vez llegamos en la tarde. Jorge no había comido, y dijo: «Ven, acompáñame a comer». A mí no me nacía estar a su costado
afanándolo, para nada. Entonces el pata
también notó eso, y dijo: «Pero ven,
acércate, acércate». Ahí me
acerqué. Empezamos a hablar. Estábamos solos, pero no pasaba nada. Volvimos a salir otro día en el mismo
plan. Llegamos a su casa de noche. Yo le contaba todo, y él me escuchaba
tranquilo. No me decía mucho, pero me
escuchaba, y sentí que se me había quitado un peso de encima porque nunca había
contado mis cosas a nadie, entonces yo me sentía feliz.
Jorge me llegó a gustar porque era diferente, al
menos en comparación con todos los chicos a quienes había conocido. Podía hablar con él, podía salir con
él. Me gustó. Pero esa vez estábamos mirándonos como idiotas, sin hacer
nada. Entonces yo le dije la
verdad: «Tú discúlpame, pero es la
primera vez que estoy en esto, y de verdad no sé qué hacer en estas
situaciones». Él se hizo el loco, él
quería que yo hiciera todo. Me
dijo: «Sólo haz lo que quieres
hacer». Yo le dije: «Sí, pero no sé qué tengo que hacer, no sé
qué voy a hacer. ¿Tú qué quieres
hacer?» «¿Qué tal si me siento a tu
lado y vemos lo que pasa?» Cerró las
cortinas y se sentó a mi costado, en un sofá.
¡Y ya, pues, la clásica! Nos
miramos, nos besamos, y después me dijo:
«¡Creo que mejor vamos a mi cuarto!»
No tuvimos lo que eran relaciones sexuales, más bien fue algo así como
lo que pasaba con el chico de mi barrio.
Pero sí, era una relación sexual, de hecho, y los dos felices.
El tiempo que no nos veíamos con Jorge nos
mandábamos emails, pero yo me daba cuenta de que el pata nunca escribía. Yo escribía y él me respondía, puros
reply. Bueno, al final de cuentas pensé
que podía ser así, y no presté más atención al asunto. Nos seguimos viendo, seguimos en ese
plan. En realidad éramos algo así como
una pareja, pero ninguno de los dos se había declarado. Como él era el mayor, supuse que él debía
hacerlo, porque yo no sabía cómo era esto.
Una vez parece que lo quería hacer.
Yo me acuerdo que estuvimos en el carro. Cuando ya nos estábamos despidiendo, se notaba que el pata quería
decirme algo, pero no lo hizo. Tampoco
me importó mucho porque lo único que quería era estar a su lado, y ahí lo
dejamos.
Andábamos como una pareja, pero empecé a notar que
al parecer yo no sentía lo mismo que él.
Lo que yo sentía de verdad era que estaba enamorado de él. Este pata fue importante porque fue la
primera persona que me gustó en realidad.
Por los otros chicos sentía una atracción sexual. No como con las chicas, las chicas sí me
gustaban completamente, me enamoraba. Los
chicos me excitaban tal vez, pero este chico era el primero que me gustaba
completamente. Pero me di cuenta con el
tiempo que el pata quería sólo pasarla bien, tal vez. Yo a veces quedaba en encontrarme con él, pero me decía que no
podía. En ese tiempo en la universidad
estaba más palteado todavía, mi cabeza estaba en otro lado. Con mis amigos de la academia no paraba
porque no podía hablar de nada, y a Wilmer tampoco podía decirle que en su
universidad había un chico que me gustaba.
Wilmer me dijo que estaba yendo todas las semanas
al «Splash». Entonces yo le
propuse: «A ver, llévame para ver qué
demonios hay ahí». Entonces quedamos en
ir un sábado. Ese día yo también quería
ir con Jorge, pero me dijo: «No, no
puedo, estoy cansado». Entonces quedé
en ir con Wilmer. Estaba bajando para
ir a su casa en Miraflores, y veo a Jorge acompañado de otro chico que yo conocía,
en la calle. Era como un ampay, en
realidad era un ampay. Él no sabía qué
hacer. Saludé al otro chico: «Hola, qué tal, ¿a dónde vas?» Me dijo:
«Vamos a Lince, a un bar.
¿Ustedes se conocen?» Le
digo: «Sí, por email nada más». Tampoco era mi intención meter raje, nunca
me gustó hacer eso. Incluso el otro
chico me invitó a ir con ellos, pero yo pensé:
«No, pues, nada que ver». Estaba
enojado. Entonces los dejé, continué mi
camino, me encontré con Wilmer y le
dije: «¡Ya, vámonos nomás!» Le conté algo vagamente, le conté que estaba
enojado con un amigo. Fui con la
intención de desquitarme, ahí sí quería hacer cualquier locura, estar con el
primero que encontrase, aunque fuera delante de Wilmer.
Esa vez yo me acuerdo que Wilmer se demoró un
montón para alistarse. ¡Un poco más y
se maquilló ese maricón! Se notaba que
había cambiado de aspecto. Se había
vestido como yo, zapatos, jean, camisa, pero, qué sé yo, se había arreglado un
poco más, se le notaba el aire gay. Yo
cuando lo miré me sorprendí, nunca lo había visto así. Se puso encima un carpintero. Para un pata de veintidós era raro. Yo dije, «Bueno, así saldrá, caballero». Esa vez estuvimos esperando en la entrada de
«Splash» a sus amigos, que él me dijo que sí eran de ambiente. No fueron, no los encontró. Entramos a la discoteca a eso de
medianoche. Era la primera vez que
iba. La clásica, afuera nos revisaron
documentos. Ya tenía. Bajamos y, bueno, el ambiente que observé
era el de una discoteca normal. Le dije
a Wilmer: «¿De esto te asustas?» Porque el pata me contaba de la discoteca
como una cosa extraña, como sorprendido.
A mí que me habían pasado tantas cosas, que era lo más normal ver a los
patas así, como parejas. Me hubiera
sorprendido si los hubiera visto en un aire más escandaloso, pero como los veía
tranquilos, entonces para mí normal.
Se encontró con una amigo suyo y se fueron a un
rincón de la disco a bailar. Lo que
hice —como de verdad no sabía qué hacer— fue sentarme a ver, más o menos por
donde estaba el bar. Se me había pasado
ya lo de Jorge. Se veían sobre todo
hombres, una que otra chica, y se veían parejas, parejas, parejas. Gente feliz, bailando. ¡Cómo se movía la gente! Yo me divertía porque nunca había visto
chicos bailar juntos. Me vacilaba,
solito me vacilaba viéndolos bailar. Se
notaba que pasaban chicos y me miraban, con esas miradas de reojo. Yo no hacía nada, no quería hacer nada
porque estaba con Wilmer.
Wilmer y yo estabámos yendo al baño, y en la puerta
me encuentro con un amigo de mi colegio.
Nos miramos, y yo me metí.
«¡Wilmer, ahí está un pata de mi promo, ya me cagué!» Él me dijo:
«Sal, normal». Cuando salí, iba
a pasar delante de él como si nada, y me agarró por atrás. Me dijo:
«¿Y tú qué haces acá?» «Ah, vine
con amigo», y le presenté a Wilmer. Le
pregunté: «¿Y tú?» La clásica:
«Es la primera vez que bajo a este hueco. Vine con unas amigas».
¡Sí, qué amigas, maricón!. No
había nadie, pues. De hecho que era
gay, porque yo me acuerdo que en el colegio, para el quinceañero de mi hermana,
hubo fiesta en mi casa y él fue. Esa
vez yo sí estaba tomado. Me acuerdo que él me agarró. ¡El muy conchudo me agarró del hombro y me quería llevar a no sé
dónde en mi propia casa, alucina! Había
pensado que estaba tan borracho que no me iba a dar cuenta, pero yo nada que
ver, nunca he estado súper borracho. Yo
me sorprendí de que de pronto me empezara a agarrar. Ese tipo de experiencia nunca me había pasado antes en el
colegio. No me interesaba tampoco nada
con él, entonces la corté. Cuando lo vi
en la discoteca, me acordé
automáticamente de lo que pasó esa vez:
«Ah, ya, este es maricón».
Entonces empecé a sacar el habla con otros
chicos. Wilmer se sorprendió de que yo
empezara a hablar así, porque era la primera vez que iba a la discoteca. «Hola, qué tal, cómo te llamas, de dónde
eres». Yo no me daba cuenta de que los
chicos querían bailar, alucina. A mí no
me interesaba bailar. Me decían: «¿Quieres bailar?» ¡Ni siquiera me gustaba bailar con chicas y me querían hacer bailar
con chicos! Igualito bailábamos, y me
contaban sus cosas, más zanahorias, porque eran chicos que iban a la discoteca
por primera vez. A eso de las dos o
tres de la mañana llegaron los travestis.
Era primera vez que yo veía uno.
Los tres que llegaron eran patas altos, con cirugía y peluca. A mí me llamaba muchísimo la atención verlos
así. Me parecían exóticos, unos gays
exóticos. Nunca pensé en
discriminarlos, pero tampoco en mezclarme con ellos, porque no era mi modo de
ser, no me llamaba la atención. También
me acuerdo que esa noche estaba sentadito en el bar, tomando, por ahí una
limonada, y volteo, y estaba un actor de televisión. ¡Ay, mierda! El pata
estaba bailando con otros patas. Le pregunté a Wilmer: «¿Es gay?»
«¡Sí! Tiene su pareja y
todo». Me gustó la discoteca, pero yo
fui con la misma intención que fui a ese lugar a ver videos: quería conocer gente. Y me di cuenta de que nada que ver,
tampoco. Pero igualito me gustó.
Hicimos las paces con Jorge, lo perdoné. Como en
realidad no éramos mas que amigos, supuse que no habría problema en que nuestra
amistad continuase, aunque creo que ya no de la misma forma que antes. Ahí fue la primera vez que me escribió por
su cuenta sin que yo le hubiera escrito antes.
Se le notaba un sentimiento de culpa.
Me preguntó: «¿Cuándo
salimos?» Todos los sábados salía con
él. Ya me había acostumbrado, quería
salir con él, me sentía bien estando con él.
Yo me acuerdo que también fuimos al MHOL. Él me dijo que tenía que hacer un trabajo ahí. Ese día fuimos al panel donde hablaba la
gente mayor, donde estaba uno de los líderes del grupo. Hicieron una mesa redonda. Empezaron a discutir acerca de cuál iba a
ser el futuro del grupo. Yo empecé a
darles ideas. Yo también fui para tratar de buscar gente, y nada que ver. Pero no era un ambiente malo. Se notaba que era gente muy centrada. Tenían sus aires, pero eran gente bien
centrada. Sin embargo, nunca más volví
a ese lugar.
Me sentía muy bien estando con Jorge, pero todo
acaba. Un día estaba por lo baños de la
Católica, y lo encuentro ahí. Me
cagó. No pensé encontrarlo ahí. Me vio, y se le notó el sentimiento de culpa
. ¡Yo lo miré, me quedé zonzo, de
verdad! Yo no iba ahí a buscar
relaciones sexuales, porque de hecho pensaba:
«Yo lo tengo a él, somos relativamente una pareja. Entonces, si quiero tener relaciones, las
tengo con él». Lo que yo hacía era
conocer gente. Pero yo lo vi en una
situación explícita. No lo vi teniendo
relaciones con otro, pero, ¿qué iba a hacer un chico de la de Lima a la
Católica, a ese lugar? Más claro no lo
podía tener. Yo me quedé zonzo. Se notaba que él entendía lo que estaba
pasando, y se palteó. Pero el que
estaba más confundido era yo. Lo
miré. Salí de ese lugar. Me siguió.
Ya era de noche, y nos sentamos en una banca a hablar.
En ese momento entendí que lo que estaba sintiendo
por él era diferente de lo que él sentía por mí. Alguna vez tuve mis dudas acerca de eso, ¡pero ya pues, verlo
ahí! Ya no tenía que preguntar nada
más. Le dije: «Yo no te entiendo. No
entiendo qué estás haciendo acá». Era
una forma de decirle: «¿Qué somos?» Me dijo:
«¿Cómo que no me entiendes?» Al parecer él sabía de lo que le estaba
hablando, pero se hacía el loco. Me
dijo: «Pero si tú sabes que soy así, no
sé de qué te sorprendes». Ahí la
entendí toda: él me había visto sólo
como algo así como su amigo amoroso. Me
puse depre, ahí sí que ya no quería saber nada más con él.
Él me siguió escribiendo, como quien dice: «Aquí no
pasa nada». Me insistía: «¿Cuándo la seguimos? ¿Cuándo nos vemos?» ¡Yo qué iba a querer algo! Eso no era lo que buscaba, al menos de
él. Habíamos llegado a un nivel de
intimidad, éramos amigos, él sabe parte de mi vida. ¡Y que pase eso! Me quemó
todo. Nosotros siempre quedábamos por
email en encontrarnos los sábados, pero después de esa vez yo ya evitaba el
tema. No quería verlo, de hecho que no
quería verlo. Otra vez empecé a
sentirme mal. Yo pensé que ya estaba
haciendo una vida más estable, y él la malogró toda, al menos hasta donde había
avanzado.
Volví a ir a la discoteca «Splash» con Wilmer, pero
esta vez con sus amigos, dos amigos que ya me había dicho que eran gays. Fuimos, empezamos a hablar. Esa noche yo me acuerdo que tuve un
problema. Los dejé solos para que
hablaran, no quería estar con ellos. Me
senté en el mismo lugar de la vez pasada a ver qué hacía. Estaba sentado, y un chico me miró, la
clásica. Estaba lindo, y yo lo miré
también. Me empezó a hablar, empezó a
sacar plan, y fuimos a bailar. Me
mostró un fotocheck, practicaba lucha libre, tenía buen cuerpo. Tenía más o menos mi edad, dieciocho,
diecinueve. Después me preguntó algo
que yo no entendí, porque de verdad no sabía:
«¿Quieres un mameluco?» Yo
pensé: «¿Qué mierda es un
mameluco?» Le dije: «No, no quiero». Seguimos bailando.
Después volvimos a sentarnos a su mesa, y empezamos a tomar. Yo tomaba sólo el trago de cortesía. Me dijo la clásica: «¿Vienes solo?» Yo le dije: «No, mis
amigos están al otro lado». El chico
venía con mancha, con una chica y otro pata más. Se notaba que lo vigilaban.
Seguimos bailando y el chico me volvió a plantear
eso. Después de un tiempo de pensarla,
más o menos como que la entendí. Le
dije: «Ya pues, vamos». Me dijo:
«Ven, ven, entremos acá». Me
metió a un baño. Ahí me di cuenta de lo
que estaba pasando. El pata era algo
así como un flete. ¡Quería que yo le
pagara para que yo le hiciera eso, encima!
Le dije: «Espérate, ¿yo te tengo
que pagar para que te la chupe? ¡Estás
huevón, no jodas! Aquí no pasa nada
pues, cuñado». A mí no me gusta eso, mucho menos si es pagado. Eso ya no era intimidad sino un canje, una
venta, y eso no me gustaba. Me hacía
recordar incluso al pata ese de Año Nuevo.
Me iba a quitar, y me hizo problema.
Me metió barajo. Me dijo: «¡Ya pues, entonces págame lo que me
debes!». ¡Yo no le debía nada! Me dijo:
«¡Yo te he invitado tal cosa, tal cosa y tal cosa, págame!» Estábamos en ese baño grande, donde entran
dos, y cerró la puerta, no dejaba entrar a nadie.
Ahí entendí bien:
el pata quería billete. Como no
quería darle mi plata, le dije: «Mi
billete lo tiene mi amigo, vamos a pedírselo si quieres». Me dijo:
«¡No, tú me das ahorita!» «¡No
tengo, nada que ver!» Empecé a sacar
para que viera, y en el bolsillo estaba el DNI. ¡Y me lo quitó, así! Me
dijo: «¡No te lo doy hasta que me des
plata!» Ahí sí me enojé: «¡Oye, dame, conchetumadre!» Me asé, porque el pata ya había ido a
más. Me dijo: «Oye, ¿tú que me vas a hacer?
¡Yo soy de Breña!» Tampoco
estábamos tan solos, en ese lugar había gente.
El pata de seguridad sabía que podían pasar agarres en el baño, y empezó
a tocar. Decía: «¡Salgan, salgan!» Le abrimos, y yo le dije:
«¡Este pata tiene mi documento!»
El chico dijo: «¡Este pata me
debe plata, no me quiere pagar!»
Entonces el de seguridad, que era un hombrón, dijo: «¡Ya, ya, primero que nada dale el
documento!» Después, a los dos nos
empujaron hacia la puerta, qué roche.
Mi pata Wilmer estaba con su manchita de locas bailando en una esquina,
y no se daban cuenta de nada. Entonces
el chico vio que en realidad el que iba a pagar pato era él, porque yo no había
hecho nada. Entonces dijo: «No, no, compadre, aquí queda».
Después de eso, seguí con la manchita de Wilmer,
hablando. A mi amigo le gustaba bailar
en el espejo. ¡Y bailaba bien, como
nunca! Yo notaba que había mucha gente
que bailaba en los espejos. Ese día
salimos en la madrugada, cinco, seis.
Éramos cuatro. Mi amigo estaba
muerto de sed. Dijo: «Vamos a comprar una gaseosa en Santa
Isabel». Él se quitó, y yo, para no
quedar mal, me quedé con uno de sus amigos en el Parque Kennedy. Era por junio, más o menos. El pata dijo: «Uy, hace frío, préstame tu casaca». Me la quité y se la di.
Dijo: «¿No, pero tú no quieres
abrigarte, no tienes frío?» Le
dije. «No, no, úsala nomás». Me dijo:
«No, no, ven, ven». Y me agarró
con la casaca y me tapó. «¿No te
importa, no?» Yo le había dicho a
Wilmer que no era homosexual, pero nada que ver, este chico sabía. Me dijo:
«¿Y tú desde cuándo conoces a Wilmer?»
Y de pronto dijo: «Oye, ¿hace
frío, no?» Y por dentro me agarró la
mano. «¿No tienes problema con que te
agarre la mano, no es cierto?» «No, no
te preocupes». Después me empezó a
agarrar la espalda. Me dijo: «Tú agárrame, normal, tú no tengas
problemas». Y me preguntó, así, de
frente: «¿Tú eres gay?» Y yo le dije: «Bueno, ¿qué crees que estoy haciendo acá?» No me preguntó más, y justo en ese momento
llegó Wilmer con su otro amigo, y se sorprendió de vernos a los dos, tapados y
agarrados de la mano.
Como ya era de mañana la gente salía de las
discotecas. Salían en camionetas
enteras y nos veían a los dos así, me daba roche. Salimos de ese lugar, y entre los dos amigos de Wilmer empezaron
a hablar. Uno le dijo al otro en
inglés: «¿Él sabe que Wilmer es
gay?» Ahí entendí: «Ah, ya, conque éste también es». Supuestamente él y yo íbamos a la discoteca
como que no éramos gays. Yo dije: «Yes, I know». ¡Ahí se paltearon!
Y mi amigo Wilmer, que no sabía de lo que estábamos hablando, dijo: «¿De qué hablan?» «De nada, Wilmer, no te preocupes». Empezaron a maletearlo.
Me dijeron: «Ay, tú conoces a tu
amigo, que se pone a gritar en la discoteca y en el Parque Kennedy». Yo le digo:
«Wilmer, ¿es verdad?» Y se
palteó.
A los dos días Wilmer me llamó por teléfono, y me
dijo así, todo rochoso: «Te voy a
contar algo, pero es bien serio». Le
dije: «Ya, habla nomás». Yo ya sabía. «Bueno, soy homosexual, y estoy orgulloso de serlo». «¿Ah sí, Wilmer?» Yo hacía como que no sabía.
Empezó a hablar. Lo
interrumpí: «Espérate, espérate, no es
por copiarme ni nada, pero yo también».
Él ahí sí que se rió, porque mi comportamiento no era nada obvio. Le dije:
«¿De qué te ríes, maricón?» Yo
estaba al costado de mi mamá, que no entendía de qué estábamos hablando. Él ya estaba en la de Lima, me dolió en el
alma que se hubiera quitado. Él era mi
amigo amigo, y encima era gay, pero justo se quitó antes de que empezáramos a
hablar de esto. Quedamos en
encontrarnos en su universidad para hablar, ahora sí, a hablar de lo que nunca
habíamos hablado.
Ese día, en la entrada de su universidad, me
encuentro con Jorge, porque él estudia ahí también. Me palteé. Me dijo: «Ahorita no puedo hablar, tengo que hacer
unas cosas», y se quitó. Lo mandé a la
mierda. Ese día hablé con mi amigo
Wilmer, y me contó todo. Volvimos a
Miraflores, a la Rotonda, y ahí hablamos.
Él incluso había tenido pareja, en mis narices. ¡Yo iba a verlo, yo hablaba con él todos los
días, y nunca me contó eso! «Sí, que me
gusta María, que María por aquí, María por allá», y había tenido pareja y
todo. Era el primero con quien de
verdad podía hablar francamente, porque éramos, somos amigazos. Le dije:
«A ver, cuéntame cómo ha sido tu vida».
Yo aluciné que me iba a contar algo así como lo que yo te estoy
contando. Pero en vez de eso, ¿qué me
dijo? «En el colegio tuve
enamoradas. Después un chico por ahí
que se insinuó, y no pasó nada. El año
pasado se me declaró un chico. Fin». Le dije:
«¿Eso es todo?» Yo me alucinaba
que le había pasado algo como a mí, pero me contó su vida así, en tres
palabras.
Me preguntó:
«¿Y tú? Cuéntame». Puta, le conté todo, y se quedó
boquiabierto, no pensaba que pasaban esas cosas. También le hablé de Jorge, y le conté otra cosa. Cuando todavía salía con Jorge, una vez
quedamos en encontrarnos en su casa, pero él no venía. Yo estaba con su mamá, y le dije: «Señora, yo me voy». Me estaba yendo, y lo veo llegar en su carro
con un chico. Yo pensé: «Este huevón». Subimos otra vez a su departamento. Lo que había pasado era que el otro chico era su amigo del
colegio. Habían ido a la playa y se
había hecho tarde, supuestamente. No le
importó que yo lo estuviera esperando en su casa. Me dijo: «Él es gay
también». Jorge se fue a bañar, y yo me
quedé con su amigo. Él dijo: «A ver, voy a prender la radio». Estaba con un short, y se agachó, dejó que
yo le viera todo. Después el pata se
fue a la cocina. Me llamó: «Oye, ven».
«¿Qué?» «Ven, ven, ven». Yo ya sabía lo que quería. El pata me empezó a agarrar, me empezó a
besar. Pensé: «Ya sé quién le enseño a besar a mi amigo». Por poco y quien sabe, hacíamos el amor,
pero le dije: «Aquí nomás». Después nos sentamos a ver tele en el sofá. Cuando llegó Jorge, los dos nos pusimos
serios. Todo eso le conté a Wilmer, le
conté cada cosa que me había pasado, y el otro no se la creía.
Otro día volvimos a ir a la discoteca. Comparado con el tipo de patas que había
visto, los que veía allí para mí eran unos santitos, unas señoritas. Si Wilmer quería bailar con otro pata, yo lo
se lo traía y le decía: «Baila con
él». Estaba todavía en el cuarto ciclo,
y a la par que sucedía esto, todavía quedaba lo de Jorge. Me marcó bastante, me ponía depre. A la hora de dar exámenes me distraía, y me
iba mal en los cursos. Al final no sé
cómo, pero sólo desaprobé uno, Estadística.
Mi único consuelo fue el curso de Teología, que fue bacán,
alucinante. Yo tenía, tengo mi
teología. Conversando con el cura —un
pata Castillo— entendí que mis ideas no estaban tan mal. El pata también era de ideas
revolucionarias, no senderista, pero no era tan cerrado, a pesar de ser
cura. Yo prestaba atención como nunca,
iba a todas sus clases, y encima pasé con un notón.
Ahí acabó el cuarto ciclo. Jorge contó que, haciendo sus trabajos de
investigación, se había topado con un grupo de la Católica que se llamaba GPUC. Le dije:
«¿Qué cosa?» «Sí, hay un grupo que se llama GPUC, que es un grupo de
ambiente de la Católica». Me dijo que
había conocido a alguien —«Brunodark»— y que había recibido información. Le dije:
«¿Ah, sí? No te creo». Él no me dio la dirección, así que tenía que
buscarla. A fines de semestre tanteé,
busqué en RCP, y no sé cómo por ahí que la encontré. ¡Me sorprendió ver una página así! «¡Mierda! ¿Qué es
esto?» ¡Yo feliz! Empecé a chequear la página de a pocos,
porque tampoco tenía mucho tiempo. Leí
los artículos, las cosas que decía, y bueno, pedí un anfitrión, pero al
comienzo no escribían. Ya para ese
tiempo me habían pasado un montón de cosas.
Como vi las anécdotas, les escribí:
«Yo les cuento una, y a ver chicos si me responden».
En una de esas me respondió «Chopin»: «Me han designado para ser tu
anfitrión. Disculpa que no te hayamos
escrito antes, pero pensábamos que ya te había escrito uno de nosotros, y al
final nadie te escribió». «Ah,
bacán». Empecé a preguntarle cómo era esto,
pero lo de él duró sólo un par de emails, porque después me escribió
«Brunodark». Me dijo: «El otro pata no te pudo contestar, porque
se malogró su computadora y no tiene acceso fácil, así que yo voy a ser tu
anfitrión». «Ah, ya bacán». Me acuerdo que le escribí preguntando por
chicos de mi edad, porque yo te dije, la mayoría de gente que había conocido
habían sido unos adultos pendejos. Yo
al menos hubiera pasado por alto que un chico hubiera sido así. Empezamos a entrar en confianza por email —yo
escribía todos los días en las vacaciones de medio año— y le pregunté: «¿Tú sabes si hay algún pata de diecinueve
con quien pueda hablar». Me dijo: «¡Estás piña! ¡Acá no hay nadie!».
«¿Ah, sí? ¿Pero no conoces a
nadie?» «No, al menos gay no». «No importa. Si conoces a alguien, bacán, me lo presentas». Seguimos escribiéndonos. Nos hicimos patas. Me empezó a contar cosas.
Me dijo que tenía veintiocho. La
referencia que yo tenía de los patas de esa edad era que eran recontra raros,
pervertidos. En cambio este pata era
más tranquilo. Bueno, no
tranquilo. Tú sabes cómo es él, ¿no es
cierto? Es inquieto, pero al menos se
le notaba cierta cordura. Por eso yo le
dije: «A ti se te nota más
cuerdo». Se rió. «¿Cuerdo yo? ¡Nada que ver!» Me cayó
bien. Cada persona cuando escribe
proyecta cómo es. Se notaba que era
diferente al tipo de adulto que yo había conocido. Obviamente le seguí escribiendo.
A la par estaba todavía con Jorge, pero todo era ya
más frío. Él todavía quería salir,
quería todo, y yo ya no le daba cuerda.
Me di cuenta de que el pata esperaba que yo le dijera: «¿Quieres salir?», y él me hubiera dicho que
sí. Pero como yo no le decía nada, él
nunca me decía nada. La típica. A la par seguía hablando con mi amigo
Wilmer. Me gustó que fuera gay porque a
él lo conocía de antes. Éramos amigos
sin necesidad de ser gays. Nunca
metíamos floro, sólo hablábamos de lo que nos interesaba, y ahora saber que era
gay, ¡bacán! Qué más podía pedir, si
además GPUC estaba ahí? Pensé: «Este es el fin de la historia. “El chico se volvió estable, y vivió feliz
para siempre”».
¡Nada que ver!
Ahí empezaron a suceder más cosas, pero ya en otro
sentido. El hecho de tener a mi amigo
Wilmer me daba más estabilidad, y podía pedirle consejos. Al mismo «Brunodark» le podía pedir
consejos. Ya no tenía que estar
arriesgándome a un encontrón para conocer gente.
Entré en confianza con «Brunodark», le di mi teléfono y mi nombre verdadero por
email. Me llamó ese día. Le pregunté: «¿Tú quién eres?» «“Brunodark”. Tú te llamas
fulano de tal y vives en tal lugar, ¿no es cierto?» ¡Ay, conchesumadre! Ahí
me palteé un poco. Mismo Sherlock
Holmes, cuando te lo suelta todo. Me
fichó al toque. Le pregunté: «¿Tú cómo sabes?» «Es nuestro secreto. Nosotros
tenemos medios, contactos y todo». Yo
ya sabía que si le daba mi nombre me podía rastrear. Se lo di porque de verdad habíamos entrado en confianza. Al menos comparado con otros chicos de su
edad, a él le tenía una confianza enorme.
Por lo que proyectaba ser, lo respetaba mucho más que a otros. Sabía que en algún momento me iba a ubicar,
pero no sabía que esa misma noche me iba a llamar para decirme todo eso. Le dije:
«Voy a ver No se lo digas a nadie». «Si quieres nos conocemos».
«Ya. ¿Cuándo?» Quedamos en encontrarnos en la calle Tarata,
esa misma noche, después del cine. Le
dije: «Ya bacán, no hay problema». «¿No te chupas, no?». ¡A mí me decía, a mí que me habían pasado
tantas cosas! «No te preocupes, claro
que no me chupo».
Esa noche había pedido permiso a mi mamá para ir al
cine con un amigo, pero fui solo a ver esa famosa película. Me llamó la atención. La parte que más me impactó fue cuando le
pegaron al travesti. Me chocó no porque
fuera travesti, ni porque sintiera algo por ellos, sino por el hecho de que
fueran tan mal entendidos. En ese
momento me sentí identificado con él.
El típico padre, este padre posesivo que tenía el chico, me hizo acordar
mucho a los cusqueños, a mis tíos. Eran
hacendados, con gente a su servicio. Si
por ahí un hijo les decía: «Papá, soy
gay», le hacían lo mismo. Acabó la
película, ¡y empezó la de a verdad! Fui
a conocer a «Brunodark». Fui a la calle
esa, y se demoró un tiempito porque parece que estaba en Barranco. Ahí lo conocí. «Hola, qué tal». A mí me
daba roche estar con él, obviamente. No
lo conocía, y además en ese tiempo, Wilmer me había llamado, todo solapa. Me dijo:
«Escúchame. No te voy a llamar
en un buen tiempo. Mis papás ya
saben. No me llames. Les he dicho a todos mis amigos que yo los
voy a llamar, porque si no van a preguntar por todos». Eso era aislarme de él. Yo dije:
«¡Ay, no, otra vez no!». No
quería quedarme sin patas otra vez.
Pero caballero, nomás. Toda la
comunicación era por email, por suerte teníamos el correo. Parece que más que saber, su mamá
sospechaba. ¡Y algo fuerte, porque se
lo sacó en cara! Yo pensaba que si su
mamá me encontraba con este señor de veintiocho años, ¡estaba cantado lo que
iba a pensar! Me iba a joder a mí, e
iba a joder a mi amigo. Me sentí
incómodo, y le dije: «¿Qué tal si vamos
a otro lado?» «Ya. ¿Qué tal si vamos a Lince?»
Me llevó al «Hedonism». Ahí estuvimos hablando.
Yo le dije: «Gracias por
traerme». Tú sabes cómo es: más bonito que el «Splash», más serio, más
formal. Me empezó a presentar a sus
patas. Había un par que ya había
conocido en esos baños, pero estaban diferentes. A estos patas, que eran rayados y arrechos cuando estaban en el
baño, se les notaba más cuerdos. Cuando
me los presentaron, yo dije: «Ah,
ya». Como quien dice: «Te conozco, bacalao». «Brunodark» empezó a bailar, a saludar a
todo el mundo, y me a presentó a mucha gente.
«Este es Chopin, era tu anfitrión».
El pata se arrochó. Siguieron
las presentaciones: alumno, profesor,
jefe de prácticas... de ambiente. ¡Yo
me quedé zonzo!
Seguí escribiéndome con «Brunodark», porque no lo
podía ver todos los días. Ya estaba en
quinto ciclo. Pasó lo mismo que en
cuarto ciclo. Los primeros días sentía
como que todos me miraban, como que sabían.
Ya no quería ver a mis amigos de la academia, porque me sentía mal. Pero estaba GPUC, ya estaba otra vez con mi
amigo Wilmer, y ya lo de Jorge había pasado, así que me sentía más estable. Empecé a conocer en persona, poco a poco, a
gente que había conocido por email.
Cuando nos conocíamos, cada uno tenía una historia. Había chicos que me contaban acerca de sus
primeras experiencias, y decían cosas interesantes. Un chico, por ejemplo, me dijo que en el colegio estaban jugando
entre cuatro amigos, y querían tener sexo.
La sortearon, y me dijo: «A mí
me tocó la de mujer». Y desde ese
momento le gustó. Empezó a buscar
gente, y fue la clásica que hasta un año era chico de casa, y a partir de ahí
era callejero, iba de discoteca en discoteca.
Era un pata de dieciséis. Eso me sorprendió mucho.
Me di cuenta de que de mi edad para arriba era una generación, de mi
edad para abajo era otra, y yo estaba en el medio. Los patas menores ya tenían una vida más abierta. ¡Este chico me contaba con toda libertad que
en el colegio sabían que había ambiente!
Por ejemplo, en quinto año, su fiesta de promoción fue una juerga
total. Había un chico que era de
ambiente, y toda una noche estuvo con varios chicos en un cuarto. ¡Yo me sorprendí! Eso era inimaginable en mi colegio. Él todavía tenía cara de niño, ¡era un niño! Andaba con ropa pegada, y me contó que se
había empezado a juntar con cierto grupito de patas mayores que él. En poco tiempo lo cambiaron. En menos de seis meses, el pata ya estaba
cantado. Lo que pasó con él fue tan
explosivo y en tan poco tiempo, que no pudo digerir todo. ¡Alucina!
Me contaron que estaba de flete, incluso travesti. ¿Un chico de dieciséis, de travesti? Hasta el momento que lo conocí todavía
estaba pasable, parecía normal, un hombrecito, a pesar de que tenía sus
mariconadas. ¿Y que me digan que era
travesti? ¡A la mierda! Espero que no sea cierto.
Así iba conociendo más y más gente. Ya estábamos por medio semestre. Ahí «Brunodark» me propuso algo que a la
larga cambiaría de nuevo mi vida. Me
dijo: «¿Quieres ser anfitrión?» «¡Sí, bacán!» Me gustó la idea, y acepté.
Fui a la reunión que hubo en la primera semana de agosto. Me di cuenta de que lo que estaba por hacer
era en serio. Me dijo: «Ya te he mandado un chico para que le
respondas». Era un chico de veintiuno,
de San Marcos, que había escrito: «Me
demoré mucho tiempo en escribirles. Les
escribo porque quiero dejar de ser reprimido como soy. Quiero pensar que esto no es una enfermedad,
y quiero conocer gente como yo». Me
hizo pensar en lo que hubiera sido si es que no hubiera aceptado lo que
era. Si a mí me pasaron todas las cosas
que me pasaron, fue justamente porque yo decidí ser como soy. Ahí me dije: «Si no me hubieran pasado esas cosas, estaría escribiendo como
este chico». Yo le respondí con lo que
yo sabía, y que de hecho sabía que estaba bien. «No te preocupes, esta no es una enfermedad». Pero no me escribió. Se chupó y no escribió más.
Después también me empezaron a mandar otros emails,
gente que pedía información. Les
escribí, pero no volvieron a escribir.
Un día me escribió otro chico, un tal Elmer, con quien ya nos habíamos
escrito por email. Había oído hablar de
GPUC y pidió un anfitrión, y justo me lo asignaron a mí. Le escribí:
«¡Sorpresa! Me han asignado para
ser tu anfitrión». «¡Qué bacán! ¡Ya sabía que este mundo era pequeño!» Nos escribíamos todos los días. Para ese tiempo ya éramos amigos. Me contó casi la misma historia del chico de
San Marcos. Me dijo: «Ya estoy harto de vivir así. ¿Por qué yo? ¿Por qué me ha tocado vivir así?
Hubiera preferido no serlo. No
es fácil vivir así acá. ¿Por qué
yo? ¿Por qué yo? ¿Por qué yo?» Le dije de corazón:
«Justamente porque eres tú y no eres otro. Es por eso. Esto le viene
a cada persona. Esto del ambiente no es
malo. ¡Para mí es bacán!» Para ese momento ya estaba emocionalmente
estable. Ya sabía cómo conocer gente,
ya sabía qué hacer. «Es fácil si lo
sabes llevar. Es fácil también conocer
gente como tú, o sea tranquila, que busque amistades. No te preocupes, esto no es nada malo. ¡Al contrario, es divertido!
Yo no me imagino mi vida sin haber sido gay. Vas a ver que va a ser bacán.
Te va a gustar, y todo depende de con quién te juntes y que busques
amigos buenos».
Le dije algo en lo que había estado pensado: «No sé si tú serás católico. Yo tengo mis ideas, pero igualito creo en
Dios. Yo nunca le pedí cosas. Sólo me acuerdo que una vez, a eso de los
doce o trece, le pedí que fuera diferente, de corazón, no de floro, que yo no
quería vivir como de alguna manera veía que vivía la sociedad. Hasta ahorita la veo demasiado
repetitiva: niño, adolescente, padre de
familia, esposo, trabajador, ¡muerto!
Le dije a Dios que no quería una
vida así. Le dije que quería hacer algo
especial, diferente. ¡Y me ligó! Yo no le pedí ser gay, pero ahora me
considero algo especial. Yo ahorita se lo
agradezco, porque de verdad es una experiencia única. Vas a ver que te puede ir bien».
Al día siguiente me escribió:
«Antes que nada, MUCHAS GRACIAS!!
Ha sido una de las cartas mas lindas que alguien me haya escrito en mi vida. Sabes, me sentí como que no estoy solo en
este mundo y que hay gente, como tú, que siente las mismas cosas que yo, y eso
me parece lo máximo porque estoy seguro que a partir de ahora va a empezar mi
nueva vida, y voy a tener los amigos que he buscado y no he encontrado
aún. Gracias por haberme hecho sentir
especial, que le importo a alguien porque soy como soy. Me has hecho ver las cosas desde un punto de
vista diferente». Eso me alegró. Era la primera vez que entendía que podía
ayudar a la gente. Estaba feliz. No le había metido floro, no lo había
engañado. Yo simplemente le había dicho
la verdad y lo que me salía del corazón.
Me alegré de que hubiera gente que me escuchara.
También me di cuenta de que esa historia no sólo
pasaba con aquéllos de los que yo era anfitrión, sino con otros amigos que
conocía por email, y que me decían lo mismo.
¡Era patético! Es increíble
escuchar a un chico de veintiuno, veintidós, que te diga: «¡Estoy harto de vivir así! ¡Quiero cambiar!» Yo no los mandaba al diablo porque eran amigos y buscaban
ayuda. Yo les escribía algo parecido a
lo que le escribí a este Elmer de dieciocho, y también se sentían recontra
agradecidos. «Gracias, te quiero». Hasta ahora me dicen cosas así. «Te aprecio mucho, eres mi amigo especial,
nunca había conocido a nadie como tú».
¡Y todos se la juraban que yo tenía pareja, para colmo! Al menos parece que la imagen que proyectaba
era de alguien estable, maduro. Todos
se la juraban que yo tenía pareja y que vivía una vida feliz. ¡La gente me veía como una madre! Yo les decía: «No, no tengo pareja. El
día que tenga se los voy a presentar, lo voy a publicar». La cuestión es que tampoco estaba tan
estable que digamos. Lo que pasó es que
en menos de un mes mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Hasta antes de la propuesta de «Brunodark»
era un pata curioso, que metía la pata y al que le pasaban cosas fuertes, pero
que después de todo podía sobrellevarlo porque en fin, casi nadie sabía de
eso. Pero de pronto me veo rodeado de
amigos y conocidos, que empiezan a preguntar por mí y que están pendientes de todo lo que hago, y eso me
incomodaba. Era por la falta de costumbre,
pues el cambio de ser un gay incógnito a ser anfitrión de GPUC se me hizo
difícil de digerir. También por el
hecho de que cada día conocía gente nueva que de una u otra manera me tenía
bajo observación. Sentía mucha presión hacia mi persona, de los demás y de
mí mismo. Ahora tenía amigos, una
reputación que cuidar y una imagen que dar, y para alguien como yo, a quien le
había pasado cada cosa, era muy difícil.
Con el tiempo aprendí a sobrellevar esa situación.
El quinto ciclo, después de todo, fue estable, muy
estable. Conocí amigos en la forma que
yo quería. Eran amigos como los que yo
esperaba: no tan rayados, pero tampoco
tan zonzos. Eran normales, pues. Una vez conocí a un chico que cambió mi
forma de ver las cosas. Una día dejé a
mi amigo Wilmer en Miraflores, en su casa, y me estaba yendo a casa, y este
chico, Alberto, estaba ahí sentado en la Rotonda. Me miró a los ojos de frente.
Dije: «Ya, éste es gay». Una forma de vacilarme era mirar de frente a
los ojos para que el otro bajara la mirada.
Pero no bajaba la mirada para nada, y me miraba de una forma rara, entre
serio y triste. Nos seguimos mirando
así, hasta que yo me quité. Pero
después dije: «¿Me acerco o no me
acerco?» Regresé y me acerqué. Le dije:
«Amigo, ¿te conozco?» «No». «¿Por qué me miras así?» «¿Pero cómo?» «Así, tú sabes cómo me miras».
Me senté a su lado y empezamos a hablar. « ¿Tú eres gay?» «Sí, yo sí». «Yo también». Él vivía en
el Callao. Me contó que estaba así
porque había peleado en su casa con su hermano. Esa mirada era porque estaba con los ojos rojos. Había estado llorando. Estaba renegando porque según él le hacían
más caso a su hermano, por eso se había ido hasta Miraflores. Como notó que había ambiente, se quedó ahí. Me llamó la atención el hecho de que me
contara cosas que en realidad nadie cuenta.
Traté de consolarlo: «No llores,
no te pongas así, vas a ver que te va a ir bien». Nos hicimos amigos, y le di mi teléfono.
Realmente el chico me había caído bien. El problema
era que no supe de él sino hasta por lo menos cuatro días después que nos
conocimos, cuando me llamó. Y te digo
que fue un problema porque ya para ese rato ni me acordaba cómo era, pero tenía
deseos de verlo de nuevo. Quizá no fue
su físico lo que me llamó la atención, sino su forma de ser en sí, y cuando me
llamó para arreglar un encuentro me alegré mucho. Quedamos en encontrarnos un sábado por la tarde en la
Rotonda. Ese día tenía una práctica en
la universidad, así que de la Católica me quité para Miraflores. Esa tarde había uno de esos espectáculos al
aire libre y mucha gente lo observaba.
De pronto me di cuenta que ya había pasado un tiempito y el pata no llegaba. Eso como que me palteó, pues pensé que no
vendría, y la verdad es que me moría de ganas de volver a verlo. Sin querer empecé a ver a un grupito de
chicos que observaban el espectáculo ese.
Bueno, era Miraflores y habían chicos lindos. Se les veía tan lindos con esos portes varoniles y con ese aire
algo atractivo que tienen algunos chicos que paran por ahí. Mirándolos pasó el tiempo. Me estaba resignando a pensar que no vendría
pero cuando volteo, lo veo llegar, bajando de una combi en la Avenida Larco y
dispuesto a cruzar la calle, para entrar al parque Kennedy. El pata estaba con una chompa blanca,
pegadita, su pantalón jean negro, unas chaquiras, su pelo largo, y venía
acomodándoselo. Mientras cruzaba la
calle estiraba las mangas de su chompa, para agarrársela con las manos, de una
forma que realmente me sorprendió. ¡Ay,
mierda! ¡Ahí me asusté bastante! ¡Qué es esto! El día que lo conocí lo había visto de noche. A lo mejor si me hubiera dado cuenta cómo
era no le hacía el habla. ¡Me quedé
zonzo! ¡Parecía una mujer! Bueno, quizá no tanto así, pero en realidad
nunca había visto un chico que fuera así, y que mucho menos fuera mi pata. Me saludó, siempre acomodándose el pelo
largo. Empezamos a dar vueltas por el
Parque Kennedy —que para lleno los sábados y domingos— a plena luz del
día. Te juro que me daba roche. ¡Era algo amanerado, pues! Todo el mundo nos miraba, y noté que él no
se daba cuenta.
Yo le empecé a hablar como amigo: «No, tienes que comportarte bien. Párate así, compórtate así». No sé si me habrá entendido. De cuando en cuando íbamos al baño del
Kentucky o del Bembo´s, ¡y él se arreglaba!
Yo me acuerdo que una vez estábamos en el baño, y entró uno de
seguridad, pensando que los dos éramos pareja y que nos iba a ver agarrando. Pero no estábamos haciendo nada, sólo
estábamos hablando. Se quitó. Como seguíamos ahí, el pata volvió y se puso
en la puerta, como quien dice: «¿Ya se
van?» Alberto era especial. Cuando podíamos nos sentábamos a hablar y me
mostraba fotos de su familia. Lo veía
diferente, porque los otros chicos en la vida te iban a hablar de eso, tampoco
les interesaba. Yo también era un chico
de familia, así que me gustó hablar de eso con él. Empezamos a salir más. Lo
que en el cuarto ciclo era estar el fin de semana con Jorge, ahora era estar
con él.
Un día pasó algo.
Me dijo: «Acompáñame al
Bembo’s». Ya sabía, quería ir al baño
para arreglarse. «Ya, vamos, vamos
rápido». Cuando estábamos saliendo me
dijo: «Yo te invito algo». «Ya, normal, gracias». Estuvimos comiendo arriba, y comenzamos a
hablar. «Cuéntame: ¿cómo te parece que soy?» «Eres tranquilo, buena gente». «No, pero dime qué más. ¿Qué te parezco?» «Me caes bien». «Sí, pero
dime algo más». Yo me acordé de Jorge,
que si yo no hablaba, no hacía nada.
¡Lo que me pareció era que se me estaba declarando! «Dime más, dime más, dime cómo soy, qué te
parezco». Yo le dije: «Eres tranquilo, lindo, y creo que me
gustas». Dijo: «¡Ay, ya me palteé!». ¡Ahí me di cuenta de que la había
cagado! Se quitó al baño, y yo lo
seguí. Se arregló, como siempre, y
cuando estaba saliendo, le dije:
«Espérame». Yo lo quería
besar. Le dije que había entendido que
se me estaba declarando, ¡pero el pata no, pues, nada que ver! Por ahí que
hasta lo forcé para que se quedara en el baño, pero él se soltó, se arrochó, ¡y
se quitó! Ahí pasamos un roche. Al menos el que pasó roche fui yo, porque
entendí todo mal. «¡Ya la cagué, ya la
cagué!»
Salimos del Bembo’s, volvimos al parque Kennedy, y
en el camino no hablamos nada. Sólo por
ahí una que otra palabra. Realmente no
sabía qué decirle, ni cómo. Nos
sentamos en el lugar ese donde te lustran los zapatos. Le di mi walkman: «Toma, escucha música».
De lo inquieto que siempre paraba, de pronto se tranquilizó cuando se
puso los audífonos. Cuando empezó a
escuchar música, estaba tan tranquilo, tan seriecito, todo hombrecito, que de
pronto sentí algo que no había sentido hacia él antes. Me quedé realmente encantado de cómo estaba
en ese momento. Sin querer lo quedé
mirando. Él escuchaba música y la
tarareaba. Cuando se daba cuenta de que
lo miraba, me miraba también, me sonreía y seguía tarareando la música. Pasó eso por lo menos unas tres veces. Así estábamos, sin decir palabra. Entonces me dolió más que hubiera pasado lo
del Bembo’s. «Ya la cagué, ya no me va
a hablar». Después de un rato, me dijo
para dar una vuelta por el parque.
Encontramos una banca libre, me dijo para que nos sentáramos y me
preguntó: «¿Qué era lo que querías
hacer en el baño?» «No sé, te quería
besar». Me dijo. «Si quieres conservar nuestra amistad, nunca
más lo vuelvas a hacer». Le pedí
disculpas. Pero lo más curioso es que
después de eso me dijo. «¿Y cuándo nos
volvemos a ver?» «No sé. ¿Cuándo puedes?» «Ya, ven el sábado».
Después de eso, los siguientes sábados andábamos por el Parque Kennedy
—andamos hasta ahorita—, no te miento, pegaditos, un poco más agarrados de la
mano, y enfrente de todos. Es que esa
es su forma de caminar, y me mataba de risa por dentro de que anduviera así con
un chico. Al principio no sé, trataba
siempre de ir detrás o delante suyo, pero con el tiempo me acostumbré a caminar
así. A veces me daba cuenta de que nos
veía gente conocida. Parábamos en la
Rotonda, donde nos conocimos. Empecé a
conocer a sus amigos. Él frecuentaba ese lugar más que yo, y conocía
más gente.
Una vez pasó algo que también me palteó
bastante. Alberto y yo quedamos en
encontrarnos de noche. Ya no había
nadie en la Rotonda. Estábamos
sentados, los dos pegaditos, hablando.
De repente, se aparece un amigo de la promoción de la Trener, de los que
estaban en la universidad conmigo. ¡Y
era más homofóbico! Yo dije: «¡Si me ve, me cagué!» ¡Yo no sabía qué hacer! No podíamos voltearnos porque igualito me
iba a ver. No podía avisarle a Alberto
porque mi pata de la universidad prácticamente estaba en mi cara. Entonces
hice lo primero que se me vino a la mente. Me paré rápido. Le dije: «¡Hola, cómo estás, qué tal!» Hasta ese momento no me había visto. Miró detrás de mí y lo vio a Alberto. El pata la adivinó, pero no me dijo
nada. El problema de la gente de la
Católica es que es muy hipócrita. Me
dijo: «¿Y tú cómo estás, qué estás
haciendo?» «Estoy por acá, dando vueltas». No le presenté a Alberto, no le dije nada de
él. Me dijo: «¿Vamos al Bam Bam a jugar?»
«Ya pues, vamos». Y así, de
señas, le dije a Alberto:
«Espérame». Nos quitamos a jugar
un jueguito que era recortar una chicas calatas con un mouse. Le digo:
«¿En esto gastas tu moneda, huevón?»
Volví a buscar a mi amigo y explicarle todo,
decirle que el pata era de mi universidad.
No estaba. Empecé a
buscarlo. Yo pensé que estaba con sus
amigos, y nada que ver. Le pregunté a
una señora que estaba por ahí, y que lo conocía: «¿Lo has visto?» «Sí, se
fue con otro chico». Cuando volvió con
ese chico, y me vio, ¡lo agarró del brazo!
¡Así, en la calle, enfrente de todos, mirándome, lo agarró del
brazo! Me acerqué para explicarle todo,
y se quitó. Se dio media vuelta y no me
miró. Le dije: «¡Oye, espérate que te explique, pues!» Se volvió a voltear y se fue más allá. Yo le había prestado una camisa, y me la iba
a dar ese día. Me la dio y dijo: «Toma, gracias. Ya no quiero saber nunca nada más de ti». Después se fue con el grupito del otro
chico. Yo, como zonzo, estaba como si
fuera el chico detrás de la chica. «¡Pero
ven! ¿No quieres hablar?» ¡Y el pata nada, pues! Todos los chicos, para joderlo, le
decían: «Mira, mira, te está hablando»,
y él otro nada que ver. ¡Había
straights en la Rotonda, y estaban mirando!
Me hacía roche, porque cuando yo me acercaba él se quitaba. El pata que hacía de anfitrión ahí en la
Rotonda estaba con un sereno, y los dos me miraron con una cara de «¡qué
cabros!». Era la primera vez que
alguien me miraba con una mirada de desprecio y me sentí mal.
Estaba triste, estaba confundido. Fui al teléfono y llamé a «Brunodark», que
me había dicho que iba a estar por ahí.
Le dije: «Oye, ¿estás por acá?».
«Sí». «¡Ven por favor, tengo que
contarte una cosa!». Al ratito vino, y
estuvimos dando vueltas por el parque.
Le conté lo que había pasado. Yo
ya le había escrito sobre Alberto. Él
me dijo: «Mándalo al diablo,
normal». «No pues, no me vas a pedir
que haga eso, no seas malo». A Alberto
yo de verdad lo consideraba un amigo y lo estimaba bastante por su
comportamiento. Se lo notaba muy buena
gente, muy noble a la hora de hablar.
Empezamos a hablar de otras cosas, como para despejar el tema. En serio que «Brunodark» es un chongo a la
hora de hablar, tanto así que por un momento me olvidé de lo que había pasado
hace un rato. Estábamos conversando en
una banca y en eso volteo, ¡y Alberto estaba en la Rotonda, solo! Todos sus patas se habían quitado y estaba
ahí, solito, y se le notaba palteado.
Pensé: «Mejor lo voy a
arreglar. Voy a hablar con él».
Me acerqué.
Le dije: «Oye, tenemos que
hablar». Parecíamos una pareja, era el
colmo. Le dije: «Ese era mi amigo de la academia, que está
en la universidad conmigo». Me
dijo: «Sí, pues, pero a ti te da
vergüenza presentarme ante tus amigos».
Lo miré a los ojos y estaban rojos. Había estado llorando, por mi culpa. Eso sí me dolió. Ahí fue
cuando me di cuenta del terrible error que fue chotear a Alberto en ese momento. Le expliqué que yo no estaba acostumbrado,
que una cosa era tratar con gays solapas, pero otra cosa era tratar con gente
como él, no escandalosa pero sí algo obvia.
Le dije la verdad: «Yo no quería
que pensara mal de ti. Tú sabes que
eres alguien especial para mí y no me gustaría que nada te pase. Mi pata no pasa a los gays, y pucha que no
sé que te hubiera hecho... Tú sabes, tú sabes que te quiero, y si no pasa algo
entre nosotros normal, pero a mí no me gustaría dejar de ser tu amigo, no lo
entiendas mal». En ese momento me miró
de una forma que nunca olvidaré. Y
entendió. Hicimos las paces. Eso me ayudó a reflexionar bastante. Yo decía:
«Si este es mi amigo, tengo que aceptarlo tal como es». Desde ese momento salimos, bacán, andábamos
juntos, y ya no me importaba que me vieran así, porque al final de cuentas ya
creo que todo el mundo me había visto en el Parque Kennedy. Ya me llegaba que me encontraran así.
Hubo otra cosa que también me palteó. Una vez llegué a mi casa después de
encontrarme con Alberto, y la empleada me dijo: «Alguien te ha visto con una chica, pero mirándolo bien, era
chico». Le digo: «¿Ah, sí?
¿Dónde?» «En el Parque Kennedy». Ya, confirmado, me habían visto, con
Alberto. Le digo: «¡Cuenta más, cuenta, cuenta! No me quiso decir más. Se notaba que era una reprimida, pues. Cusqueña, cuándo no. Me dio risa de que no quería hablar del tema
tan fácilmente. Ni me miraba a la cara
cuando hablaba de eso. De me dijo con
una voz casi temblorosa: «Es que parece
que te han visto con un homosexual». La
siguiente pregunta fue obvia: «¿Mi mamá
lo sabe?» No me quería decir más. Sólo me dijo: «Tu mamá está en Jesús María.
Anda a recogerla al paradero».
Justo ese día, para mi mala suerte, llega con mi papá y con mi hermana
de la casa de mis abuelitos. ¡Y mi mamá
tenía los ojos rojos! Yo le leí la
mente al toque, «Ah, ya sabe». «Hola
qué tal, cómo están». Entramos a la
casa. En la cena no hablamos nada de
esto, pero yo no iba a esperar hasta el día siguiente para enterarme.
Esa noche fui al cuarto de mis papás, como siempre,
a despedirme. Mi mamá ya estaba casi
dormida, pero me senté a un costado de la cama en donde estaban los dos y
empezamos a hablar. De pronto salió el
tema de los cursos, la clásica. Yo me
había acostumbrado desde el colegio a decir que me iba bien. Mi papá en el colegio siempre me decía: «A mí no me interesa cómo te vaya en medio
del semestre. Tú solamente dime la nota
final, o sea si apruebas o no apruebas».
Y ahora, todo conchudo, quería preguntarme en detalle desde que entré a
la universidad, que cómo te fue en la práctica, que cómo te fue en tal otra
cosa. Ahí sí, ¿no? Cuando yo de verdad quería contarle del
colegio, me pasó esto, me pasó lo otro, a él no le interesaba. ¿Y ahora le interesaban mis cosas? ¡Que no moleste! No era por fastidiarlo sino que, de verdad, ya no me nacía
hablarle de eso. Por eso, cada vez que
me preguntaba: «¿Cómo te va en la
universidad?», desde cachimbo yo le decía:
«Me va bien», hasta que me jalaban o hasta que aprobaba.
Me empezó a decir lo que siempre me decía desde
segundo ciclo: «¿Por qué no nos cuentas
de tus cursos?» «Pero tú me dijiste una
vez que te sólo te interesaba la nota final».
«Sí, pero me puedes contar cómo te va acá y cómo te va allá. Porque mira, nosotros no sabemos nada de
ti». Yo le dije lo que siempre les
digo: «No me pidan que hable con
ustedes de cosas que no me van a entender».
De lo que ya me había dado cuenta perfectamente hasta ese momento era
que había cosas en las que chocábamos.
Una de esas cosas, por ejemplo, era la religión. Cuando yo les decía mis ideas, mi mamá se
escandalizaba. Pensaban que yo por
fastidiarlos me había alucinado una teoría.
Con mi papá era más que todo porque él, como es de Huancayo, todo lo ve
costumbres. Yo le decía: «Esto para mí no es que sea malo o bueno,
sino que no es mi cultura. Yo no soy
así. Si en algún momento yo te digo que
tu música no me gusta, ¡pues no me gusta!
No te escandalices». Cuando
escuchábamos un huayno, le decía: «Para
mí la música es algo que tú sientes, que entiendes. Como esto no lo entiendo, no me gusta». Chocábamos bastante. Un
día era la música, al otro día era la política y al otro otra cosa. Entonces mi papá se fue metiendo la idea de
que yo le daba la contra, y en realidad no era así. No era que yo quisiera contradecirlo. Yo lo quiero, los quiero a los dos bastante, pero había ideas que
no me podían pedir que asimile.
Entonces yo prefería no hablarles. Y mucho menos de la temática gay, porque
para ese momento me había dado cuenta perfectamente que los dos —los tres, con
mi hermana incluida, hasta los cuatro, con mi empleada— eran homofóbicos. Pero esa vez yo sabía que no la podía dejar
ahí. Me empezó a preguntar más: «Nosotros no sabemos ni siquiera con quién
sales, con quiénes andas». Le digo:
«Pero si voy con mis amigos, amigos de la universidad». «¿Pero con qué amigos?» Yo nunca les daba nombres de amigos, hasta
ahora no les doy. Mi hermana
decía: «Voy con tal, con tal, con tal»,
aunque ni los conocieran. Yo no, yo no
daba nombres, y mucho menos ahora.
Entonces mi mamá, que estaba recostada al otro lado de la cama, y que
hasta ese ratito sólo escuchaba de lo que hablaba con mi papá me dijo: «Mira, nosotros somos tus padres, te
queremos y te respetamos mucho, pero no queremos que vayas a hacer cosas que
estén fuera de la moral, porque ahí sí chocas con nosotros». ¡Ya sabía la indirectaza que me estaba
mandando! Le pregunté: «¿De qué hablas cuando dices “moral”?» Me dijo la clásica: «No queremos que te metas con las drogas, ni
con las prostitutas, ni con los homosexuales».
Yo me reí frente a los dos. Era
el comportamiento que podía esperar de alguien de la calle. ¡Pero que mi mamá, que era de la misma
Católica, me dijera semejante huevada!
Yo le hablé serio: «Mira mamá,
tú sabes bien que no me gusta tomar. Tú
sabes que yo no me meto con las drogas, porque esas cosas son obvias. Yo vivo en esta casa con ustedes y sabes que
el comportamiento cambia, y eso se hace evidente. Después, con mujeres, o sea prostitutas, yo les digo que no. ¿Por qué?
Porque no me nace. Pero, mamá,
sobre los homosexuales, ¡no te pases!
No me puedes pedir que no me junte con ellos. Tú sabes que no tienen nada de malo».
Mi papá la entendió, ahí la vio. Me dijo:
«Ya, anda al grano. ¿Tú estás
saliendo con homosexuales, ¿no es cierto?»
«Sí». Me miró nomás, y me dijo: «¿Y tú qué haces con ellos?» «No sé, salir, somos amigos. Hago lo que hago con cualquier amigo». «¿Y ellos qué buscan de ti?» «Amistad.
Como mi amigo de colegio. Es lo
mismo». «A veces ellos buscan otras
cosas». «Al menos conmigo no». «¿Y qué tal si buscan estar contigo?» «Mira, no tiene por qué pasar nada que yo no
quiera. Pero si me gustan, ¿qué voy a
hacer, pues?» ¡Así les dije! Mis papás se rieron, pero con una risa
temblorosa. Ahí la entendieron, más
directa no se la podía decir. Me
dijeron: «¡Cómo es posible, cómo puedes
pensar así!» «Papá, tú sabes muy bien
que esto no es malo. Ustedes dos son
universitarios, no me van a venir con ese cuento». Y dije: «¿Y qué tal si yo
fuera?» «No sé, te llevaríamos a un
psicólogo. Pero tú no eres». «¿Por qué no soy?» «¡Porque mira cómo eres!»
«¿Ah sí, papá? ¡Yo soy
travesti!» «¡Tú cómo vas a ser
travesti!» «Sí, soy travesti, por ahí
tengo mi ropa, si quieres te la traigo ahorita». «¡Pero cómo, si tú no eres así!
¡Tu comportamiento no es así!»
«¿Y qué tiene que ver mi comportamiento? Puedo ser así con ustedes, pero en las discotecas yo me puedo
cambiar y vestir de mujer, normal». Se
paltearon, y no entendieron por qué se los dije. Yo les aclaré: «Miren, yo
les digo esto para que reaccionen, porque obviamente ustedes están
malentendiendo las cosas. ¿Ven los
prejuicios que tienen? Perfectamente
podría ser travesti, como les dije, cosa que no soy. ¿Pero se dan cuenta de que no necesariamente tengo que ser de ese
tipo para serlo?» Como que respiraron,
porque ya estaban traumados.
«¿Y qué hacen los homosexuales?» «Ay, papá, pues, tú debes saberlo. ¿Cómo no vas a saber lo que hacen? Salimos como cualquier amigo, pero la
intimidad la dejo a tu imaginación».
Los dos se rieron. Ellos
trataron de bloquear su mente, y querían entender que yo estaba bromeando. Pero en el fondo sabían que no. La cosa estaba sentada, ya había precedentes. ¡Por favor, pues! Lo que les quería decir era:
«¡Maduren!» No era mi intención
decirles en ese momento, sino que entendieran que sus prejuicios estaban en el
tacho, que ya no eran para esta época.
Algunas cosas que les decía les daban risa. Risa nerviosa, porque no entendían de verdad lo que les estaba
hablando. Tal vez por ahí que sí se los
quería decir, pero mi hermana viene —su cuarto está al costado del de mis
papás— y dice, así, de frente:
«¡Qué! ¿mi hermano es
homosexual?» Yo no se los iba a decir
así, no era mi estilo. Le dije: «Cállate, oye, no digas esas cosas». Ahí la mató, porque yo se los hubiera dicho
perfectamente. No me interesaba hablar
de eso con mi hermana. Y ella sí es
homofóbica. Cuando veía la película No
se lo digas a nadie decía: «¡Qué
asco!»
Ahí quedó la conversación, pero sentó un precedente
de que ellos entendían perfectamente que tenía amigos homosexuales, y que no me
interesaba para nada cambiar eso. Ya
sabían que podía existir la posibilidad de que lo fuera. Eso no se lo dije pensando en Alberto, sino
porque sabía que hoy era él, otro día podía ser otro, más adelante quién sabe,
y me iba a doler tener que cortar con amigos.
¡Imagínate si fuera mi pareja!
Al día siguiente se hicieron los locos.
No volvieron a hablar del tema.
Pero cuando yo les decía cada sábado que iba a salir, me
preguntaban. «¿Adónde vas?» «A Miraflores». Y ellos ya sabían para qué.
Incluso uno de esos días —hace poco, hace menos de un mes— empecé a
llevar a Alberto a mi casa, cuando mis papás estuvieron de viaje. No pasaba nada, cosas de amigos. Por ahí a veces venía la chica con mi
hermana. A la chica le digo: «¿Tú te acuerdas del chico con el que me
vieron en la Rotonda? ¡Era él!» Se palteaba. «Era él, sólo que ahorita está con pelo corto». Encima a mi hermana le gusta, alucina. No le digo la verdad porque se muere, ahí sí
se muere.
A la par que sucedía esto, seguía la vida de
anfitrión. Me mandaban gente de mi
edad, que recién estaban empezando.
Cualquier cosa que les decías la podían malentender. Por ejemplo una vez le dije a Elmer, ese
chico de dieciocho: «Ten cuidado, que
por ahí que te puede pasar algo». Él
entendió que yo le estaba diciendo que las discotecas eran maleadazas. Le tuve que decir que no era eso, sino que
en determinado momento podía haber gente que buscara eso, y que tenía que
cuidarse. Una vez fui anfitrión un pata
que había escrito a la página, y que decía que quería conocer discotecas. Se llamaba Wilson, y era un pata de dieciocho. Le escribí:
«Hola, gracias por escribir. No
a nombre del grupo, pero personalmente, si quieres, te llevo a una discoteca
cuando tenga tiempo, porque yo estudio también, como tú». Él estaba todavía en el ciclo inicial. Todo esto fue el ciclo pasado. El chico me respondió rapidito. Él tenía una forma de responder muy
particular. Barajaba muy bien las
palabras, sabía lo que escribía, y me decía:
«¿Cuándo vamos a una discoteca?
Espero que me lleves. Llévame en
cuanto puedas». Él había entendido —al
menos eso pensé— que GPUC me estaba mandando a mí para llevarlo a la discoteca,
como niñera. No entendía para lo que de
verdad nos escribíamos, que era integrarlo al grupo. Le dije: «Aguanta, que no
es así. Yo te puedo llevar a una
discoteca, si deseas, y ahí te presento a los amigos». Pero el pata se hacía el loquito.
A cosa de semana y media nos conocimos. Era un sábado que yo estaba por la
universidad. Como mi amigo Wilmer se
quitó de la universidad, su email todavía funcionaba, y yo les decía a algunos
patas que escribieran a esa cuenta, caleta nomás. Los patas me escribían de sus cuentas de correo oficiales,
entonces yo sabía quiénes eran. Y
bueno, ese sábado me escribió ahí:
«Hola, estoy por acá. Si quieres
nos conocemos». «Ya, bacán, no hay
problema». Me dijo cómo iba a estar
vestido, y nos encontramos en la Biblioteca Central. Estaba sentado, leyendo un libro. Su comportamiento me recordó cómo era yo, pero qué sé yo, cinco
años antes. Cuando lo saludé el pata ni
siquiera mi miró, me dijo: «Espérate un
ratito», como para agarrar fuerzas, agarró sus cosas, se paró, y recién ahí me
dio la mano. Salimos, y empezamos a dar
una vuelta por el tontódromo. Le
pregunté: «¿Qué es de tu vida? Cuéntame».
Pero este muchacho como que no quería hablar mucho. Se notaba que era el típico reprimido. Él consideraba que estando en el tontódromo
de la Católica, con toda la gente, estaba expuesto y que todos escuchaban de lo
que hablaba. Le dije: «No sé, si prefieres, salimos a hablar
afuera».
Salimos, y estuvimos andando por el perímetro de la
universidad, al otro lado de la pared.
Ahí sí empezó a hablar más. Lo
primero que le dije —que fue algo que también le dijo «Brunodark»— era que
escribiera, pero poniéndose un nick, porque escribió de frente de su correo de
la universidad y su nombre estaba claro como el agua. Eso fue lo primero que le dije:
«Cuídate porque te pueden identificar.
Abre tu cuenta privada». Después
le dije: «Con respecto a lo de la
discoteca, cuando podamos, bacán, salimos si quieres». Me daba cuenta de que el pata estaba
arrochado, aunque no había nadie, ni un alma, en el perímetro de la
universidad. Yo estaba cansado, porque
me había hecho dar media vuelta a la universidad por afuera. Le dije que nos sentáramos en el paradero de
la salida que da al muro del Parque de las Leyendas. El pata pensó que yo quería sacar plan, y se arrochó. «¡No, no, no, acá no, por favor! ¡No quiero hablar así!» Se le notaba un sentimiento de culpa que
—¡ay, Dios mío!— me daba pena. Era algo
que yo ya tenía superado, pero que aún observo en muchísima gente. Incluso él creía que, estando juntos, se le
notaba al toque, o que por ahí yo lo iba a agarrar, o que le iba a sacar plan.
Ahí empecé a entender lo que pensaba. Yo era el primer chico gay a quien
conocía. ¡Responsabilidad doble! Después, en ciertos aspectos, era página en
blanco. Me preguntó la clásica: «¿Qué es activo? ¿Qué es pasivo? ¿Qué es
moderno?» Yo le expliqué. Me preguntó: «¿Y tú cómo te consideras?»
«Yo, moderno». Me dijo que había
chateado un poco, pero nada más. Le
dije entonces: «¿Para qué quieres ir a
la discoteca?» Porque si la idea era
conocer gente, yo fácilmente le podía presentar a patas de la Católica. Bueno, ahí empezó a abrirse un poco
más. Era el típico chico que quería
experimentar sexualmente. Le digo:
«Bacán, pues. Tal vez no vayas conmigo,
tal vez sí, pero siempre tienes que tener cuidado, que el condón, etc. Tú no sabes con quién te metes. Si vas, trata de no ir solo». Como empezamos a hablar de esas cosas —que
parece que no las hablaba con nadie en persona— se excitó bastante, y a la
larga yo también y al final por poco y hacemos algo. Me decía: «Háblame más,
háblame más». Empezamos a hablar más de
eso, pero yo traté de ser lo más serio posible.
Al día siguiente el chico me escribió. Había entendido que podía ser algo así como
su amigo amoroso, algo así como lo que pasó con Jorge, ¡y se me prendió! Me dijo:
«Estoy esperando que me lleves a la discoteca» Él entendió como que era mi obligación llevarlo. «Y anda buscando un lugar donde podamos
conversar, y algo más». ¡Era el típico
muchachito arrecho! A mí me sorprendió. Le dije:
«La discoteca está bien, pero lo otro mejor no». Pero el pata se hizo el loco. Insistió:
«¿Cuándo?» Me palteó. Me lo encontraba a veces en Internet, porque
yo iba al pabellón de Física para navegar, y a veces estaba en la cola. Cuando estaba a punto de entrar, me
decía: «Chequea tu email». Cuando entraba a navegar me escribía
cosas. Se excitaba solo: «Hola.
¿Qué quieres hacer? ¿Cuándo
podemos hacerlo?» Ese era el problema: como yo era el primer chico que conocía,
cada vez que me veía quería que pasara algo.
Una vez que estuvimos solos —yo fui a navegar solo, él también— me dijo: «¿Quieres salir a conversar?» «Ya, vamos». En la universidad no conversaba.
Era tan reprimido que ni siquiera en el tontódromo
podía conversar, a pesar de que eran las ocho de la noche y no había
nadie. Estuvimos otra vez dando la
vuelta a la bendita Católica. Fuimos al
frente de la universidad, a un parquecito donde no había nada de gente, y
empezamos a hablar, ahí sí más en serio.
Le pregunté acerca de su vida.
Me dijo: «Quiero vivir esta
vida, pero paralela. Pienso casarme, y
esto lo voy a vivir aparte». Me dio
pena. Le dije: «No es así.
La cosa no es reprimirlo, porque eso no soluciona nada. Vas a ver que cuando te cases vas a sentir
deseos. Esto no se te va a
borrar». El pata me dijo: «No, eso ya lo tengo decidido. Me voy a casar. Pero por ahora soy joven, y quiero experimentar, tener
sensaciones». Traté de persuadirlo de
que no pensara así, pero qué íbamos a hacer.
El problema es que se la agarró conmigo, quería que pasara algo entre
los dos. Seguimos caminando, y al
final, con tanta cosa, ¡también me ponía mal a mí! Yo trataba de estar todo controladito, un señor, pero me
empezaban a subir cosas a la cabeza. En
esos baños de la Católica yo te juro que no me excitaba para nada. Yo no consideraba excitante estar con un
pervertido al costado. Cuando estaba
con Jorge sí, porque yo lo quería.
Cuando un chico me miraba en la discoteca no me excitaba para nada. Pero éste chico, que me empezaba a hablar de
eso, y de eso, y de eso, me hacía acordar que cuando yo chateaba a los
diecisiete, sólo hablaba de eso. Se me
subía la sangre a la cabeza, y trataba de controlarme. Era lo que yo también quería, pues, pero le
dije: «Yo ahorita ya pasé esa
etapa. Estoy en busca de amigos, y esto
como que ya no me nace. Tú puedes ser
mi amigo, yo puedo ser tu amigo, y bacán.
Si quieres te presento al grupo».
Me dijo: «¡No me interesa
conocer al grupo! ¡Sólo quería hablar
con ustedes para que me lleven a una discoteca!» Yo le expliqué que la idea del grupo no era esa, sino
integrarse. Dijo: «No, no, eso no me interesa». Se le notaba que quería una vida paralela.
Un día nos volvimos a ver en el pabellón de Física,
navegando, y me insistió: «Vamos,
vamos, vamos». Siempre que estábamos en
la cola, el chico se me acercaba y me decía:
«Chequea tu email». Cuanto
entraba, decía cosas y cosas y cosas, y me ponía en una situación
incómoda. ¡Me estaba excitando el
chico! A cada rato me decía: «¿Ya?
¿Ya? ¡Busca un lugar! Yo pensé que como tú tenías amigos que
estaban en el ambiente, ellos sabían de un lugar donde pudiéramos estar
solos. Tú sabes que yo me excito
mucho. Yo no sé si tú sientes estas
sensaciones agradables cuando hablamos de esto». ¡Ay! Tanto me insistía,
que un día le digo: «¡Ya pues! ¡Vamos!
¿Dónde?» Él estaba en el ciclo
inicial, y me dijo: «Vamos allá». Fuimos allá, al ciclo inicial, ¡a un baño,
alucina! Algo así como lo que había
detrás de Física, pero más caleta, más que casillas había paredes. El pata se notaba que era un reprimido de
mierda. Me agarró, me empezó a besar,
¡y encima era activo, el conchudo!
Empezó a hacer cosas, masturbarse más que nada. Después de lo que yo le hablé, que se
cuidara la primera vez, no lo quiso hacer, obviamente. Me empezó a agarrar, cosas así, pero no pasó
más entre los dos. Un contacto, nada
más. A la salida me dijo. «Yo salgo primero». La clásica, se desapareció, y ahí sí yo me
sentí mal. Primero, no era a lo que me
habían mandado. Segundo, no era lo que
yo quería. No me la estaba buscando. Si me la hubiera buscado, bacán, porque el
chico no estaba tan mal. Si yo quería,
fácil a la primera, pero no era lo que yo buscaba. ¡Era anfitrión, y mira lo que hago!
Un día de esos «Brunodark» me pide cuentas: «¿Qué hay de tal y tal pata?» La relación que tenía con algunos patas era
personal, y justamente me los mandaba después de que yo los conocía. Le expliqué, uno por uno: «Éste me escribió, le escribí pero no
contestó, y ahí la dejamos. Éste otro
es mi amigo. Pero Wilson es otra
historia. Te la cuento aparte». Esa misma tarde se la escribí en tres
capítulos, tres emails. Le conté lo que
pasó en el baño. Yo sabía que esa
situación había llegado al colmo. Si
pasaba eso otra vez, le iba a dar cuerda y ya no iba a parar. Escribí un email a Wilson: «Somos amigos. Pon mucha atención. Me
asignaron, pero para ser tu anfitrión en GPUC, no para hacer lo que estábamos
haciendo. Fue bacán lo que pasó, eres
un chico lindo, pero esto no fue por lo que te escribí, y quiero que
acabe. Aquí queda. No es que te odie, no es que no te quiera, pero
aquí no pasa nada. ¿Qué tal si mejor
nos dejamos de escribir un tiempo?
Después me cuentas qué es lo que piensas. No me escribas hoy, tampoco me escribas mañana. Escríbeme después, otro día, con la cabeza
más fría».
Pasó una semana, y no escribió. Dije:
«Ah, ya, qué bueno, ya se le pasó».
Pero después volvió a escribir, y me dijo. «No entendí bien de lo que hablamos. Sólo entendí que te gustó lo que pasó esa vez. ¿Qué tal si vas buscando un lugar para
encontrarnos?» ¡Ahí sí me enojé!. ¡Ya era el colmo! Le escribí a «Brunodark», ¡y él se asó peor todavía! Se la juraba que era un pervertido, un
maniático. Pero al final de cuentas yo
lo entendía. Me ponía en su lugar, y supuse que algo así me habría pasado si no
hubiera conocido a nadie hasta los dieciocho.
Pero sabía que lo que estaba mal con él era que no entendía dónde hacer
el pare. No entendía que yo decía: «¡No quiero!», y la seguía. En el tiempo que pasó esto nunca quiso
sentarse en un lugar a hablar, así que dábamos vueltas, como locos, por todas
las calles. Le gustaba que le hablara
de esas cosas. Pero ya para ese rato
era el colmo, yo no quería nada más.
Acabó el semestre, y como sólo nos contactábamos por email, desapareció.
Ese año, el 98, fue cargadísimo. Primero, pasó lo de Año Nuevo, así de
saque. Después pasó lo del Cusco, lo de
ese lugar donde pasaban videos, lo de Jorge, lo de mi amigo Wilmer, lo de las
discotecas, lo de conocer a otro pata y otro pata y otro pata, lo de GPUC, lo
de los anfitriones, y estaba saturado.
A diferencia del otro año, que estaba triste, deprimido, estaba
saturado. ¡Ya no quería saber de
ambiente! Era bonito, era lo ideal, lo
que de todos modos estaba buscando, pero ya era demasiado. Ya era difícil llevar todo eso con la familia
y los cursos. A la familia no la veía
mucho —hasta ahora no la veo— y mucho menos a los cursos. Mejor dicho, sí daba en los cursos, pero
esto como que me distraía a la hora de dar exámenes. Sí estudio, pero esto como que me quita concentración, y a la
hora de los exámenes se me bloquea la mente.
También terminé mal ese semestre:
dos cursos malos. Pero al menos
mi papá, que era al que más le preocupaban las notas, lo asimiló, y al parecer
era porque ya entendía, parece que ya sabía.
Todo el año 98 pasó así, conociendo a un amigo, a
otro, a otro. Ese año cambié
muchísimo. Antes de ese año no era que
yo fuera cerrado, sino que no había con quién hablar. Pero a fines del año pasado ya tenía de sobra con quién
hablar. Mi mismo amigo Wilmer, que era
a quien más confianza le tenía, resultó que era gay, así que podía hablar con
él. No era el hecho de que me abriera
en ese año, sino que asimilara tantas cosas lo que hizo que se me complicara la
vida. A los diecinueve pareciera que
hubiera vivido tres años en uno, porque cada cosa que me pasaba cambiaba mi
modo de ser de forma radical, y me era difícil asimilarlo. También estaban Jorge —que fue la primera
emoción fuerte—, la discoteca, y GPUC.
Al final era como si toda esta vida gay fuera un trabajo, y quería un
descanso, quería vacaciones.
¡Nada! ¡Hasta ahora no las
tengo! Yo sabía que cuanto más me
metiera, más difícil iba a ser, pero no esperaba que se me viniera todo en
cargamontón. Cada emoción era nueva, y
cuando decía: «¡Esto es lo máximo que me
puede pasar!», me pasaba otra peor, más fuerte.
El problema es que aún no entiendo los patrones de
conducta de la gente. Yo me considero,
a pesar de ser gay, a pesar de ser bisexual, un chico normal. Ahora sabes que, si me pasaron cosas como lo
del baño, fue para conocer gente, no fue porque yo fuera masoquista. De hecho, ahora estoy evitando la mayor
cantidad de emociones fuertes. Si busco
amigos, trato que sean más o menos compatibles conmigo, que sean como yo hasta
donde se pueda. Pero en la medida que
he conocido gente que se parece a mí, también me he dado cuenta de que las
personas tienen patrones de conducta diferentes. En el caso de Wilson, yo alucinaba que si a mí a los dieciocho me
hubieran presentado a GPUC, yo feliz, ¿no es cierto? Pero el pata se nota que no va a ser así. Va a llevar una vida oculta, quizá
promiscua. Peligroso, porque al final
no se va a dar cuenta de lo que hace, y cuando menos lo piense va a estar
cagado. O qué sé yo, la vida de este
chico Alberto. Si así es ahorita,
imagínate cómo será de mayor. Es buena
persona, pero la gente voltea a mirarlo.
Él no se da cuenta, pero lo miran diferente.
Eso se lo planteé a «Brunodark». Una cosa es ser un adulto de juguete, de
esos que tienen electoral y pueden ir a discotecas, y otra es ser un adulto de
hecho, con una profesión, una vida. Le
digo: «¿Cómo es esa vida? ¿Qué es lo que piensas de esa vida? Todo el pasado está claro, yo entiendo por
qué he hecho cada cosa, cada pregunta está resuelta. Pero esto, mirar hacia adelante, es lo que aún no entiendo. «¿Cómo es la vida de un adulto de a de
veras, un adulto independiente, un adulto con trabajo?» Bueno, al parecer él aún no lo sabe, como yo. Él vive como un adolescente, como un
adolescente que tiene departamento propio.
Aparentemente cualquiera diría que anda despreocupado porque siempre se
le ve alegre, pero claro, la diferencia es que trabaja, es más maduro, y supongo que habrá un momento en que busque
una pareja estable. El hecho de que yo
no haya tenido pareja hasta ahorita no es porque no quiera. Esa es la emoción que de verdad me falta y
supongo que la que más necesito. Me
falta asimilar cómo es una pareja estable, y de verdad que no lo entiendo hasta
ahorita.
Digamos que en este momento no tengo ningún modelo
a seguir. Soy bisexual y en verdad me
gustan las chicas. Yo fácilmente podría
estar con una chica, me mando, me caso, y vivo con ella. Pero si justamente me pasaron todas estas
cosas, ha sido porque yo decidí ser como soy, nunca quise reprimir nada. Yo quisiera saber cómo la voy a hacer. Ahorita lo único que sé es que tengo que
terminar mi carrera. Sé que,
obviamente, sin profesión no soy nadie.
De nada sirve que sea liberado, que tenga ideas, que sea anfitrión. Yo nunca he tenido la idea de que mis papás
me van a mantener. No voy a pensar que
mi papá me va a dar su departamento, me va a dejar su herencia, me va a dejar
su carro. Si me los deja, bien, pero no
he vivido con esa idea nunca. Eso
significa que necesito mi profesión, de hecho.
Pero otro problema es que mi profesión no me interesa. Te soy sincero, no me interesa. Ser mecánico, bah, qué divertido.
Yo hubiera querido ser misionero, aunque no lo
creas. El hecho de que acepté ser
anfitrión es porque me encanta ayudar a la gente. Me ha demostrado que de verdad puedo ayudar, porque la gente me
escucha. Ser misionero implicaría irme
a otros lugares, a la gente que de verdad necesita. A mí me hubiera gustado mucho predicar. A Dios lo quiero mucho. A
Jesús lo admiro bastante. Dios fue lo
que me hizo sobrellevar el 97, que fue terrible. Si no hubiera sido por Él nunca hubiera superado esa etapa,
hubiera sido un caso más de suicidio.
Mis ideas sobre Él estaban bien sentadas en el colegio, antes de pasar a
la Pre. Eso me hizo recontra fácil
aceptar el ser gay. Lo que no se me
hizo fácil fue asimilar el mundo. Por
el hecho de quererlo, de verdad me gustaría predicar. Yo sé que tengo ideas diferentes, y sé que de alguna manera la
gente las podría entender, aunque sea algo.
Sé que hay personas que van por el mundo como yo, sin un destino claro,
pero que no tienen ese apoyo espiritual que tuve en los momentos en que
realmente necesité de creer en alguien.
Lo puedo decir con franqueza: no
usé mi religión para mi beneficio. No
fue un ídolo creado en el momento que quise satisfacer mis necesidades
materiales, sino una idea más o menos clara que me acompañó siempre, desde
antes que el ambiente entrara en mi vida, y que me ayudó a seguir
adelante. Pero el hecho de no ser
católico —y de ser gay— la cagó toda.
Yo sé que mucha gente no me escucharía por el simple hecho de ser
gay. Entonces eso lo dejé de lado. Por ahora sólo sigo la profesión. Por ahora.
He estado buscando cosas —que no sé qué son— y
supongo que tendré que seguir viviendo así, ni modo. No me imagino qué más voy a hacer. Me gustaría tener hijos.
Yo los educaría con tolerancia.
De hecho, si me caso, mi esposa sabría que soy gay, no lo
ocultaría. Pero no sé, de verdad
ahorita no tengo un modelo a seguir.
Mis papás no lo son. Tal vez
como padres sí, pero como tolerantes, para nada. Ahorita sólo espero que las cosas pasen y pasen y pasen. Supongo que de acuerdo con eso moldearé mi
vida. En el 97, cuando pasaron todas
esas cosas feas, fácilmente me hubiera quedado en ese vicio —porque en realidad
se convirtió casi como en un vicio—, pero lo dejé, porque no era lo que
quería. Pasó el 98, GPUC y todo, y eso
sí lo seguí, porque sabía que era lo que quería. Entonces, supongo que si en el futuro pasan cosas, tendré que
decidir entre lo que quiero y lo que no quiero. Ahorita no me imagino qué más puede pasar, pero sé que van a
pasar muchas cosas más.
¡Hola! Supongo que si han leído toda la entrevista, se
darán un tiempito más para leer esto.
Por si no la ven, soy el pata entrevistado. Sí, ése que hizo que el editor de esta entrevista estuviera horas
y horas frente al computador, transcribiéndola. Sí, es algo pacharaco que el entrevistado salga diciendo algo
aparte, pero es por algo. La razón por
la que escribo esto dirigiéndome a Uds. es, ante todo, para agradecer que
leyeran el texto. Es un proyecto
interesante esto de publicar entrevistas de este tipo, y es un honor para mí
participar en él. Otra razón es para
aclarar algunas situaciones que de hecho por ahí que quedaron en la duda. No sé si después de haber leído esto se la
crean, pero créanme, no mentí.
Bueno, al menos en lo que al contenido en sí se refiere. Por supuesto que algunos datos han sido
alterados para cuidar mi anonimato, y porque realmente no considero que sea
importante dar tantos detalles...¡aunque después de todo no me van a decir que
el relato fue superficial! Traté de ser
lo más objetivo y verídico posible al contarle a «Von Gloeden» mi vida, porque
creo que eso es, ¿no? Quien crea que
por ahí estaba alucinando mientras contaba lo que acaban de leer, está mal.
Saben, deben entender que decir estas cosas y hacer
que las publiquen no es tan fácil para mí.
Realmente tuve que pensar cien veces antes de aceptar que la entrevista
se publicara. La razón por la que
decidí hacerlo es para que la gente, sea o no de ambiente, sepa cómo es la vida
de un chico común y corriente —a pesar de ser homosexual—, y que ésta puede ser
considerada normal. Mi objetivo al
contar todo esto fue exponer situaciones, por ahí ideas. Las críticas o conclusiones se las dejo a
Uds. En lo posible traté de no
mencionar nombres pero, como ven, eso fue inevitable, así que en la edición nos
vimos forzados a poner nicks. Quiero
que entiendan que no fue mi intención rajar o chismear de nadie. Si
los incluí en el relato fue porque fueron importantes en mi vida, y creo
que yo no sería el mismo si es que no se hubieran cruzado en mi camino. ¿O debí decir si es que yo no me hubiera
cruzado en su camino? De hecho que hay
gente que sabe quién soy, y les pediría, por favor, que dejen mi identidad en
el anonimato. No era mi intención
señalar a nadie con el dedo, y mucho menos a mí mismo. Así que si por ahí piensan que voy a andar
diciendo quién es quién, están mal.
Pierdan cuidado, que no soy así, y si me conocen, lo saben.
Otra situación que me tiene algo inquieto también
tiene que ver con las personas de las que hablé en la entrevista. Estoy algo palteado porque, a la franca, no
sé como se sentirán ahora que acaban de leer parte de su vida aquí. De seguro que si tú eres una de ellas, ya
sabes quién soy y que estuve hablando de ti.
Quiero que sepas que eres importante para mí y decidí poner aunque sea
un nick que te identifique, porque considero que fuiste parte importante en mi
vida y aún lo sigues siendo. ¡Vamos,
tampoco es fácil hablar de otros! En la
entrevista hablo de situaciones que me pasaron incluso hace menos de un año, y
cada persona de la que hablo está grabada en mi mente como si lo que pasó entre
ambos hubiese sido ayer. De hecho, hay
algunas que aún paran conmigo, con quienes ando y que son mis patas. Si eres una de ellas, lo sabes.
«Wilmer», sabes que eres mi pataza y te estimo
bastante, gracias por ser mi pata. No
sé que hubiera sido de mí si no hubiera tenido un pata como tú con quien hablar
de estas cosas y compartir experiencias bacanes. Te aprecio un montón. ¡A
ver cuándo volvemos a ir a una disco!
«Jorge», supongo que si lees esto quizá aclares algo de nuestra
situación. Sí, había cosas de las que
teníamos que conversar, y creo que aquí hay algo de eso. Sabes que a pesar de todo lo que pasó o dejó
de pasar, te estimo bastante y quiero que sigamos siendo patas. Eres alguien especial en mi vida. «Albertito», espero que si llegas a leer
esto me comprendas mejor y te des cuenta de lo especial que eres para mí. Te quiero un montón. «Wilson», no te preocupes, que tu identidad
está guardada hasta la tumba. Si lees
esto, te digo que aún quiero que seamos patas.
Tú dirás. «Brunodark», oye, supongo
que para ti las frases faltan. Sólo
quiero decirte esto: gracias por ser
parte de mi vida. «Elmer», ya sabes
algo mas de mí. Acuérdate que tienes un
pata en mí.
Familia, si están leyendo esto, bueno, supongo que
de alguna manera tenían que saberlo. Sé
que el relato es muy fuerte, especialmente si piensan que realmente lo
viví. Saben, es verdad, pero lo que
pasó ya pasó, y no creo que pueda volver atrás. Todo lo contrario, quiero seguir adelante, y creo que ya no
tendré las tremendas metidas de pata que tuve en un principio, pues ya tengo
experiencia, y si en verdad entendieron por qué escribí esto, espero que
también su comprensión. Saben que aún
la historia no termina y que hay un capítulo por cerrar, para lo cual necesito
su ayuda por lo difícil que me es afrontarlo.
Si han leído con cuidado sabrán de lo que hablo. Papá y mamá, les he dicho la verdad, y
espero que hayan estado preparados antes de leer esto. Si querían saber de mi vida, creo que lo que
acaban de leer les puede dar una idea.
Sé que me hubiera evitado meterme en muchos problemas si es que hubiera
pedido su ayuda, pero las circunstancias no lo permitieron. Pero no es tiempo de mirar atrás, sino para
adelante. Quiero que sepan que los
quiero un montón. Al hablar acerca de
Uds. no fue para que la gente los tomara como los malos de la película. Para mí no lo son. Uds. han sido mi modelo de padres. La gran mayoría de valores que me dieron son importantísimos y
sólo pudieron haber venido de Uds.
Saben muy bien que nuestra casa siempre ha sido, a pesar de todos los
problemas o discrepancias, una casa modelo, en donde a pesar de no tener todo
lo que materialmente hubiésemos querido, siempre estabamos los cinco, como un
equipo, como familia. Todos nosotros
tenemos nuestros defectos y cometemos errores.
Quizá el hecho de que ambos sean homofóbicos sea uno de ellos. Si quise hablar de Uds. en el relato fue
justamente para que no se sientan mal, pues hay muchos padres como Uds., muy
buenos padres y que quieren a sus hijos, pero que justamente ese amor a veces
sobreprotector que sienten hacia ellos les impide ver la realidad que uno de
cada diez hijos, en todo el mundo, vive a diario. Por eso —como en mi caso— en ese aspecto hay un nivel de
alejamiento que hace que chicos como yo a veces tengan que dejar de lado la
ayuda de las personas más importantes en su vida: ustedes. Y es por eso que
quise hablar de ese aspecto. Espero que
algún padre, que quizá esté en una situación similar a la de Uds. y que esté
leyendo esto, pueda entender que muchas veces es mejor dejar de lado ciertas
ideas y temores para afrontar una realidad que no se puede dejar de lado, que
es el hecho de que, antes que nada, tienen un hijo a quien querer y aceptar así
como es, de la misma forma en que la mayoría de nosotros los aceptamos a
Uds. Saben muy bien que para ningún
padre es fácil aceptar que tiene un hijo homosexual, pero conténtense con saber
que justamente ese homosexual es su hijo, ése al que conocen desde que nació, y
representa una oportunidad única en su vida de medir su capacidad de amar y
comprender a las personas por lo que son, en vez de verlas a través de sus
prejuicios. Papis, los quiero un
montón. No se preocupen, que estoy
rodeado de buenos patas que me quieren por lo que soy, y estoy seguro que desde
ahora tengo también su apoyo en este aspecto, lo que me alegra mucho.
Gracias «Von Gloeden», por la oportunidad que me diste de hablar de mí y de compartir mis experiencias contigo y con los que lean esto. ¡Ya sabes! En veinte años te cuento la segunda parte, ja ja ja. Y para ti, «el chico de mi barrio», va lo último. No creo que leas esto sino hasta después de mucho tiempo de publicado, pero quiero que sepas que tú eres una de las personas que más aprecio en la vida y te quiero como a un hermano. Espero que para cuando leas esto ya hayamos hablado como debíamos haberlo hecho hace tiempo. Te quiero mucho. Uy, que cursi, ¿no? ¡Bueno, qué esperaban! Tenía que decirlo porque realmente me nacía decirlo. ¡Aprendan! Ahora me siento mejor...
¡Ah, me olvidaba! Hay un par de cosas más. No sé si lo saben pero esta no es la única entrevista a ser publicada. Es la primera sí, pero vienen otras, más interesantes. Echen un ojo de vez en cuando a esta página o a la de GPUC para que puedan leerlas. El proyecto está bacán y recién está empezando. Creo que en esta página hay una presentación explicando las bases del proyecto o algo así. No olviden dejar en el panel de esta página sus valiosísimas opiniones de todas las entrevistas que se publiquen. Es bueno que la gente sepa lo que pensamos, que estamos aquí. Y ahora sí, lo último, a nivel personal. En esta entrevista en particular, justamente el saber de otras opiniones, de otros puntos de vista, fue la razón más fuerte que me impulsó a contar así, de forma tan descarada, toda mi vida. Quisiera saber qué opinan acerca de todo lo que conté a «Von Gloeden». Es que en verdad siento que a pesar de todo soy un chico normal, y que esto le puede pasar a cualquiera, ¿o no? Quiero creer que lo hay chicos como yo, que andan detrás de la verdad, de su verdad —sin quizá saber que es lo que esto sea— y espero que la entrevista les ayude a descubrirla, especialmente si son de ambiente. Si eres de ambiente, quisiera que, todo solapa, pases la entrevista al menos a un pata straight, a uno de esos prejuiciosos que en Lima abundan, porque no sé, quizá por ahí ésta le dé un enfoque diferente a sus ideas. Si son tan insensibles al rajar de los gays maduros, al chotearlos por sólo ser gays, quizá el leer acerca de un «teenager» los haga pensar dos veces antes de aventarse así nomás y decir cualquier estupidez —sorry por la mala palabra— de nosotros. Que entiendan que toda persona mayor alguna vez fue niño, y luego adolescente, y quién sabe, quizá tuvo problemas y paltas como yo y tuvo que arreglárselas solo. Si lo haces bacán, pero una vez más, ¡por favor!, trata de mantener mi anonimato, ¿OK? Y si por ahí tienes alguna duda o inquietud acerca de esta entrevista en particular, y quisieras compartirla conmigo, bacán, escríbeme a chicosincero@latinmail.com, y te respondo lo más pronto posible. Me encantaría saber que hay alguien como yo, que estuvo, o quizá esté, en situaciones similares a las mías, y poder compartir paltas e intercambiar ideas, o sino simplemente conversar. ¡Ya, ya me voy! Cuídense un montón y hasta la próxima.
P.D.: Disculpen la forma de expresarme. Así soy yo. Ni modo...
Recuerdos de Familia
Recopilador: Von Gloeden ( von_gloeden@yahoo.com )
Página web: http://www.pagina.de/recuerdos.de.familia
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