«Un adulto de a de veras»

Primera Parte

Edad del narrador:  19 años

Entrevista realizada el 6 de febrero de 1999

Lima - Perú

Chico de familia

Te contaré mi historia desde el principio.  La familia de mi papá es de la sierra, de Huancayo.  Mi papá estudió allá, pero vino a Lima a trabajar.  La familia de mi mamá también es de la sierra, del Cusco.  Mi mamá fue criada allá, en la misma ciudad del Cusco.  También vino acá a estudiar, en la Católica.  Un día se conocieron, se enamoraron, se casaron, y se quedaron a vivir acá.  Bueno, eso fue un tiempo, porque mi papá es ingeniero químico.  Él estaba empezando su carrera, y estaba buscando trabajo.  Como acá no había, nos fuimos a la sierra.  Estuvimos por Huancavelica, por Cajamarca.  Así pasaron mis primeros cinco, seis años, en campamentos mineros.  Bueno, consiguió trabajo en Huacho, donde hasta ahora está, y nos establecimos acá.  Toda mi infancia, hasta por lo menos los once años, la viví en Jesús María.  De eso no me acuerdo mucho, sólo me acuerdo de la típica, o sea juegos, amigos, amigas, pero sólo en ese lugar.  No tenía mucho contacto con la gente de fuera.

Yo vivo con mis papás, mi hermana y una chica que es nuestra empleada, y que está desde hace tiempo, desde que yo nací, creo.  A los seis años ingresé a primaria, a un colegio chico, católico, parroquial, que quedaba por Canevaro, más o menos.  Era un colegio particular religioso.  La directora era una monja.  La clásica era que, por ejemplo, todos los jueves fuéramos a misa, obligados, a primera hora.  A veces los de la policía escolar pegaban.  Bueno, a mí no me caía tanto.  En educación física, los tres primeros años teníamos que dar la vuelta a un parque enorme, corriendo, y eso era todo.  Después cada uno hacía lo que quería.  El colegio era chiquito, ni siquiera tenía una cancha, nada.

Tendría mis ocho, nueve años, y yo me acuerdo que una vez me quedé viendo a un chico en la misa, un niñito.  La clásica, pues:  yo estaba en la misa con mis papás y mi hermana, y no sé por qué, pero yo me quedé mirando a ese chiquito.  Tenía más o menos mi edad, seguro.  Era algo trigueñito, usaba anteojos, jeans, una casaca roja con rayas azules y estaba atento escuchando al padre.  No sé, me pareció simpático.  Mi mamá se dio cuenta y me preguntó:  «¿Tú lo conoces?»  Yo le dije que no.  Ni yo sabía por qué lo estaba mirando.

«Vamos a jugar a los enamorados»

Después de eso pasó otra cosa que llegaría a ser influyente en mi vida.  Desde que tenía seis años, hasta el 90, viví en la casa de mis abuelos en Jesús María.  En un tercer piso construimos una pequeña casita, digamos provisional, y allí estábamos los cinco, como familia, y mis abuelitos abajo.  Todo mi entorno era la vida en Jesús María.  Yo no salía mucho, era chico de casa, de verdad.  Tampoco me llamaba mucho la atención salir.  Tenía amigos de colegio que vivían por ahí, y sólo iba a visitarlos.  Tenía más que todo un amigo de colegio —que hasta ahora es mi amigo— y paraba con él.

Pero también había otro amigo que vivía por Jesús María, cerca de mi casa, al que conocí desde chiquillo también, desde que tendría siete, ocho años.  Parábamos juntos, también jugábamos, pero el chico tenía ciertas inclinaciones que eran muy particulares.  Al principio, según lo que me cuentan, era el típico chico que levantaba las faldas, que cualquiera pensaría que era un niño terrible.  Yo de verdad no me acuerdo mucho cómo empezó esto, pero hubo un tiempo en que el tipo de conducta de amigo cambió.  De pronto le gustó ponerse ropa de mujer.  Agarraba la ropa de su mamá y se la ponía.  Por jugar, o sea la clásica de que quería ser, no sé, una actriz de televisión.  Pero claro, nosotros lo tomábamos como un juego.  Se ponía los zapatos de tacón alto de su mamá.  Él era la mitad de la medida de los zapatos, pero igualito se los ponía.  También le empezó a gustar pintarse la boca, todo en plan de juego, al menos eso era lo que yo entendía.

Yo no sé de dónde demonios sacó esa forma de ser, porque su mamá es más o menos como mi mamá, o sea tranquila, hasta creo que estudió en su mismo colegio.  Y su papá, ¡nada que ver!  Lo hacía solamente enfrente de mí, porque éramos amigos, y de mi hermana.  Él espontáneamente agarraba la ropa de su mamá, se la ponía y jugaba, bailaba, hacía cosas así.  Su mamá sabía, y lo consideraba también como un juego.  Para mí realmente eso no tenía nada de extraño.  En realidad ni siquiera sabíamos qué era lo que estaba haciendo.  Era un chico normal, así como yo.  Éramos más o menos educados de la misma manera:  el mismo entorno, el mismo barrio.  Pero pasó el tiempo, y le siguió gustando vestirse así.  No andar todo el rato, sino que le gustaba de cuando en cuando ponerse ropa de mujer y jugar, hacer algo así como una coreografía, pero sólo entre nosotros, nunca enfrente de otros.  A su mamá parece que le llegó a hartar que se vistiera así, y la cortó.  Le dijo que no lo volviera a hacer, pero siguió, y estuvo así un tiempo más.

Ese era mi amigo de barrio, pero tenía un amigo de colegio que vivía un poco más allá, y la clásica era:  «¿Voy a tu casa a jugar?»  Este amigo era lo que se le podría considerar ahora un chico «rarito».  Pero no en el sentido que la gente lo considerara homosexual.  Era más o menos como yo, o sea introvertido.  Jugábamos con muñecos, con esas huevaditas de He-Man, o si no veíamos televisión.  Paraba mucho con él, y hasta ahora de cuando en cuando lo veo.  Con él pasé toda la primaria.  Mientras estaba con este amigo de primaria —íbamos al mismo colegio, al mismo salón— estaba también mi amigo del barrio.  Este chico, el que se vestía de mujer, empezó a acercarse más a mí.  Yo también.  No entendí por qué, pero de pronto empezamos a jugar.  Él me decía:  «Vamos a jugar a los enamorados».

Yo tenía ocho o nueve, porque esto era en primaria, no era cosa de chicos grandes, tampoco tan chiquitos.  Habrá sido en cuarto de primaria.  El chico no era como yo, introvertido, sino que se le podría considerar todo lo contrario, extrovertido, muy suelto.  Todos lo consideraban mañosón, pero con las mujeres, no pensaron que podía ser «así».  El único que se dio cuenta fui yo, nadie más.  Empezamos a jugar a eso, a «los enamorados».  De pronto se acercaba, y nos besábamos.  La primera vez fue en la mejilla, después fue en la boca.  Los dos lo considerábamos como un juego, al menos yo.  Cada vez que nos encontrábamos lo hacíamos, pero no pasábamos de eso, sólo nos besábamos, nos gustaba besarnos en la boca.  No era un beso apasionado ni nada de eso. Lo que sucedía era que nos gustaba besarnos imitando a las parejas que se besaban y que veíamos en la tele de los ochentas.  Yo, como todo niño, nada que ver con las chicas.  No me llamaban la atención.  Tampoco los chicos.  Lo que pasaba, pasaba solamente con él.  No era que de pronto me comenzaran a gustar los chicos.  Lo que pasaba era sólo entre los dos, como un juego.

Era espontáneo, pero más que todo venía de él.  Él era al que le gustaba hacer eso, y bueno, a mí también me llegó a gustar.  Pero claro, eso quedaba entre nosotros.  No lo hacíamos enfrente de nadie, ni siquiera de mi hermana.  Con los chicos del colegio de varones tampoco pasaba nada, no era de que por ahí empezara a mirar a alguien.  Tal vez, pero en ese momento no entendía por qué los estaba mirando.  Lo que pasaba, sólo pasaba entre los dos.  Por ejemplo, con mi amigo del colegio nunca pasó nada.  A veces nos quedábamos también solos, jugábamos solos, estábamos solos, pero él nunca me planteó eso, ni a mí tampoco se me ocurrió planteárselo porque no me nacía.

Años dorados

La frase de mi papá era:  «Estudia, estudia, estudia, estudia».  Mi papá había sido un chico aplicado, porque ingresó a la universidad a los diecisiete, y acabó rápido.  Hasta donde sé estudió bien, sacó buenas notas, y salió graduado rápido.  Pero ahí había un problema:  todo su pensamiento estaba enfocado en la universidad.  No sé cómo habrá sido su examen, tal vez a él le habrá parecido difícil, pero la idea era que él pensaba que si no estudiaba desde primaria, me iban a jalar y no ingresaría a la universidad.  Se le hizo casi una obsesión.  Cuando llegaba de su trabajo, la clásica era que nos pedía los cuadernos y empezaba a revisarlos.  Cuando uno es chico a veces se le pierden las cosas, y él se enojaba bastante.  No es que eso me haya asustado, sino que me fue cerrando más.  Había cosas que le quería decir, por ejemplo «mira, han pasado tal cosa en la tele», pero a él no le interesaban.  Decía:  «A mí no me interesa, tú estudia no más».  Eso como que me alejó un poco de mi papá, e hizo que prestara menos atención al hablar con él. Pero de todos modos, él siempre estaba ahí apoyándome en otros aspectos como la misma educación.  Veía que no me faltara que comer, me daba ropa y aunque no era muy elocuente a veces, sabía demostrar su cariño.  Pero entre todas esas cosas, la educación al parecer era lo más importante en su cabeza.  En verdad había muy pocas cosas en primaria que quería contarle, porque no había nada que hablar, nada que le interesara, qué sé yo, juguetes, nada, y mucho menos «eso».  Al menos de «eso» no me interesó hablar con nadie.  No era importante, no pensé en la idea de que fuera homosexual, porque eso ni siquiera estaba en mi mente, ni siquiera tenía idea de lo que era.

En sexto de primaria pasó algo con otro chico.  Yo me acuerdo que estábamos justamente en la última salida del colegio, en el campo.  Los patas se cambiaron para entrar a la piscina, todos se quitaron la ropa y se bañaron.  A mí me daba vergüenza, no quería entrar, estaba así todo arrochado.  Me dijeron que no, que cómo era posible.  ¡Yo me acuerdo que me metí a la piscina con mi polo, porque no quería que me vieran!  Cuando estaba por la piscina, un chico que estaba sólo con su short me agarró, me abrazó por atrás.  Ahí me arroché, me retraje bastante.  Tampoco le dije nada, y ahí quedó.  Él lo hizo por jugar, eso lo noté bien.  También era mi amigo, así que normal. Pero al estar en sus brazos sentí una sensación única, algo que hasta ahora no sé que fue.

Como era un colegio chico, había un salón por grado.  Éramos algo de treinta alumnos, y todos éramos amigos.  No era que tuviera alguien a quien le cayera chinche.  Tampoco era el amigo de todos, pero al menos me llevaba bien con la mayoría.  Que fastidiaran, no, de nada, porque todos éramos relativamente iguales.  Pero sí estaba el hecho de que era un colegio religioso, y nos metían mucho la misa.  Por ejemplo, en las formaciones de entrada cantábamos.  Hicimos la primera comunión en el colegio.  A mí me gustó.  No era que me lo impusieran.  En realidad la primaria pasó como algo normal.

También me metí a los scouts.  Una experiencia bonita, porque conocí chicos que venían de otros colegios.  Una vez fuimos de campamento, pero no pasó nada de nada, porque a mí no me interesaba que pasara nada.  Supongo a que los otros tampoco.  Yo no observé nada raro en ellos, tampoco en mí.  Estuvimos dos, tres días acampando fuera.  Había juegos, todas esas cositas, y nos daban parches por cada actividad.  Un bonito recuerdo.  Otra cosa interesante que hice en primaria fue que me metí a un grupo de karate.  Después hice natación, y estuve por la Federación de Jesús María.  Era una vida normal, excepto un poco por el comportamiento de mi papá, que a veces decía cosas sin pensar.  Por ejemplo, cuando perdía alguna cosa, mi papá se enojaba, que cómo era posible que pierdas tus cosas así, y mi mamá le decía:  «¿Pero cómo le vas a pedir eso a un niño?»  Mi papá siempre decía que mi mamá le daba la contra.  Eso como que me fastidiaba.

En el colegio mis notas eran pasables, normales, mucho mejores que en la secundaria, pero no me habían convertido en el chico chancón que querían.  Es que no me interesaba tampoco.  Como el colegio era de primaria nada más, para la secundaria me cambié al colegio donde estaba mi hermana, que también está en Jesús María.  Postulé dos veces, una en quinto de primaria y no entré por el inglés, y a la otra sí, porque tuve unas clases de nivelación.  También entró mi amigo del colegio, mi pataza, y otros más de mi colegio de primaria.  Todo era diferente.  Por ejemplo, no formaban, entraban de frente a clases.  Tampoco iban a misa.  La estructura era más o menos parecida a la del colegio de primaria, porque era particular religioso, pero no era tan así.  Sólo hacían una formación, una actuación cada semana.  La gran diferencia era que era mixto, y eran dos salones por promoción.

«Eso lo hacen sólo los maricones»

Paralelo a esto, nos mudamos de Jesús María a Barranco, porque mis papás construyeron una casa y para ese tiempo, para el 90, ya estaba terminada.  Esos contactos con el chico de mi barrio siguieron, porque su mamá conocía a mi mamá.  Seguíamos en ese plan, pero ya íbamos a un poco más.  Me acuerdo incluso que por el 89, en Jesús María todavía, estuvimos en la cama.  Estábamos no teniendo sexo, sino así, pegados.  Por ahí sentí algo, una sensación rara que nunca había sentido, y me asusté.  Después, cuando nos mudamos, seguimos en ese plan.  Cada vez que iba, por ejemplo por el cumpleaños de mi mamá o de mi papá, había un momento en que nos quedábamos solos.  Como la casa era de dos pisos, a veces estábamos arriba, y pasaban cosas, pero ya no eran sólo besos, sino que era algo más, porque a veces incluso el chico se quedaba a dormir en mi cama.  Y pasaban cosas:  nos besábamos, nos quitábamos la camisa, nos tocábamos.  Teníamos orgasmos.  Eso fue en el 90.  Yo tendría mis once, doce.  Después de que pasaba, yo lo hacía de lado, y le decía:  «Eso lo hacen sólo los maricones».  Es que de verdad, yo no me consideraba un homosexual.  Yo consideraba que eso estaba pasando sólo con él, nunca que era un gay al que le gustaba estar con chicos.  No era que yo fuera a buscarlo, o que lo trajera a la casa, sino que cuando él iba, pasaba.

A la par me empezaron a gustar las chicas.  Porque yo te dije, ¿no es cierto?  Soy bisexual.  Mi atracción por las mujeres empezó de lo más normal, a los once, doce.  Tenía una amiga en el colegio, nos hicimos patazas, y me llegó a gustar.  Primero sientes algo raro hacia ella, que no sabes qué es, y después te das cuenta, y es que te gusta.  Digamos que eso empezó de la forma normal, pero el problema era que a la par que pasaba eso en el colegio, pasaba lo que te digo con el otro chico.  Seguimos así hasta más o menos los catorce.  Fueron casi cinco años, seis años que estuvimos así.  Mi gran dilema era que decía:  «Me gusta esta chica pero, ¿cómo puede estar pasando esto, y a la vez estar haciendo lo otro con el chico?»  No era que me gustara el chico, sino que simplemente queríamos hacer eso, y lo hacíamos, al menos yo lo entendía así.  No era tener relaciones, penetración.  Simplemente qué se yo, nos besábamos, a veces pasábamos la noche juntos, tal vez por ahí sin ropa, pero sin nada de «eso», porque no había imaginación.

Yo hasta cierto momento pensé que el chico estaba en las mismas que yo, que quería eso nada más, pero un día, después de que «pasó», yo me acuerdo que estábamos en el cuarto, y me dijo:  «Te amo... lo dije».  ¡Pucha!  Me lo dijo a los trece, catorce, y ahí sí que yo me palteé, porque no entendía.  ¡Ahí me rayé!  De golpe yo le dije:  «¡No digas eso!  ¿Cómo me puedes estar diciendo eso?»  Me dijo:  «No, yo te amo».  Parece que era algo que quería decir hacía tiempo.  Lo que él sentía era diferente de lo que yo sentía, y en ese momento fue cuando me di cuenta.  Yo le dije:  «Estas cosas no son de nosotros», porque de verdad no entendía.  Se lo dije tranquilo, no como un reproche.  Yo me consideraba heterosexual, porque de verdad me gustaban las chicas.  Le dije:  «Eso sólo lo hacen los maricones».  «No, eso es lo que siento».  «Por favor, no digas eso, no vuelvas a decir eso».

Después de eso, que sería en segundo de secundaria, la seguimos.  Acababa «eso», bajábamos, estábamos con la familia, y después como si nada hubiera pasado, chau, chau.  Pero después otra vez volvía a pasar.  Una vez, que fue cumpleaños de no sé quién, se quedó a dormir en mi casa.  Cuando queríamos estar, no lo planteábamos directamente, sino que él decía:  «Me voy a quedar en tu casa».  «Qué bien.  ¿Y en qué cuarto te vas a quedar?»  «Aquí».  Sucede que una vez estuvimos en el cuarto, más íntimamente que nunca, porque las habitaciones contiguas estaban vacías.  Estaba la puerta cerrada, la ventana cerrada, la cortina cerrada.  Ese fue el momento en el que hubo más intimidad entre los dos.  ¿Cómo te digo?  La clásica era que nos besábamos, después nos quitábamos el polo, la camisa, lo que tuviéramos, y así nos seguíamos besando.  Pero esa vez fuimos a más.  Después de que estuvimos así dentro de la cama, me dijo:  «¿Y si nos quitamos el pantalón?»  Nos quitamos el pantalón los dos.  Después también nos quitamos la trusa, nos quitamos todo, estábamos desnudos dentro de la cama, haciendo cosas.  Yo tendría más o menos mis quince años, fue más o menos por el 94.  Tuvimos un orgasmo, sin penetración, sin nada, pero el chico se asustó.

El chico —y creo que yo también— nos dimos cuenta en ese momento de que lo que estaba pasando ya no era un juego de niños, porque ya no éramos niños, éramos ya adolescentes.  Lo que estaba pasando era algo más.  Nos asustamos.  El chico me dijo:  «Hasta aquí nomás».  Se retiró.  Él estaba encima de mí, en mi cama, y se puso a un costado.  Yo le dije:  «¿Ya no quieres seguir?»  «No, ya no quiero».  Yo le insistí bastante, entonces dijo:  «Ya, bueno».  La seguimos, cada vez más íntimamente.  De pronto el chico la cortó de hachazo.  Hubo un momento en que por poco lo fuerzo, porque yo lo quería agarrar.  El chico se paró de la cama y se fue al cuarto de la chica —que no estaba— y ahí se quedó a dormir.  Pero primero me dijo:  «Ahora les cuento todo a tus papás».  Yo me palteé.  Me paré y lo seguí al cuarto de la chica.  Yo le dije:  «¿No quieres dormir conmigo otra vez?  ¿No quieres dormir en mi cuarto?»  «No, no quiero».  «Ven, por favor, ven, ven».  De tanto que le insistí volvió a mi cuarto, se quedó y ahí dormimos.  A la mañana siguiente ni tuvimos oportunidad de hablar de eso, pues mi mamá me levantó temprano para hacer un encargo.  Quería hablar con el chico de eso, pero él mismo, que ya estaba despierto cuando me levantaron, me dijo que mejor fuera.  Cuando volví estaba comiendo con todos y ni por asomo habló del tema, nunca más.

Después de esa vez por ahí que a veces me decía:  «Me voy a quedar en tu casa».  Cuando yo estaba en su casa, él le rogaba a su mamá que me quedara.  La cosa es que me gustaba que pasara eso, pero sólo cuando pasaba.  No era algo que yo buscara, sino que cuando estaba en determinado momento con él, pasaba.  Hasta su mamá me decía:  «¿Por qué no te quedas?»  Sólo un par de veces me quedé en su casa y bueno, también fue para eso, pasaron cosas.  Pero el comportamiento del chico me dejaba sorprendido, porque imagínate, yo me acuerdo que en secundaria ya me decía:  «Yo la hago de mujer».  Eran cosas que no escucharía por lo menos, qué sé yo, cinco, seis años después.  ¡Y que me lo dijera así, pasu!  ¡Me rayó!  Él era como yo, era chico de casa, y yo no sabía de dónde demonios había sacado esas cosas.  Hasta ahora no lo sé.  A veces, cuando estábamos en la cama, me decía:  «Ven, tócame, siente».  Él parece que dentro de sí era un homosexual declarado, pero para todos no, para todos era el típico chico que va detrás de las chicas.  Finalmente, a los quince la cortamos.

«Hay algo más con este chico:  me gusta»

A la vez pasó otra cosa:  me empezó a gustar un chico del colegio.  Ese chico al principio me molestaba bastante.  Una vez yo gané un concurso de literatura entre colegios, y el chico se me acercó.  Me dio la mano, me dijo:  «Te felicito», y me abrazó.  ¡Eso me gustó!  El chico era simpático.  Notaba que su conducta había cambiado.  En secundaria sí me fastidiaban bastante, y a la mala.  Yo de verdad que no entendía por qué me fastidiaban, porque mal no les caía a todos, pero había un grupo que siempre fastidiaba.  Este chico, como veía que otros me fastidiaban, también me fastidiaba.  Más que fastidiar, lornear.  A él ni siquiera le interesaba trabajar conmigo en grupo, y encontrar grupo era difícil, al menos para mí, porque no me llevaba muy bien con todos.  Pero de pronto, en ese momento cambió su actitud hacia mí.  Desde ese día, yo lo noté, el chico andaba más apegado a mí.  De cualquier cosa me hablaba, y también me di cuenta de que me empezaba a tocar.  Otros chicos también lo hacían, pero más que todo en el hombro, pero este chico en particular no, me empezaba a tocar la barriga.  Eso me extrañó y me hizo recordar al primer chico, a mi amigo del barrio.

Entonces empecé a sentir también algo por él.  Este chico, yo decía, no me iba a gustar en la vida, primero porque era un fastidioso, ni siquiera quería andar con él, ni siquiera me fijaba en él para nada, pero después sí.  Me di cuenta de que él empezaba a tener una conducta que era parecida a la mía en ciertos aspectos.  A veces, por ejemplo, yo estaba de buen ánimo, era extrovertido, y de pronto cambiaba.  Esa conducta la observé en él, pero después, un mes después, dos meses después.  Él de cerca era un chico extrovertido, pero se retrajo también, de la misma forma que yo, y qué sé yo, empezaba también a comerse las uñas, a agarrarse la boca, y esas conductas las empecé a ver en él, pero después de que me pasaron a mí.  De cualquier manera él quería estar conmigo, y siempre le gustaba darme la mano.  En el colegio todos se saludaban, pero sólo «hola, qué tal».  A él le gustaba darme la mano y agarrarme.

Estuvimos tercero, cuarto y quinto en el mismo salón.  A pesar de que nos rotaban, nos tocó en el mismo salón, y empecé a sentir algo por él.  Yo tengo un diario que escribo desde el 94 —que lo tengo hasta ahorita—, y lo empecé a escribir justamente por lo que estaba pasando con el chico de mi barrio.  No se lo podía contar a nadie.  A mis papás, ni loco, viendo cómo era su forma de ser, tan católicos.  Como no tenía a quién contárselo, y no estaba acostumbrado a hablar de esto con nadie —de nada con nadie—, empecé a escribir, escribir, escribir qué pasaba cada día.  Por ejemplo:  «Tal día me levanté temprano, fui al colegio, estuve por ahí, estuve por allá».  Empecé a escribir:  «Pasó algo con este chico».  Después otra vez:  «Pasó algo con él», «pasó algo con él», «pasó algo con él», todos los días era así.  Me acuerdo que un día estábamos en el salón —bueno, ahí sí se me ocurrió a mí hacer algo—, y él se sentó en la carpeta de adelante.  Toqué su zapato con el mío, y hubo un momento en que el chico me correspondió.  Yo me palteé más, porque de hecho todo el mundo nos estaba viendo.  Por lo menos si no nos estaban viendo, se podían dar cuenta.  Estuvimos como cinco minutos tocándonos así.  Bueno, después no hablamos de eso, pasó nada más.

Una vez estábamos en Educación Física —al chico le gustaba el fútbol—, se levantó el polo para secarse la cara, y yo lo miré.  Ahí fue cuando sentí algo más.  Yo le miré el torso, y el chico se dio cuenta, pero no me dijo nada, y al parecer tampoco le dijo nada a nadie.  Al empezar a escribir mi diario ya había terminado lo que pasó con el chico de mi barrio, pero empezó esto.  Tal vez mientras una cosa estaba por terminar empezó la otro, no me acuerdo bien, pero para el 94 mi atención era más que nada hacia él.  No andábamos juntos, pero por ahí que a veces hacíamos trabajos juntos, hacíamos cosas juntos.  Al chico le gustaba seguir en ese plan, por ahí que me tocaba, y después yo también me animé a tocarlo, tampoco algo tan obvio, porque estábamos enfrente de todos.  Una vez, escribiendo en mi diario, me di cuenta:  «Hay algo más con este chico:  ME GUSTA».  Lo escribí así, con letras grandes.  Hasta ahorita lo tengo anotado en mi diario, en algo así como un resumen de lo que más me chocó ese año.  Yo me acuerdo que puse así, hasta ahorita lo tengo ahí:  «El chico me gusta, me gusta su pecho, me gustan su cara, su cuerpo...».  Pero ahí sí lo escribí dándome cuenta perfectamente y sin engañarme, de lo que sentía.  Decía claramente:  «Me gusta físicamente».  En lo sentimental no me gustaba para nada.  Era un chico y a mí me gustaban las chicas.  Sin embargo en lo físico sí, me empezó a gustar.  A la par estaban las chicas, me hubiese gustado salir con alguna, pero esto siguió.  La tendencia a fijarme más en los chicos aumentó.

Para quinto de secundaria me di cuenta de que estaba enamoradísimo de él, algo así como un amor platónico.  Me gustaba su físico, y por ahí que me empezó a gustar su personalidad.  El chico fastidioso se volvió mi amigo, unos de mis patas más allegados, y siempre quería andar con él.  Entonces bueno, yo me alegré, feliz.  Una vez por poco me le declaro, te juro.  En quinto una profesora nos llevó a los dos para que trajéramos materiales que estaban en no sé qué parte del colegio, y estuvimos los dos solos.  De eso nunca hablamos, para nosotros eso no existía, sólo pasaba, pero no existía.  Casi se lo digo, me moría, estaba a punto, pero algo me contuvo.  Después, en el viaje de promoción, nos fuimos a Huaraz, subimos un nevado juntos, andábamos juntos caminando, pero nunca planteamos el tema.  Me hubiera gustado estar con él en su cuarto, porque dormíamos en grupos de cuatro, pero no estuve con él.  Pero los dos sabíamos que algo había.  También seguía la tendencia de que tenía un patrón de conducta parecido al mío, pero con un retraso.  A veces lo veía retraído, y me daba cuenta de que yo había sido así tiempo atrás.  Entonces yo decía:  «Si es así, habrá un momento en que yo le guste».  Pero era quinto de secundaria y ya nos íbamos.  El chico aparentemente era straight, porque tenía enamorada.  Y la clásica, era acólito en la parroquia.

Me acuerdo también que hubo un examen psicológico.  En quinto de secundaria el examen psicológico me lo leyeron a mí —porque mi mamá llegó tarde— y salía que lo más resaltante de mi personalidad era la inestabilidad emocional.  Había un test con cuatro patrones de conducta, y yo estaba casi en el medio.  Llegó mi mamá, y la psicóloga siguió leyendo.  Después vino la clásica que tú hacías un dibujo de un chico y una chica.  Lo vio, y me hizo notar que el dibujo que había hecho del hombre era más grande que el de la mujer.  Dijo:  «Tendencia a considerar inferior a la mujer».  Le dijo a mi mamá:  «No se asuste, pero de seguir este paso, va a llegar a la neurosis».  Y de verdad en ese momento mi cabeza estaba rayada.  Estaba lo de las chicas —que al final de cuentas era «normal», así que no me importaba—, pero lo que pasaba con los chicos de verdad no lo entendía.  Yo decía:  «Pero cómo pueden pasar estas cosas, cómo me pueden estar pasando a mí, de verdad no entiendo».  Una cosa hubiera sido que sólo me gustaran los chicos, y ahí sí, yo lo hubiera asumido como homosexual.  Pero pasaban ambas cosas.  Para mí no existía el término bisexual, y me palteé.

Así acabó el colegio.  Mi amigo de los dos colegios, mi pata del alma, se fue a la UNI.  Un amigo por ahí me sacó la idea de postular a la Católica.  Nos inscribimos tres en la academia Trener y estuvimos estudiando para la Católica en el ciclo de verano del 96.  Todo lo demás quedó de lado, porque el ciclo de verano era fuertísimo.  Me acuerdo incluso que en el baño, en la puerta del sanitario, decía:  «Hola, tengo dieciséis, quiero estar contigo», pero lo vi y me llegó.  No me interesaba porque no tenía tiempo para eso ni para otra cosa.  Incluso el diario que escribía lo dejé de escribir por un buen tiempo, porque me quedaba hasta las cuatro de la mañana a estudiar.  Pero sí me daba cuenta de que empezaba a ver a los chicos por la ventana.  Al principio yo no entendía qué era lo que veía.  Pensaba que veía su ropa, pero empecé a ver sus caras, después empecé a fijarme en su forma de ser, y bueno, después de un tiempo ya entendí.  Vi por ahí la definición de «bisexual» y dije:  «Pucha, soy bisexual».  Yo me quedé sorprendido porque recién ahí me di cuenta de lo que estaba pasando, y bueno, dije:  «¡Fantástico, genial para mí, no hay problema con eso!»

Hubo otra cosa también, una última cosa del colegio, que también iba a cambiar todo.  Yo empecé a leer un libro —no sé si sabrás de él—, «Caballo de Troya».  Es un libro alucinante.  En cierta forma, lo que hizo fue abrirme un poco la mente, o sea, aprender que no todo era tal como lo consideramos, que siempre hay un factor de duda.  Especialmente, mi factor de duda fue en la religión.  Para quinto de secundaria, las cosas que enseñaban en Religión para mí eran pavadas.  Mis ideas ya habían cambiado completamente con respecto a la religión, y yo se lo decía a la profesora.  No me tomaba en serio, pero yo se lo decía.  Todas mis ideas acerca de la religión cambiaron drásticamente, de tal forma que ni siquiera me confirmé.  En cuarto por ahí alguien me dijo:  «¿Te confirmas?»  Yo le dije que no.  En quinto ya no pude hacerlo con mis compañeros, y me fui por mi barrio, por Barranco, a confirmarme.  Estuve yendo a todas las clases de confirmación, a todos los retiros, y faltando dos semanas dije:  «No me confirmo», porque veía que mis ideas eran diferentes a las «clásicas».  Hasta ahora no me he confirmado.

La religión viene apegada a la moral, y todo eso cambió.  Me di cuenta de que algunos valores morales —incluida de hecho la homosexualidad— cambiaron.  Me pareció absurdo pensar que pudieran considerar la homosexualidad como un pecado.  O sea, para mí cambió el concepto de lo que los católicos llaman pecado.  Al entrar a la academia ya había leído ese libro, son cinco tomos enormes y entré con otras ideas.  Pasó el ciclo de verano, postulé, no entré.  Pasó el ciclo de agosto y recién entré.  Durante todo el proceso de la academia —casi ocho meses claves— no pasó nada, no me interesó que pasara nada.  Más bien pasó algo, pero con una chica.  Comenzamos a salir, me empezó a gustar, pero bueno, acabó el ciclo de verano y nunca más la vi.  Pero con chicos no pasó nada, ni me interesó que pasara.

Descenso a los Infiernos

Entré a la universidad, a Generales Ciencias.  No solo, porque en mi segundo ciclo en la Trener hice amigos.  Ya para ese ciclo había estudiado bastante, entonces estaba en el primer salón, y me hice amigo de todos.  El salón era chiquito, veinte alumnos.  Todos ingresamos.  Hice amistad sobre todo con un chico.  Con él salíamos, por ahí me invitaba a su casa, y bueno, andaba pegado a él.  Allá, en la universidad, fue todo diferente.  Académicamente, comparando con la academia, no me quejé, pero emocionalmente sí.  Ahí sí entré 100 por ciento a lo que es la vida gay.  No era que me lo buscara —¡te juro!— pero las cosas se me presentaban a cada paso que yo daba, desde el primer día que entré a la universidad.

¿Tú has estado en esos salones grandes, 101, 102?  ¿No es cierto que al costado hay un baño grande?  Entré una vez, me senté, así, normal, como cualquiera, y me sorprendió que el baño tuviera huecos. Me pasé al otro baño y también estaba así.  Pensé:  «¿Pero qué pasa acá?»  Y después, mirando bien, en esas paredes había pintas homosexuales.  ¡Todas eran pintas homosexuales!  Sabía que en la universidad había, pero no que fueran tan conchudos de escribir semejantes cosas.  La clásica era:  «Hola, tengo tantos años, cítame», «Hola, me gustaría estar con algún chico.  Si quieres te ayudo a pagar tu boleta.  Cítame».  Otros escribían:  «Hola, ven tal día, confirma», y abajo contestaban:  «Ya pues, tal día».  «¿Confirmado?»  «Confirmado».  ¡Mensajes enteros escritos en las paredes del baño!  ¡Yo me quedé sorprendidísimo, porque no entendía cómo pasaba esto en la cara del Rector, y nadie hacía nada!  Porque en el colegio, una pinta así, ¡en la vida!  ¡Si ni siquiera había pintas de nada!  Los dos colegios en que he estado han sido limpios, tranquilos.  ¡En cambio en Generales Ciencias, o sea en mi cara, en la cara de los cachimbos, veía semejantes cosas!

Bueno, por una parte me alegré:  Yo decía:  «Ah qué bueno, aquí hay gente».  Pero me extrañó que sólo buscaran eso.  Para ese momento yo ya sabía lo que era.  Pero sabía que lo que quería ya no era tener relaciones sexuales porque, al menos como yo las concebía, ya las había tenido.  Ya sabía lo que era un beso, lo que era estar en la intimidad con un chico.  Pero lo que no sabía era cómo era tener un amigo que tuviera las mismas ideas que yo, y que quisiera hablar conmigo.  Eso era lo que yo quería:  tener un amigo con quien hablar.  Aunque sabía muchas cosas, había otras que de verdad no entendía.  Por ejemplo, cómo iba a ser mi vida de adulto, porque una cosa era estar ahí, empezando, pero otra cosa era tener una vida establecida.  ¿Sería la clásica de tener familia?  No sabía nada.  Entonces, quería hablar.  ¡Y ahí, para mi sorpresa, veo semejantes pintas en el baño!  Me sorprendió bastante, me palteó bastante, porque dije:  «Ah, qué bueno».  Pero después, al ratito, me pregunté:  «¿Y dónde están?  ¡Estos maricones pintan pero se esconden!»

Ese mismo día me quedé porque tenía clase hasta la tarde, y escribí una notita en el baño que decía:  «Hola.  Tengo diecisiete.  Cítame».  Así, siguiendo más o menos el modelito que había visto ahí.  ¡Al día siguiente estaba repletito de respuestas!  «Hola, tal día».  «Tal día».  «Tal día».  Quería tantear, o sea, quería saber si eso había pasado ya, o si todavía estaba vigente.  ¡Y me di cuenta de que todo eso estaba en pleno movimiento!  ¡Y en Generales Ciencias, al costado de mi salón!  Pero a Wilmer, mi amigo de la academia —con quien empecé a parar porque nos tocó justo el mismo horario— nunca le hablé de eso.  Había una chica, que también era de la Trener, que le gustaba.  En la universidad, en el segundo día de clases, me contó:  «Esta chica me gusta».  De ahí nos empezamos a hacer amigos porque me contaba sus intimidades, pero todo lo relacionaba con esa chica.  Y bueno, yo no podía hablarle de «eso», obviamente, y mucho menos a los otros, porque eran mis amigos, pero no tanto.

Bueno pues, escribí y me respondieron.  Yo decía bacán, pero no quería encontrármelos ahí, en esos bañazos enormes donde entran todos, que se llenan cuando toca el timbre de cambio de hora.  El segundo o tercer día de clases pasó algo.  Entré al baño, y en la esquina que da justo a la hilera de los urinarios había un pata que se estaba ocupando.  Entonces me fui a su costado.  Los pisos parece que los habían trapeado, así que me di cuenta, por el reflejo del suelo, que el pata estaba mirando por el hueco.  Entonces yo dije:  «¡Ah, ya caíste!»  Cerré la puerta, y supongo que el pata esperaba que yo me bajara todo.  Volteé y lo miré por el hueco, y el pata se palteó.  Sacó su cabeza y tapó el hueco.  Ahí me excité.  Era el segundo homosexual del que tenía noticia después de mi amigo del barrio.  Yo me quedé con el ojo en el hueco.  El pata otra vez volvió a abrir, me vio, y volvió a tapar.  Después me tocó con el pie, y yo le seguí la corriente.  Como el pata entendió que yo también andaba en las mismas, me pasó un papelito por abajo.  Ya ni me acuerdo bien qué decía.  «Hola, ¿qué quieres hacer?», algo así.  Yo todavía estaba tímido.  Contesté:  «No sé.  ¿Qué quieres que yo haga?»  El pata me escribió:  «Quiero ver tu “cara”».  ¡El pata quería ver mi «cara», pues, el pata quería ver esta «cara», y no le entendí, todo huevón!  Después me explicó:  «¡No, eso no!».  Le mostré.  Después me dijo:  «Quiero ver “eso”».  Entonces me paré y le mostré mi sexo por el huequito.  «¿A ver tú?»  El pata también lo hizo.  Bueno, parece que el pata se arrochó más que yo y no la quiso seguir.  Entonces me dijo:  «¿Qué tal si mejor salimos?»  Parece que quería decir:  «¿Qué tal si aquí la dejamos?»  Yo le digo:  «Ya, bacán».  Yo entendí que el pata me decía:  «¿Qué tal si quieres que nos encontremos afuera?»  Yo salí primero y me fui a los lavatorios, esperando que el pata saliera.  Cuando salió, se palteó porque no esperaba verme ahí.  Se quitó y yo me le acerqué, casi en la puerta.  Entonces, lo primero que hago es decirle al chico:  «Hola, qué tal».  O sea, le doy la mano.  Esa mi forma de entender que pasaran esas cosas:  entre amigos, nunca pensando en un encontrón, nunca pensando en estar con el primero que me encontrara.  El pata se arrochó.  Parece que era mayor que yo, creo que tendría sus veinte.  Me dice:  «¿Tú, qué quieres hacer?  No entiendo».  Y después me dijo:  «Vamos a dar una vuelta».  Era el segundo o tercer día de clases, de cachimbo.

Entonces salimos.  Yo me acuerdo que estábamos por el 309, en el tercer piso.  Me decía:  «No, no, por acá me conocen».  Me llevó a otro lado dentro del mismo pabellón B.  Empecé a sacarle conversación:  «¿Y tú qué haces?»  Vi su boleta, tenía bastantes cursos, ni siquiera sabía lo que eran.  Empezamos a hablar.  El pata me dijo:  «¿Tú qué quieres?  No sé lo que quieres»  Entonces entendió como que yo quería que pasara eso, que tuviéramos sexo.  Me dice:  «Ah, ya, quieres eso».  Dije:  «Sí.  ¿Dónde puede ser?».  Yo de verdad ahí sí estaba excitado, estaba con la voz que me temblaba, porque nunca había tratado así con alguien.  Con el chico de mi barrio nunca hablamos, simplemente pasó, en cambio con este era de frente.  Nunca había propuesto algo así a nadie.  Entonces el pata dijo:  «Ya pues», y salimos.  Empecé a entender que al pata lo conocían, lo fichaban.  Entonces le digo:  «Mejor tú sales por la puerta principal y yo salgo por la de Ciencias, y nos encontramos afuera».  Salí por el tontódromo a la altura de la cafetería de Artes.  Me chocó.  De pronto empecé a mirar a la gente.  Eran como las doce y todos estaban en los jardines, comiendo.  Sentía como que todo el mundo me estaba mirando.  Entonces ahí empecé a pensar con la cabeza fría.  Me dije:  «¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer y de lo que vas a hacer?»  ¡Pucha que me rayé!  «¿Qué estás haciendo?  ¡Mejor no!».  Lo fui a buscar para decirle que ya no.  Pero el pata, más maricón, se fue, se chupó, pues.  Y también en buena hora, porque nunca supe si de verdad hubiera tenido tantas agallas para decirle que no.  Creo que lo volví a ver, pero recién este semestre, caminando por ahí.  Me emocionaba cada vez que me acordaba que había pasado eso.

Después compré una edición de Confidencial para gays.  No era periodismo, era pura farsa.  En un artículo decía que a los gays hay que respetarlos.  Daban consejos para la salud, para complacer a la pareja.  Pero en otro artículo de ese mismo periódico decía que eran una peste y que habían invadido el Perú.  Hablaban de «las locas de la televisión», y metían tantos nombres que yo me creí que todos eran.  Pero una cosa era comprar eso, y otra cosa era buscar gente en la calle.  Yo de hecho que no quería encontrarme con gente en la calle, porque tal vez había la posibilidad de que no fuéramos compatibles.  Yo quería encontrarme con gente de la universidad porque estudiábamos juntos y se podría decir que estábamos en el mismo nivel cultural.  Entonces empecé a ir allá otra vez, al baño de Generales Ciencias, al costadito de mi salón, pero todo era para buscar un amigo.  Quería hablar, quería contarles:  «Mira, soy homosexual.  Tú también, qué bacán.  Ven, hablemos».  No era que buscara hacer cosas, mañoserías, porque tampoco tenía mucha imaginación.  En realidad no quería, no me interesaba.

Una vez encontré en el baño a un pata que resultó que estaba en mi salón, en mi horario.  Así, igualito que con el otro, como habían trapeado del piso se notaba por el reflejo que estaba mirando.  Yo volteé y lo miré.  El pata tapó el huequito y salió corriendo.  Como yo no había quitado nada —que era lo que el pata esperaba— también salí rápido.  Estaba de espaldas, y me sorprendió que entrara a mi salón.  Yo le quería hablar, pero justo enfrente de mí estaban mis amigos de la academia y me hicieron el pare, me hablaron, no sé qué cosa me dijeron.  Pero yo vi que entró a mi salón, y ahí lo vi y lo reconocí.  Parece que él estaba de mirón.  Lo que quería nada más era ver a los chicos orinando, no quería hablar.  Yo no quería sacarle el habla porque se notaba que era tímido, mucho roche para él.  Para mí también.

Pasó el ciclo, y seguía la amistad con Wilmer, mi pata de la Trener.  Éramos más amigos que nunca, porque me contaba más cosas, algunas por chisme y otras porque me tenía confianza.  Empecé a ir a su casa, conocí a su familia.  Pasó el primer ciclo.  Saqué unas notas terribles, dos jalados.  Estaba depre por eso.  «Éste es el primer semestre.  ¿Cómo voy a llevarlo así?»  Además, parece que el rector de Generales se dio cuenta de que ya el baño estaba tan pervertido —porque de verdad esa era la palabra, habían hecho tantos huecos, habían hecho tantas pintas, que el baño era una porquería— que cerraron el baño todas las vacaciones y lo arreglaron.  Lo cambiaron a más o menos como está ahora.  Entonces la gente ya no se animó a escribir otra vez.  Por ahí los mocosos, los cachimbos, comenzaron a escribir de fútbol, de Alianza, pero volvían a lijar.  Hicieron eso incluso dos veces, o sea, volvieron a cambiar todos los baños, porque estaban demasiado rayados.  Ya se notaba que era otro ambiente.  Entonces yo me quedé palteado.  Decía:  «¿Y ahora dónde voy a conocer chicos?»

En el Confidencial había una lista de lugares para citas.  También había mensajes de patas buscando patas.  Entonces yo empecé a llamar.  Una vez llamé a uno.  El aviso decía:  «Preguntar por tal nombre».  Me respondió una chica, normal, pero cuando pregunté por el nombre, ¡me mandó tal cantidad de lisuras!  «¡Oye, conchetumadre, cabro, qué te pasa!».  ¡Me lo dijo todo a la vez!  Yo me puse triste porque no entendía por qué me estaba diciendo eso.  ¡Ni siquiera le había dicho quién era!  Después contestó el pata:  «¿Aló?  ¿Qué quieres, cabro?  ¿Qué quieres, conchetumadre?»  Me empezó a hablar así, todas seguidas, todas al hilo.  Le colgué.  Después llamé a otro lugar.  Nada que ver, no me dieron razón.

Arreglaron los baños.  Yo decía:  «¿Dónde consigo gente?  ¿Dónde hablo con gente?»  Yo quería hablar, no me interesaba nada más.  Yo tenía claras mis ideas acerca de la homosexualidad.  Sabía lo que era, sabía que no era un pecado.  Lo que yo quería saber era cómo era un homosexual en sí, o sea, cómo llevaba su vida, y no había con quién hablar.  Con mis papás, de hecho que no.  Mis papás se oponen a eso, tienen unas ideas tontas.  Me ponía muy triste porque decía:  «De nada sirve tener tantas ideas, y saber que de verdad estoy en lo correcto, si no hay nadie como yo, si todos son unos chupadazos que no quieren hablar».  Estaba depre, o sea, casi estaba por mandar todo esto al diablo, porque de verdad era para volverse loco.  Qué sé yo, era como si fuera el único con dos manos.

Una vez de casualidad encontré un baño que hay detrás de Física.  Parece que los que escribían se fueron allá.  Era una réplica de lo que pasaba en Generales, pero en chiquito.  Había pintas, había huecos, el baño era terrible.  No era como el de Generales, que ahora estaba limpio.  Estaba cochino, hasta ahorita está así, maltratado.  Se notaba que ahí había mucho ambiente.  Una vez estuve hasta la noche por ahí.  Entonces fui y me encontré con uno.  Como yo me acordaba de lo que pasó con el pata del tercer día de clases, le pasé un papelito, y empezamos a escribirnos.  La clásica, lo primero que me preguntó fue:  «¿Qué eres?  ¿Activo o pasivo?»  Después me dice:  «¿Qué quieres hacer?»  «No sé.  ¿Qué quieres hacer tú?»  Lo que generalmente me decían los patas era:  «Quiero masturbarme contigo», «Quiero estar contigo».  Yo los mandaba a la mierda, porque no me interesaba.  Pero esa vez —bueno, yo estaba tan arrecho— le dije al pata:  «Ya pues.  ¿Dónde?»  Me dice:  «Aquí».  Ahí me palteé.  «¿Cómo va a ser aquí?»  Pero era de noche, y en ese lugar no pasa nadie.  «Bueno, pues».  El pata estaba en un baño que está en un extremo, y me abrió.  Entré, y al igual que con todos los patas, lo primero que hice fue extender la mano y decir: «Hola».  Nunca traté a nadie, hasta ahora, como si fuera un objeto sexual.  Esa no es mi forma de ser.  Entonces lo saludé como a un amigo.  El pata ni siquiera me saludó.  De frente se sacó su camisa —era flaco, horrible— y se acercó a mí.  Me dijo:  «Sácate la camisa».  Se acercó despacio y me dio un beso en la mejilla.  Yo ahí sí estaba frío.  Ahí es donde empecé a comprender que yo estaba mal.  Una cosa era lo que había pasado con mi amigo de barrio:  éramos conocidos y todo pasaba en mi casa, en circunstancias en que los dos queríamos.  Pero otra cosa muy diferente era estar con un pata desconocido, en un lugar extraño, y en circunstancias en que no quería hacer nada.

Pero tal vez el hecho de querer conocer gente, de querer conocer amigos, me llevó a eso.  Por suerte no me besó en la boca, no quería tampoco.  Me empezó a tocar la espalda y la empezó a masajear.  No hice nada porque estaba tieso, no sabía qué hacer.  Mi idea de relación sexual no era ésa.  El pata me dijo:  «Te la chupo».  Así, de frente.  Yo no quería.  El pata me empezó a masturbar.  Después me dijo:  «Chúpamela».  Le dije:  «No, no quiero».  Ni siquiera me imaginaba que se podía hacer eso.  No me gustaba, qué asqueroso.  Acercó mi mano para que lo tocara.  Saqué mi mano, y le dije:  «Mejor aquí queda».  Me volví a poner el polo, el pata también, y me fui.  Estaba traumado, porque eso no era para mí una relación.  Era masturbación.  Además, ese pata era mayor que yo.  Si yo tenía diecisiete, el pata tenía por lo menos veinticinco.  Empecé a asustarme de todo lo referente a la homosexualidad.  Viéndolo a él que era así a esa edad —a la que lo normal sería tener pareja, o algo así—, que estaba en ese plan, de pronto pensé:  «¿Qué tal si todos son así?»  Empecé a tratar de entender por qué el pata era así.  Razoné así:  había gente que empezó como yo, que quería buscar gente, que no conocía gente.  Por ahí conocieron un pata así, les gustó, se quedaron en ese plan, y no pensaron en más.  Yo pensé que esa iba a ser mi forma de ser, pensé que ese era el destino de un homosexual en el Perú.  Me asusté bastante.  Me acuerdo que después de que pasó eso, me quité al paradero casi a rastras, pues sentía que mis piernas no tenían fuerzas.  Me encontré con unos amigos del salón y empezamos a hablar.  Mi cabeza estaba perdida, como en la luna.  Llegué a mi casa tan débil que era como si no hubiera comido en una semana.

Mi único consuelo era que desde cachimbo por ahí me dijeron que había Internet, y comencé a chatear con los chicos de ambiente.  Yo chateaba en Geocities, sabía inglés y normal.  Chateaba con chicos de mi edad, y empecé a saber cómo era su comportamiento.  Ahí nunca te preguntan si eres activo o pasivo:  sólo te preguntan medidas.  Con los chicos más lo que pasaba era excitarnos.  Me emocionaba tanto hablar con un chico de mi edad que me excitaba.  Por ahí él me daba su mail, y nos escribíamos un par de veces.  La clásica, «¿Cuándo fue tu primera vez?  ¿Con un chico?  ¿Con una chica?», pero nada más.  De lo que era el ambiente en el Perú no sabía nada.  Yo entendía que la gente lo que quería era excitarse, nada más.  Yo lo entendí como normal.  Era emocionante, era como para un chico ver películas porno.

Lo que pasó con ese chico en el baño me chocó.  Yo supuse que esto se me pasaría a los veinte, veintidós.  Pero ver a un chico —ni siquiera un chico, un joven— en ese plan me chocó bastante.  Lo más frustrante era no saber a quién contárselo.  Mi pata, que la chica por aquí, que la chica por allá.  En mi casa no, en la vida.  Ya para ese momento me acostumbré a no decir nada a nadie en mi casa.  No había forma de conocer gente.  Empecé a volver a ese lugar.  Yo quería un amigo, quería un amigo para conversar.  Otra vez, tanteando gente, me empezaban a pasar papelitos.  Toda la gente quería eso:  sexo, sexo, sexo.  De frente me preguntaban:  «¿Qué eres?  ¿Activo o pasivo?  ¿Qué quieres hacer?»  Tuve contacto con varios patas, pero no lo que es una relación sexual en sí, sino qué sé yo, por ahí tocarnos.  Tuve contacto con otro dos o tres patas, pero no pasó a lo que es una relación sexual.  Por ahí que sí quería eso, tal vez hasta ahora quiero, pero no era lo que buscaba.  Era algo que me encontraba, pero no era lo que yo buscaba, y me estaba palteando más.  No había forma de encontrar gente.

Estaba deprimido, y en las notas empecé a salir mal.  Mis papás no entendían por qué estaba tan mal.  No era fácil sobrellevar los cursos sabiendo que tienes un problema y que no tienes con quién hablarlo.  Seguí buscando gente.  Lo que más me llegaba de la gente de los baños era su desprecio.  No desprecio, sino su indiferencia a lo que yo buscaba.  Yo todo inocente, a todos los chicos les daba la mano, y a ellos les llegaba, de frente se sacaban la camisa, te juro.  Había patas que eran recontra conchudos.  Ni siquiera estaba entrando, y los patas ya sacaban plan.  Por ahí hablábamos un poco, nada más.

Los patas tenían veinticuatro, veinticinco, veintiséis.  Lo que yo quería era un chico de mi edad, para hablar.  Otra cosa era encontrarme con patas mayores —al menos para mí— porque hasta entonces yo sólo había tratado con chico de mi edad.  En la universidad los cachimbos eran en su mayoría de mi edad, pero yo no los veía en el baño.  Si hubiera visto un cachimbo como yo en ese lugar, bacán, pues.  Aunque sea si me pedía tener sexo yo le hubiera dicho que sí.  Pero a los que me encontraba, yo les preguntaba:  «¿Qué edad tienes?»  Tenían veinticinco, veintiséis.  Algunos hasta llegaban a los treinta.  Había patas mayores, que yo los he visto que trabajan en la Católica, de cuarentaitantos.

A la par estaba con Wilmer, mi amigo de la academia, que también andaba mal en los estudios.  Yo lo ayudé bastante a estudiar.  Los dos éramos, somos amigos hasta ahora.  Cuando nos jalaron a los dos en MBB, yo lo hacía estudiar, porque el pata era un poquito relajado.  Sus papás eran también así como los míos, provincianos.  Tenían su negocio familiar en Larco, en Miraflores.  Al pata lo metieron para que atendiera el negocio.  Alucina, teniendo que estudiar, de cachimbo estaba ahí vendiendo.  En el primer ciclo lo jalaron en tres cursos:  MBA, MBB y Química.  Al siguiente ciclo otra vez lo volvieron a jalar.  Yo me superé un poquito, y nos distanciamos más.  Para el tercer ciclo todavía estaba llevando MBB —yo ya estaba un poquito más adelante, ya había pasado todas las Químicas— y triqueó.  Tiempo después de que se fue de la universidad, me dijo, casi riéndose, con una risa nerviosa, que sus amigos lo habían invitado a una discoteca de ambiente.  Entonces yo me interesé.  Ellos, supuestamente, un día le dijeron por broma:  «Te vamos a llevar a una discoteca, ¿ya?»  Entonces lo llevaron a «Splash».  Supuestamente después de un ratón se dio cuenta de que los chicos se empezaban a besar, de que no había chicas, y la adivinó.  Me dijo que lo tomó como que sus amigos le estaban haciendo una broma.  Yo en mi mente le decía:  «¡Qué lechero!»  Al mes me contó que volvió a ir.  Yo le decía:  «Oye, si tan interesante te parece, vamos pues un día, yo te acompaño para ver cómo es eso».

Acabado el 97-II estuve jalado otra vez.  Yo me di cuenta de que era por esto.  No era porque paraba mucho tiempo en lo del bañito ese.  El problema era que, emocionalmente, eso me afectaba, y creo que hasta ahorita, porque a veces me impide concentrarme a la hora de dar los exámenes, y cometo errores tontos.  Cuando una pregunta ya está probada, meto una huevada y me jalan, así es hasta ahora.  Yo decía:  «De continuar esto, no voy a llegar a nada».  Estaba por mandar al diablo todo, todo.  Nunca pensé en el suicidio, pero tal vez sí en un aislamiento.  Bueno, para el verano del 97 al 98 ya estaba hasta el queso.  Por suerte mis propias ideas de alguna manera me habían ayudado a sobrevivir.  Porque imagínate, siendo un católico normal, que me pasen esas cosas, ¡yo hubiera estado neurótico en un hospital!  Yo no sé cómo de verdad no he estado en un hospital.  Yo caminando por el tontódromo veía gente, se notaba cómo me miraban, la clásica.  Siempre la gente miraba de reojo.  «¡Ya pues!  ¿Que esa no es una loca?  ¡Por favor!»  Yo los miraba más que todo para que respondieran, pero los muy chupados se volteaban, «¡Ay, yo no fui!», y se quitaban.  Había tantos, pero de esos el noventa por ciento eran chupados, y el diez por ciento estaban en el baño de Física.  ¡Ya me estaba rayando, pues!  Ahí sí, estaba casi neurótico.

Yo me quería ir.  Esa era la única forma de liberarme de todo.  Yo decía que si no me iba de acá, de este ambiente, me iba a volver loco, porque de verdad eso era lo que iba a pasar.  Había tomado la decisión de seguir mi forma de ser, de seguir mis propios instintos, y mira lo que me había pasado.  Yo dije:  «¡Mejor me largo!  ¡Me voy al Cusco de vacaciones!»  Para colmo de males me jalan.  Estaba jalado en Física I, ya era bica.  Bica de Matemática B, prerrequisito para Física I, y bica de Física I otra vez.  Entonces ese día mi papá me habló seriamente:  «¿Qué pasa contigo que estás mal?»  Yo le dije:  «Voy a estudiar».  Por suerte me dijo:  «Te hemos prometido que vas a viajar, así que vas a viajar».  Esa misma noche, después de que me gritó —me gritó, pues, en verdad, porque tampoco había razón para que me jalaran— yo le dije, casi llorando:  «Hay cosas que tú no sabes.  Tienes razón con lo de los cursos, pero dejando de lado eso, quiero hablarte de otras cosas.  Hay cosas que tú no sabes, que yo me he dado cuenta que no puedo hablar contigo».  «¿Por qué?  ¿Por qué no vas a hablar conmigo?»  «Yo he notado tu forma de ser, la forma de ser de los dos —hablando también de mi mamá—, yo los conozco bien.  Yo no digo que sean malos, pero yo me he dado cuenta de que hay cosas que no me van a entender.  Yo no te estoy diciendo esto como una excusa para mis cursos, pero hay cosas que no van a entender, que sin embargo me pasan, que de alguna manera quisiera hablar con ustedes, pero no se puede».  «¡Pero qué cosas, habla, habla!»  Lo primero que me dijo fue:  «¿Qué cosa?  ¿Quieres salirte de la universidad?»  Lo miré.  Estaba casi llorando, y me puse serio:  «¿Pero cómo voy a querer salir de la universidad?»  Después me dijo.  «¿Qué, te gusta una chica?»  ¡Peor, todavía!  ¡Recién me pregunta eso, teniendo dieciocho años!  Le dije:  «No es eso».  Casi le digo, esa vez casi le digo, pero estaba llorando, esa vez estaba recontra triste.  Entonces le dije:  «No te lo voy a decir ahora, pero ten presente esto.  Ahora ya pasó esto de los cursos, yo sé que estoy jalado, pero acuérdate de lo que te estoy diciendo.  No te estoy metiendo ninguna excusa, no estoy disculpándome de nada, pero ten presente esto».  No lo entendió, de hecho que en ese momento no lo entendió.  Después llegaría a entender.

Feliz Año Nuevo

Como iba a la casa de mi amigo Wilmer, que está en Larco, empecé a dar vueltas por Miraflores.  Como yo salía de la universidad con él, y llegábamos tarde de las prácticas —que a veces acaban a las 7:30 de la noche—, me di cuenta de que en el Parque Kennedy, en la famosa Rotonda en donde hacen espectáculos casi folkóricos al aire libre, había grupitos de ambiente, más que todo muchachos.  Los empecé a ver bien, y dije:  «Estos son, de hecho que son».  Pero tampoco había forma de hablarles, porque ellos andaban en grupos.  Yo prefería un contacto de uno a uno, que estar metiéndome a hablar con un grupo de desconocidos.  Sería una desventaja, porque ellos eran varios y yo uno que no sabía nada.  Ellos sí eran obvios.  En la Católica, en esos baños, amanerados, amanerados, habré visto uno o dos.  Se notaba que eran, pero se reprimían en todo, excepto para hacer esas cosas.  Eso era lo que más me llegaba.  Si hubiera sido al revés, bacán.  Hubiera preferido que una loca se me acerque en ese plan, en vez de un reprimido, un hipócrita.  En cambio a los de la Rotonda, no sé, los veía más sueltos.  Pero pucha, no había forma de hablar con ellos.  Por ahí escuché que decían:  «Ay, sí, el “Splash”, me fui al “Splash”».

Para fin de año estaba hasta el queso, recontra palteadazo.  Como había visto a los chicos de la Rotonda, dije:  «Quiero conocerlos».  Busqué un momento apropiado, y fue en Año Nuevo.  En Año Nuevo hubo una fiesta en mi casa, una fiesta grande.  Como no me interesaba estar ahí, dije:  «Mamá, me han invitado a una discoteca, así que me voy».  Entonces me dio permiso.  Fui a Miraflores, jurando que los iba a encontrar ahí.  Les iba a hablar, seguro que se iban a ir a una discoteca gay.  Aunque no tenía todavía documentos, seguro me podían dejar entrar.  Cuando fui a la Rotonda de Miraflores, no había nadie, ni un alma.  Eran las nueve o diez.  Era el 31 de diciembre del 97.  No había nadie, me palteé.  Dije, «Pucha, qué pasa acá».  Nunca había estado en Año Nuevo en la calle, todos años lo pasaba en la casa.  Fui donde mi amigo Wilmer, a su tienda.  Le digo:  «¿Qué vas a hacer en Año Nuevo?»  Le dije que me habían invitado a una discoteca.  Él también me dijo:  «Sí, yo también me voy a una discoteca».  ¡Y se fue, pues, él se fue al «Splash» y ahí lo pasó!  No le podía decir que también iba, porque ya le había dicho que lo iba a pasar en otro lado.

Entonces me quedé solo.  Me acuerdo que estaba lloviendo, incluso.  Me senté en la Rotonda a ver, y estuve meditando un poco.  Había un grupo de borrachos, la clásica.  Decía:  «¿Dónde mierda están esos chicos?  ¡Justo en el momento que tengo tiempo para hablar!»  Teniendo toda la noche por delante —porque tenía ganas de quedarme hasta la madrugada— no los encontraba.  Vi un par caminando, pero se fueron.  Por ahí dijeron:  «¡Vamos a pasarla en el “Splash”!».  Todos los chicos iban a la discoteca, por eso no estaban.  No había nadie, en el parque habría 100 personas, pero distribuidas por todos lados.  En la Rotonda estaba la mayor cantidad de gente, pero gente mayor, mujeres y borrachos.  Ni siquiera eran las once y ya estaban borrachos.  Estaba algo triste, no encontraba gente.  Mi amigo Wilmer se había ido a la discoteca de ambiente y yo no estaba con él.  No podía volver a mi casa porque estaba aburrido, no iba a estar con todas las tías.

Yo me quería ir.  Entonces volteo, y había un señor a mi costado.  «¿Qué hora tiene, señor?»  «Diez y media».  «Ya, gracias».  Seguí pensando, hueveando, y el pata se me acercó:  «No pasa nada acá, ¿no es cierto?»  «Sí, pues, qué raro.  ¿Pero siempre es así?»  «Antes había más cosas.  A esta horas todo el mundo estaba reventando cohetes».  Empezó a sacarme conversación.  El pata tendría, así al ojo, unos 35.  Yo no sé sacar la edad.  Era un pata gordo, blancón, colorado, un poco rubio, y andaba con un buzo.  Le hablé porque era el único pata que estaba a mi costado, para preguntarle la hora.  El pata se acercó y me empezó a hablar:  «¿De dónde eres?  ¿Vives por acá?»  «No, vivo por allá»  «¿Y qué haces por acá?»  «Vine a ver el Año Nuevo, porque mi amigo vive por acá».  Me empezó a hablar así, a meter floro:  «¿Y tú qué tomas?»  «No, yo no tomo».  «¿No tomas nada?»  «No, yo no tomo para nada».  «¿No tomas ni siquiera una cerveza?»  «No, señor, nada, nada».  Estuvo un rato callado, y después otra vez volvió a hacerme el habla, floro nada más, y después me dijo:  «Estoy cansado.  ¿Qué tal si vamos a un lugar a comer?  Te invito a comer».  «No señor, gracias».  De verdad, no estoy acostumbrado a recibir cosas de extraños, ni siquiera de amigos.  Insistió:  «Vamos, no importa, te invito una gaseosa».  Como no había con quien hablar, dije:  «Ya, vámonos, pues».

Fuimos a la Calle de las Pizzas.  Parece que el pata era conocido, porque se metió a una pizzería y toda la gente lo saludó.  Pidió una mesa.  Nos sentamos en una mesa ovalada chiquita, esas de plástico, dentro de un local.  Me decía:  «Pero ven, siéntate a mi costado».  ¡Ya, pues, ya la vi!  Le dije al pata:  «¿Te puedo hacer una pregunta, pero no te enojas?»  «¿Qué cosa?»  Así le dije, de frente, con toda frialdad:  «¿Eres gay?»  «¡Ay, me has dejado frío!»  «Pero dime, pues, ¿eres gay?»  «No sé, es que mira...»  Me empezó a meter floro, pero de hecho que era un sí.  Le pregunté:  «¿Por qué me hablaste?»  «Te vi que querías hablar».  Por joderlo, le dije:  «Yo soy flete».  «¿Ah, sí?»  «Sí, soy flete.  ¿Y tú andas con fletes?»  «No, es que sabes, a mí me gusta ayudar a los chicos como tú.  A veces conozco chicos, nos hacemos amigos, salimos, hacemos cosas, y bueno, después me gusta darles lo que necesiten.  Por ejemplo, si necesitan ropa, si necesitan zapatos, vamos a Polvos Azules a comprar.  Me gusta llevarlos al club, yo estoy en el Regatas».  Yo me reí nomás.

El pata se dio cuenta de que yo era gay, porque me quedé mirando a un chico que estaba ahí.  Yo estaba harto de ver en los baños tanta hipocresía, así que le hablé de frente:  «Tú dime, ¿qué quieres hacer?  ¿Qué quieres que pase?»  El pata me dice:  «Ay, bueno, ya te he dicho, sólo quiero ayudar a chicos como tú».  Me metió un barajo.  ¡Me daba más cólera el huevón!  Entonces me dijo:  «Sabes, tengo una fantasía.  Quisiera conocer un chico como tú, estar a solas en un cuarto y, qué sé yo, por ahí tocarnos».  Lo miré:  de mentiroso tenía todas, se notaba al toque.  Me dijo:  «No sé, si tú quisieras, podríamos hacer algo así».  Le seguí la corriente.  «¿Y qué quisieras que pasara entre nosotros?»  «Ya te he dicho, por ahí tocarnos, vernos, estar juntos nada más, en la cama».  «¿Y dónde?»  «En mi casa.  Podríamos ver tele, ahí tengo una pantalla gigante».  El pata tenía billete, porque cuando vino la cuenta sacó su fajazo de billetes y pagó.  Le dije:  «Ya pues, ¿cómo vamos a hacer?  ¿Por dónde vives?»  «Yo vivo por acá, por Armendáriz».  «¿Y vamos a ir hasta allá?»  Ahí me cambió de rollo:  «Mira, yo tengo acá una casa de unos amigos, muy, muy privada.  Ahí es totalmente privado, callado, y podemos estar sin problemas».

¡Su «lugar privado» era una casa grandaza con un letrerazo que decía «Hostal»!  En el mismo Miraflores, por Pardo, por donde estaba el local de Integra, más o menos.  ¡El muy maricón me había mandado a un hostal!  Le digo:  «¿Me estás trayendo acá?»  «Ay, ¿no te vas a arrepentir ahora, no es cierto?»  No sé por qué, pero la seguí.  Alguien salió del local, caminó hasta las rejas, y abrió.  Al pata ya lo conocía, de hecho lo saludó.  Al que no conocía era a mí.  Entonces, me vio como un flete.  Me miró por todos los costados, y me palteé más.  Una cosa era lo que pasaba allá, en los baños, pero otra cosa era esto.  ¡Una situación más explícita no podía haber!  Entramos a la recepción.  Al costado había una casita.  Había una viejita que estaba ahí, sentada y se notaba que veía televisión.  Me miró, y yo la miré como quien dice:  «¡Ayúdame!».  La señora se asustó, pensó que yo la estaba mirando como quien dice:  «¿Tú qué miras?»  y cerró la puerta.  Me sentí mal.  Había otro pata en la recepción, y el pata empezó a hablar con él.  A mí ni me miró, me trató como un puto, literalmente, ni me miró.  Yo entendía perfectamente la situación en la que había caído y me sentía horrible.  ¡Ni siquiera me había buscado a este pata, estaba ahí de casualidad!  ¡Si yo me hubiera sentado en otro sitio nunca le hubiera hablado!

Esa propiedad era grande, y la mitad eran puros cuartitos.  Después de meternos en un laberinto de cuartos, entramos a uno chiquito.  No tendría ni siquiera diez metros cuadrados.  Había una cama, no tenía ventanas, tenía un espejo que estaba más o menos a la altura de la cama, largo, suficiente como para que se pudiera ver todo.  ¡En la pared había un póster de Lucero, alucina!  ¿Qué tenía que hacer esa mierda ahí?  Después había pósters de chicas, pero parece que ese lugar también lo frecuentaban patas de ambiente.  Había muchos cuartos cerrados, así que de hecho había gente ahí.  Entramos, y el pata ahí sí se mostró como era.  Dijo:  «Quítate la ropa».  Le contesté:  «No, no quiero».  Le dije que esto no era lo que yo estaba esperando, porque de hecho que ni en sueños iba a pensar que iba a pasar esto.  El pata me dice:  «No me vas a hacer esto ahora, que ya estamos acá, cuando ya le pagué».  Me engañó, yo no me busqué esto.  Sabía que algo podía pasar, pero pensé que podía ser algo controlado, quizá como lo que pasaba en el baño, allá, en la Católica.  Pero este pata fue a más.  Me cagó.  Entramos, me hizo sacar todo.  El pata todo conchudo, de gay tenía todas, de jugador tenía más.  Me hizo que me echara, se puso a un costado mío, me empezó a tocar, y a decir cosas.  Era más pasiva esa huevona:  «Ay, este es mi hombrecito, tú eres mi hombrecito».  ¡Una loca, una locaza!  Y eso me asustó más porque era el típico chico que encontraba allá, en los baños, pero este no tenía veintitantos, este tenía treintaitantos.  Yo decía:  «¿Así se empieza y así se termina?»  Ahí me estaba traumando más.

Era Año Nuevo.  Los cohetes sonaban y yo estaba en un cuartito de hostal con un desconocido.  Pensaba, «¿Cómo voy a pasar el Año Nuevo así?»  Si no me ponía a llorar, era porque estaba el pata ahí.  Se puso encima de mí, y quería que tuviéramos sexo, sexo oral, sexo anal, él quería todo.  Pero yo no quería, eso ni siquiera era tener sexo, era perversión.  Nunca había estado en una situación así.  Me palteé, me puse serio y le dije así, de frente:  «No, eso no».  «Ay, pero cómo vas a ser así»  «¡No!».  No pasó de un contacto, nada más.  De suerte que el pata no era activo, por que si no, tal vez hasta me hubiera pegado para obligarme a hacer algo, porque ahí nadie me hubiera ayudado.  Pero el pata era más maricón.  Y juraba:  «Esta es tu primera vez».  La primera vez que hacía eso sí, pero el pata pensaba que era la primera vez que tenía sexo.  Después me invitó una gaseosa y me dio su teléfono.  Me dijo:  «Tú me vas a llamar, y vamos al Regatas».  Así me estaba diciendo que quería que fuera su gígolo o algo así.  Nos quitamos de ese lugar.  Ya no le hablé.  Estaba enojado, porque eso no era lo que me había esperado.  Me quité nomás.  Cuando volví al parque Kennedy, ya había gente en las calles, reventando cohetes, toda alegre, recibiendo el Año Nuevo.  No quise estar más por ahí, así que me quité a casa.  La fiesta familiar todavía continuaba.  Saludé a mis papás y a todo tío o tía que conocía, pero con una cara de  pariente de difunto, muy triste.  Estuve un ratito con ellos y me fui a dormir, pues necesitaba descansar.

Ya era el 98.  Me quedé con una duda grande.  Quería pararla ahí, pero eso significaba parar todo, o sea no sólo eso, sino parar lo de la Rotonda, lo de la Católica.  Era salirme de la Católica, dejar todo, todo el ambiente, porque ya estaba asqueado.  Por eso es que no me gustaba andar con adultos, con tremendos ejemplares que me habían tocado.  Eran unos asquerosos de mierda, no quería andar con ellos.  Veía que el tiempo pasaba y las cosas seguían así.  «O dejo esto, o lo que me espera es seguir a ese pata y convertirme, qué sé yo, en un flete».  Ahí fue donde entendí cómo empiezan, qué es lo que sienten los fletes.  Sin serlo, me sentía como uno de ellos, tal vez porque en determinadas circunstancias sí lo parecí.  Estaba realmente en el piso, me quería morir.  No dije nada de esto a mis papás, obviamente.  Entonces me di cuenta de que el 98 iba a ser fuerte.

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Recuerdos de Familia

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